Extracto de mi libro:
"Aspectos psicosociales de C. G. Jung"

En el año 1897, Freud se embarcó sólo en lo que, indudablemente, configuró la más alta hazaña de su vida, la exploración del inconsciente1.

Sus teorías merecieron repulsión general. Esta situación provocó la oportunidad –casi única en Occidente– de que pudiera dedicarse sólo a labrar las bases de lo que posteriormente fue el imponente edificio del psicoanálisis. Nadie quiso nada con él.

«Debió padecer y soportar un total aislamiento intelectual2

Cuando Freud rompió con Fliess su aislamiento fue total.

No obstante no todo fue disgusto. El propio Freud –quien sin duda idealizó este período de su vida– señaló sus ventajas: ausencia total de competencia, carencia de adversarios mal informados y falta de una profusa literatura temática que le hubiera obligado a leer intensamente descuidando sus observaciones, puesto que en este campo que él estaba descubriendo no había nada escrito.

Luego, poco a poco, comenzaron algunos médicos y psiquiatras a interesarse por sus conceptualizaciones. Uno de ellos, Wilhelm Steckel3, sugirió la idea de reunirse periódicamente para comentar sus casos. Freud accedió a reunir en su casa, los miércoles por la noche, a los interesados. Algunos de ellos eran alumnos de Freud de la Universidad de Viena.

De esta manera, se echaron las bases de lo que posteriormente fue la famosísima Sociedad Psicoanalítica de Viena, dando la razón una vez más, a Bernard Shaw, cuando expresó que nada importante o perenne se ha fundado en forma solemne.

En 1898, comenzó a formarse la biblioteca de la misma que había alcanzado proporciones destacadas cuando fuera destruida por los nazis en 1938.

Jung relata que fue durante el año 1900 que leyó el libro de Freud, "La interpretación de los sueños", pero no lo entendió y lo dejó de lado.

«A los veinticinco años carecía de experiencia para poder comprender a Freud4

A pesar de su juventud, ya era Jung bastante conocido en el campo de la psiquiatría. Había comenzado sus estudios sobre la asociación «Estudios asociativos diagnósticos». Sometía al paciente al estímulo de diversas palabras y comprobaba que cuando éstas aludían a temas emocionales, se producían anomalías en las respuestas, fundamentalmente retardo en las mismas lo cual era medido por cronómetro. Ludwig Binswanger relacionó en su tesis doctoral la prueba de asociación con el efecto psicogalvánico.

En 1903, releyó Jung "La interpretación de los sueños". Quedó cautivado. Relacionó las represiones que había comprobado en sus pruebas de asociación con las descritas por Freud.

En 1907, publicó Jung su tesis doctoral "La psicología de la demencia precoz". Fue un libro que hizo historia en la psiquiatría5, aunque confiesa Jung que:

«No hallé mucha comprensión» y «mis colegas se burlaron de mí6

En esta publicación, Jung extendía algunas de las ideas freudianas al campo de las psicosis. Envió estas dos publicaciones al maestro vienés, pero Freud estaba tan ansioso por leerlas que ya las había adquirido7. Este fue el origen de una amistad entre ambos y de una correspondencia epistolar prolongada durante siete años. En sus cartas se daban un trato especialmente afectuoso, descubriendo en ocasiones sus pensamientos científicos y conteniendo reflexiones personales.

Antes de vincularse con Freud, Jung había denominado «complejo» al factor perturbador emocional e inconsciente causante de las anomalías del «test» asociativo.

La amistad de Jung fue recibida con verdadero entusiasmo por Freud. Este aporte suizo le permitió vislumbrar la evolución triunfante del psicoanálisis, hasta entonces reducido a un pequeño círculo de judíos vieneses. Pero, también Freud se sintió muy atraído por la personalidad de Jung. Pronto lo proclamó su «kronprintz»: su primogénito y su príncipe heredero (carta de Freud del 16 de abril de 1909). Otras veces, lo llamaba «el Josué» a quien el destino señalaba para explorar la tierra prometida por la psiquiatría, que a él, sólo le era permitido divisar desde lejos como a Moisés (carta de Freud del 28 de febrero de 1908). Esta identificación de Freud con Moisés resulta interesante, por ser un preanuncio que años después se hizo evidente8.

Aún cuando la vinculación epistolar era constante y muy afectuosa, la primera vez que se encontraron personalmente fue cuando Jung visitó a Freud en Viena, el 27 de febrero de 1907:

«Nos encontramos a la una del mediodía y hablamos durante trece horas ininterrumpidamente, por decirlo así. Freud era el primer hombre realmente importante que yo conocía. Ninguno de cuantos había conocido podía equiparársele. En su actitud, no había nada de trivial. Lo encontré extraordinariamente inteligente, penetrante e interesante en todos los aspectos9

Durante este primer encuentro quedó bien claro la importancia que Freud otorgaba a los fenómenos de transferencia durante el tratamiento analítico. Llevaban largas horas de plática, cuando Freud le preguntó inopinadamente:

«¿Que piensa usted de la transferencia?»

Respondió Jung con la más profunda convicción que era el alfa y el omega del método analítico.

A lo cual, él repuso:

«Entonces, usted ha comprendido lo principal10

Sin embargo, la conquista no había sido total. Dice Jung:

«Hay todavía algo en este primer encuentro que me resultó significativo. Concierne a cosas que, sin embargo, sólo logré comprender y meditar después del fin de nuestra amistad. Era evidente que la teoría sexual de Freud resultaba singularmente sugestiva. Cuando Freud hablaba de ello, su voz se hacía imperiosa, angustiosa y casi no se notaba nada de su actitud crítica y escéptica.»

Jung le objetó que la teoría sexual llevada hasta sus últimas consecuencias conducía a un juicio demoledor sobre la cultura. Esta aparecía como una mera farsa, como el fruto morboso de la sexualidad. Desde luego, estas consecuencias le resultaban muy difíciles de aceptar a quien estaba impregnado de la cultura de su época.

Freud le contestó:

«Ciertamente es así. Ello es una maldición del destino contra la cual nada podemos.»

Agrega Jung:

«Yo no estaba dispuesto en absoluto a darle la razón. Sin embargo, no me sentía maduro todavía para entablar una polémica11

Otro aspecto desagradable de Freud fue captado de inmediato por Jung: su amargura12.

En el año 1909, fueron ambos invitados –en forma independiente– a visitar los Estados Unidos. Los acompañó Ferenczi. Las relaciones entre ambos fueron cordialísimas. No obstante ocurrió antes de la zarpada un hecho significativo. En las cercanías de Bremen, puerto elegido para la partida y en algunas regiones del norte de Alemania, suelen encontrarse cadáveres conocidos como las «momias de los pantanos». Son restos humanos de hombres prehistóricos que se ahogaron allí o que fueron inhumados en esos lugares. Las aguas de estos pantanos contienen ácidos que atacan a los huesos y que simultáneamente determinan un curtido de la piel. Por esta razón, la piel y los cabellos se conservan perfectamente, mientras que por el peso del fango, los cadáveres se presentan aplastados por completo.

Jung se mostró interesadísimo por estos cadáveres y comentó este hecho con Freud. A éste le sorprendió desagradablemente este interés y varias veces se lo reprochó con vehemencia. Durante una conversación de las muchas que sostuvieron sobre el particular, Freud sufrió una lipotimia. Con posterioridad comentó a Jung que en esta curiosidad, veía mostrado su deseo inconsciente de ver a Freud muerto o desaparecido.

Jung dice:

«Quedé más que sorprendido por esta opinión suya. Quedé asustado y asombrado por el poder de sus fantasías que podían llegar a ocasionarle un desmayo13

Durante el viaje comentaron entre ellos sus sueños:

«Freud tuvo un sueño cuyo contenido no estoy autorizado a exponer. Lo interpreté lo mejor que pude, pero añadí que se podrían deducir muchas más cosas si quería comunicarme algunos detalles de su vida privada. A estas palabras, Freud me miró extrañado –su mirada estaba llena de desconfianza– y dijo: el caso es que no puedo arriesgar mi autoridad.

En este instante la perdió. Esta frase se me grabó en la memoria. En ella estaba escrita el final de nuestra relación. Freud colocaba la autoridad por encima de la verdad14

En este período tuvo Jung un sueño que comentó con Freud. Como reviste mucho interés para las posteriores conceptualizaciones junguianas, creemos oportuno relatarlo tal como figura en la autobiografía de Jung:

«Me encontraba en una casa desconocida para mí, que tenía dos plantas. Era mi casa. Yo me hallaba en la planta superior. Allí había una especie de sala de estar donde se veían bellos muebles antiguos de estilo rococó. De la pared colgaban bellos cuadros antiguos. Yo me admiraba de que tal casa pudiera ser la mía y pensé: no está mal. Pero entonces no sabía que aspecto tenía la planta baja. Bajé. Allí todo era mucho más antiguo y ví que esta parte de la casa pertenecía aproximadamente al siglo XV o XVI. El mobiliario era propio de la Edad Media y el pavimento de ladrillos rojos. Todo estaba algo oscuro. Yo iba de una habitación a otra y pensaba: ahora, debo explorar toda la casa. Llegué a una pesada puerta que abrí. Tras de ella descubrí una escalera de piedra que conducía al sótano. Bajé y me hallé en una bella y abovedada sala muy antigua. Inspeccioné las paredes y descubrí que entre las piedras había capas de ladrillos. Ahora, mi interés subió de tono. Observé también el pavimento que constaba de baldosas. En una de ellas descubrí un anillo. Al tirar de él se levantó la losa y nuevamente hallé una escalera. Era de peldaños de piedra muy estrechos que conducían al fondo. Bajé y llegué a una pequeña gruta. En el suelo había mucho polvo, huesos y vasijas rotas, como restos de una cultura muy antigua. Descubrí dos cráneos humanos semidestruídos y al parecer muy antiguos15

El interés de Freud se centró sobre los dos cráneos reiterando que expresaban deseos de muerte. Jung ante el recuerdo del desmayo anterior del maestro vienés y su insistencia sobre los deseos de muerte le mintió, siendo plenamente consciente de que su proceder no era irreprochable y le mencionó a su mujer y a su cuñada.

Otro factor muy importante en el deterioro de las relaciones entre Freud y Jung fueron las rivalidades planteadas desde el comienzo entre el grupo «suizo» y el grupo «vienés».

Jones dice:

«La admiración que sentía Jung por la personalidad de Freud con su penetrante inteligencia, distaba mucho de extenderse al grupo de sus discípulos. Consideraba a éstos, tal como me lo expresó, como una mezcolanza de artistas decadentes y de mediocridades y lamentaba la suerte de Freud que debía verse rodeado por tales personas. Sin duda eran en su comportamiento un tanto diferentes de la clase profesional a la que estaba acostumbrado Jung en Suiza, pero, con fundamento o no –agrega Jones– no pude evitar la sospecha de cierto prejuicio racial. De todos modos, la antipatía entre él y los Vieneses fue recíproca y fue aumentando con el tiempo, circunstancia ésta que habría de afligir mucho a Freud16

El aumento de los profesionales interesados en la obra de Freud determinó la oportunidad de efectuar una reunión informal entre todos, de carácter internacional. Se realizó el sábado 26 de abril de 1908 en Salzburgo y duró un sólo día.

Se la conoce como el «Primer congreso internacional de psicoanálisis».

Durante el mismo se resolvió publicar una revista psicoanalítica. Este hecho provocó un gran entusiasmo por parte de Freud, pues le hacía más independiente y le permitía contestar a sus contradictores. Los directores de la revista fueron: Bleuler y Freud, pero la misma quedó a cargo de Jung. Esto provocó un gran disgusto entre los «Vieneses». Se sintieron ofendidos y postergados al no tomárseles en cuenta para nada en la nueva publicación y especialmente por no haber sido ni siquiera consultados17.

Durante el desarrollo en este «primer congreso», se produjo un choque de cierta violencia entre Jung y Abraham, acerca de la etiología de la esquizofrenia. Freud debió intervenir conciliador. Días después le escribió a Abraham expresándole su satisfacción por lo realizado en el congreso de Salzburgo y recomendándole sea tolerante y:

« No olvide que a usted le resulta realmente más fácil acompañarme en mis ideas que a Jung; en primer lugar, porque usted es completamente independiente y, por otra parte, porque nuestra afinidad racial lo coloca a usted mucho más cerca de mi conformación intelectual, mientras que a él siendo no judío e hijo de un pastor, sólo le es dado acercarse a mí a costa de grandes resistencias internas. Abrigo la esperanza de que usted prestará atención a mi pedido.»

En su contestación expresa Abraham:

«En mi manuscrito de Salzburgo había una frase que habría sido del agrado de Bleuler y de Jung, pero siguiendo un impulso repentino la omití en el momento de leer el trabajo. En esa ocasión, me engañé a mí mismo mediante un motivo encubridor –el de ahorrar tiempo– siendo que la verdadera razón era mi animosidad contra Bleuler y Jung. Esto se debía al carácter indebidamente propiciatorio de sus recientes publicaciones, a la comunicación de Bleuler en Berlín, en la que ni siquiera mencionó mi nombre y a varias cosas más de índole trivial. El hecho de que yo no mencionara a Bleuler y Jung significaba evidentemente: ya que ustedes se apartan de la teoría sexual, yo no voy a citarlos cuando me ocupo de ella18

Al recibo de esta carta, Freud le escribe de nuevo a Abraham:

«A nosotros, los judíos, nos resulta más fácil –se refiere a la teoría sexual– entenderla ya que carecemos del elemento místico.»

Y en otra expresa:

«No me interprete mal. No tengo nada que reprocharle a usted. Supongo que el reprimido antisemitismo de Jung que no puede expresarse contra mí, ha sido dirigido, en forma más intensa aún, contra usted. Pero mi opinión es que los judíos, si queremos cooperar con otra gente tenemos que preparar una pequeña dosis de masoquismo y estar dispuestos a soportar cierto grado de injusticia. No existe otra manera posible de trabajar en común. Puede usted estar seguro de que si, yo me llamara Oberhuber, mis nuevas ideas, a pesar de todos los otros factores habrían chocado con una resistencia mucho menor19…»

Está bien claro que Freud consideraba un sacrificio el colaborar con Jung, pero apreciaba su cooperación por las razones expuestas más arriba.

El Segundo Congreso internacional psicoanalítico se realizó en Nuremberg los días 30 y 31 de marzo de 1910. Su organización fue realizada por Jung. Durante el desarrollo del mismo estalló con violencia una controversia entre Ferenczi, húngaro, –a quien Freud había encargado la organización futura de los analistas– y los «Vieneses». Ferenczi opinó que la sede de la futura organización internacional debía ser Zurich y que su presidente debía ser Jung. Además sugirió que éste aprobara los trabajos y las comunicaciones enviadas por los demás analistas, previamente, para poder ser presentadas al congreso.

La discusión adquirió caracteres de extrema violencia. Freud postergó su consideración para el día siguiente y elaboró una fórmula de conciliación. Anunció que se retiraba de la presidencia de la asociación de Viena, donde sería reemplazado por Adler, y además que se fundaría otra revista vienesa la cual sería dirigida por Adler y por Steckel, los dos jefes de la revuelta, quedando Jung al frente de la asociación internacional y de la revista internacional.

Así surgió el grupo de Zurich, cuyo presidente fue Binswanger. Bleuler que en los primeros años parecía bien dispuesto a aceptar las ideas de Freud, variaba constantemente de posición. Esto era un motivo de verdadero disgusto para Freud, por cuanto apreciaba el valor de Bleuler y el prestigio que iba adquiriendo con rapidez en el campo de la psiquiatría. Llegó a expresar Freud que no era raro que Bleuler concediera tanta importancia a la ambivalencia, porque él era profundamente ambivalente. Jung creía que el disgusto de Bleuler tenía otras raíces. Se había educado siguiendo las huellas de su maestro Forel en una casi religión de la abstinencia. No pudo superar el trauma de ver a Jung ingiriendo bebidas alcohólicas por inducción de Freud. Desde luego, al cabo de unos años, Bleuler se separó totalmente del psicoanálisis, dedicándose a la psiquiatría donde llegó a adquirir el renombre internacional que aún perdura.

La descripción que tenemos de aquellos años sobre Jung da la impresión de un hombre entusiasta y laborioso, preocupado esencialmente por ser digno de la confianza que en él había depositado Freud, siendo al propio tiempo, fiel a la trayectoria de su pensamiento. El hecho de que Jung simpatizara con el ocultismo debió sorprender mucho a Freud. A través de esta simpatía por lo maravilloso se transparentaba que Jung procedía de otro mundo espiritual que el de Freud. El de uno era Viena, escéptica y positivista, el del otro Basilea con su clima de gran espiritualidad no sólo religiosa sino también filosófica20.

El tercer Congreso psicoanalítico se realizó en Weimar el 21 y 22 de septiembre de 1911. Reinó durante el mismo un clima cordial y amistoso. Durante sus sesiones leyó Jung un trabajo sobre «simbolismo», ya muy poco freudiano.

El cuarto congreso se realizó en Munich al año siguiente. Ya las relaciones entre Freud y Jung habían dejado de ser cordiales, siendo reemplazadas por una atenta cortesía. Freud que encabezaba sus cartas a Jung llamándolo «estimado amigo» comenzó a denominarlo «estimado doctor21». En un intervalo del congreso, alguien guió la conversación hacia Amenofis IV. Se recalcó que su actitud respecto a su padre le llevó a destruir las inscripciones en las estelas funerarias y que detrás de su gran intuición de una religión monoteísta se ocultaba un complejo de padre.

«Esto me irritó e intenté explicar que Amenofis fue un hombre genial y profundamente religioso, cuyos hechos no pueden explicarse por antagonismos personales contra su padre. Todo lo contrario, honró la memoria de su padre y su celo destructor se orientó exclusivamente contra el nombre del dios Amón, que hizo suprimir de todas partes y naturalmente quitó también de las inscripciones funerarias de su padre la palabra Amón-ho-tep. Además también otros faraones hicieron sustituir en los monumentos y en las estatuas los nombres de sus antepasados, por el suyo propio, dado que se sentían, con justo título, encarnaciones del mismo Dios. Pero no habían instaurado ni una nueva religión ni un nuevo estilo22

En esos momentos, Freud se desmayó y cayó de su silla. Jung lo tomó entre sus brazos de deportista y lo depositó en un sofá. Mientras lo portaba, volvió en sí y:

«La mirada que me dirigió, no la olvidaré nunca. En su impotencia me miró como si yo fuera su padre. Lo que contribuyó a provocar este desmayo –la atmósfera estaba muy tensa– fue, igual que en el caso anterior, la fantasía sobre el asesinato del padre23

Freud estaba al tanto de las investigaciones mitológicas de Jung que lo alejaban de sus conceptualizaciones. También conocía que Jung había extendido el concepto de libido, elevándole de apetito erótico a energía psíquica24, lo cual no armonizaba para nada con sus ideas.

Mientras sus relaciones con Freud comenzaban a perder espontaneidad, tuvo Jung dos sueños que preanunciaban la ruptura. Uno de ellos:

«Tenía lugar en una región montañosa en las cercanías de la frontera suizo-austriaca. Era por la tarde y ví un anciano con el uniforme de funcionario de aduanas austríaco. Pasó cerca mío sin reparar en mí. La expresión de su cara era huraña. Algo melancólica y enojada. Había otros hombres y alguien me informó que el anciano no era real, sino el espíritu de un funcionario de aduanas, muerto hacía años. Este es uno de los que no podían morir.»

Desde luego la interpretación de Jung, no deja muy bien parado a Freud, a quien contempla como el espíritu de un viejo funcionario aduanero que no «podía morir», la única concesión a la grandeza de Freud, pero preocupado por «censurar» todo aporte al psicoanálisis que lastimara la ortodoxia; rechazando o «censurando» aquellas investigaciones discordantes con su forma de pensar25. No dudamos que de haber conocido Freud este sueño de Jung le hubiera reforzado su opinión del deseo inconsciente de éste sobre su muerte.

El segundo de los sueños es el siguiente:

«Me hallaba en una ciudad italiana y era mediodía, entre las doce y la una. La ciudad estaba construída sobre una colina y me recordaba un lugar determinado de Basilea, el Kohlenberg. Las callejuelas, que desde allí conducían al Birsigtal que cruza la ciudad descendían a la Barfüsserplatz. Era Basilea y, sin embargo, era un ciudad italiana algo así como Bérgamo. Era verano y el radiante sol se hallaba en su cenit, todo se hallaba inundado de intensa luz. Mucha gente transitaba ante mí y yo sabía que los comercios estaban cerrados y la gente se dirigía a su casa a comer. Entre esta marea humana, iba un caballero con toda su indumentaria. Subió las escaleras y pasó ante mí. Llevaba un yelmo con aberturas para los ojos y un traje de mallas. Encima llevaba una túnica blanca en la que estaba bordada por delante una gran cruz roja. Pueden ustedes imaginarse que impresión me causó ver de pronto en una ciudad moderna al mediodía, en el momento de máximo tráfico, acercárseme un cruzado. Particularmente me extrañó el que ninguna de las personas que transitaban repararan en él. Nadie se volvía hacia él, ni le miraba, me parecía como si fuera por completo invisible para los demás. Yo me preguntaba que significaba este fenómeno y fue como si alguien me respondiera, pero allí no había nadie que tal cosa dijese: esto es un fenómeno corriente,. siempre entre las doce y la una, pasa por aquí el caballero y ésto desde hace mucho tiempo –tenía la impresión que desde hacía siglos– y todo el mundo lo sabe26

«El caballero y el aduanero eran figuras opuestas. El aduanero era sombrío, como alguien que no podía morir. Un fenómeno que se va extinguiendo. El caballero, por el contrario, estaba lleno de vida y era totalmente real. La segunda parte del sueño era en gran sentido numinosa, la escena de la frontera trivial y en sí no impresionante y sólo me impresionó después de meditar sobre ella27

Interpreto que el aduanero es Freud y que el cruzado es Jung. El inconsciente de Jung lo situaba a Freud en una condición inferior mientras la suya propia era percibida como resplandeciente, como numinosa, ya que se veía a «sí mismo» como cruzado. La función de Freud no era sacra, sólo implicaba impedir el paso de mercancías de contrabando a través de las fronteras, mientras que la función del cruzado era la recuperación del santo sepulcro.

Esta situación hizo crisis con la publicación del libro de Jung, "Símbolos de transformación de la libido (1912)", que en ediciones posteriores se denomina "Símbolos de transformación".

Aprovechando un asunto administrativo, Freud le propuso poner fin a su correspondencia, Jung accedió de inmediato. Los caminos se hicieron divergentes.

Nada podría ponerlos de nuevo en colaboración. Jung renunció a la presidencia de la sociedad psicoanalítica y a la dirección de la revista e inició sólo su camino. Le tocaba, a su vez, el turno de «un espléndido aislamiento».

Aún después de esta ruptura jamás descendió Jung a la diatriba o a la injuria con Freud ni con sus seguidores. Todo lo contrario. Muchos años después, escribe en sus memorias:

«El mérito de Freud consistió en que tomó en serio a sus pacientes neuróticos y penetró en su propia e individual psicología. Tuvo el valor de dejar hablar a la casuística y de este modo adentrarse en la psicología individual del enfermo. Veía, por así decirlo, con los ojos de éste y consiguió una comprensión de la enfermedad mucho más profunda de la que hasta entonces fue posible. En estos aspectos, tuvo imparcialidad y valentía. Esto le llevó a superar multitud de prejuicios, a destronar falsos dioses y a denunciar despiadadamente a la luz del día la corrupción del alma contemporánea. No temió tener que soportar la impopularidad de tan audaz empresa. El impulso que ha dado a nuestra cultura consiste en haber descubierto un acceso al inconsciente. Al reconocer el sueño como la más importante fuente de información, arrebató al pasado y al olvido, un valor que parecía irremisiblemente perdido. Demostró empíricamente la existencia de una psiquis inconsciente que, anteriormente, sólo existía como postulado filosófico, concretamente en la filosofía de Carl Gustav Carus y de Eduard von Hartmann28

«Fue prisionero de un punto de vista y justamente por ello veo en él una figura trágica, pues era un gran hombre29

En la ruptura de estos dos maestros –lamentable desde más de un punto de vista– intervinieron además toda clase de factores concurrentes. No sólo fue determinada por el análisis de las fantasías de una americana desconocida para Jung, Miss Miller, que habían sido publicadas por Théodore Flournoy en los "Archivos de psicología" de Ginebra. Jung quedó atrapado por la abundancia del material mitológico proporcionado por esta desconocida, que ulteriormente cayó en la esquizofrenia. Tampoco fueron causales exclusivas los choques entre Jung y el grupo de los «Vieneses», los cuales se sintieron postergados ante las preferencias brindadas por el maestro a este recién llegado.

«Es probable que tanto Freud como Jung fueran hombres difíciles30.

Otro factor que debió contribuir al distanciamiento entre Freud y Jung fue la actitud frente a Adler. La posición de Freud con respecto a Adler era de que éste no era psicoanalista, puesto que no había tomado contacto con el mundo del inconsciente. La postura de Jung, en cambio, era mucho más comprensiva. No tenía dificultad en admitir que en la estructura general de la psiquis debía concederse un lugar a los mecanismos de Adler31.

La principal divergencia entre Freud y Jung tiene, sin embargo, un alcance mucho más profundo. El sistema de Freud se ha desarrollado a partir de proporciones rigurosamente científicas. Se entrega a una visión fundamentalmente mecanicista del mundo, el cual aparece gobernado por las leyes de causa y efecto. Es una concepción determinista. No así el universo de Jung. Los arquetipos de Jung traspasan las barreras del tiempo y del espacio. Se hallan dotados de facultades prospectivas, francamente míticas. Más aún, son capaces de traspasar las barreras de las férreas leyes de la causalidad. La propia alma es, según Jung, la reacción de la personalidad frente al inconsciente. Jung alcanzó tardíamente en su carrera lo que sus críticos describen como una actitud esencialmente mística, pero, desde el principio, se movió en esa dirección. En sus últimas publicaciones expone el contraste entre las leyes que rigen la naturaleza en general y un principio a-causal o no-causal que, según él, se aplicaría al reino de lo psíquico, que explicaría aquellos acontecimientos heterodoxos como la telepatía, la clarividencia y los sueños proféticos32

Puede decirse también algo más sobre las causas de su ruptura. Estoy en un total acuerdo con lo expresado por Raymond de Becker33. Así como en la trastienda de las teorías de Freud sobre la sexualidad hay un problema sexual no resuelto del padre del psicoanálisis, en la trastienda de las teorías de Jung sobre la función religiosa del inconsciente, hay un problema religioso no resuelto del maestro de Zurich.

«A partir de la separación entre Freud y Jung, largos años debían transcurrir antes de encontrar comprensión ante su labor34

Los dos lucharon con tesón en defensa de sus ideas y ambos triunfaron, aunque todavía Jung no es un autor popular ni siquiera entre médicos y psicólogos.

En el tratamiento de los problemas de conducta es quizás donde se manifiestan más concretamente sus disidencias con Freud, desde el momento en que la posición asumida por éste es predominantemente determinista y retrospectiva desarrollando, en consecuencia, en la función terapéutica, una exploración rigurosamente causal donde la explicación de la perturbación que aqueja al paciente se cumple en virtud de una revisión del pasado, olvidando que esa actualización, realizada por un sujeto perturbado por la enfermedad, está también perturbada. En cambio, Jung, cuyo análisis es funcional y prospectivo, nos propone seguir los pasos de la naturaleza superando los tropiezos del tratamiento, procurando el desenvolvimiento de los gérmenes creadores que están latentes en el enfermo, guiándolo, de tal modo que puede llegar a asimilar la sabiduría del subconsciente (inconsciente) que lo ponga en contacto con el inconsciente colectivo, cuyos contenidos exceden las reservas individuales y tomando, además conciencia de su sombra que vale tanto como enfrentarse a su tenebrosidad y advertir la real significación que posee en la estructura de su ser. Por otra parte, escasos serán los resultados si no se alcanza la comunión entre el paciente y el analista, si no se propende a lograr la relación íntima que debe existir entre ambos, propiciando el advenimiento de la comprensión unida a la «autoeducación del educador» que va conquistando su perfección a través del sujeto analizado35.


1 Jones Ernest: Vida y obra de Sigmund Freud, Ed. Nova, Buenos Aires, 1962, t. II, pág. 13.
2 Fliess Wilhelm denominó a esta situación «espléndido aislamiento» remedando la frase de Lord Salisbury con la que describió la política internacional de Gran Bretaña de fines de siglo pasado.
3 Jones Ernest: Vida y obra de Sigmund Freud, Ed. Nova, Buenos Aires, 1962, t. II, pág. 18.
4 Jung C. G.: El hombre y sus símbolos, ob. cit., pág. 156.
5 Jones Ernest: Vida y obra de Sigmund Freud, ob. cit., t. II, pág. 42.
6 Jung C. G.: El hombre y sus símbolos, ob. cit., pág. 158.
7 Jones Ernest: Vida y obra de Sigmund Freud, ob. cit., pág. 42.
8 Ibid., pág. 44.
9 Jung C. G.: El hombre y sus símbolos, ob. cit., pág. 158.
10 Jung C. G.: Psicología de la transferencia, Ed. Paidos, Buenos Aires, 1954, pág. 34.
11 Jung C. G.: Recuerdos, sueños y pensamientos, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1971, pág. 159.
12 Ibid., pág. 166.
13 Ibid., pág. 166.
14 Ibid., pág. 167.
15 Ibid., pág. 168.
16 Jones Ernest: Vida y obra de Sigmund Freud, ob. cit., pág. 45.
17 Ibid., pág. 56.
18 Ibid., pág. 61.
19 Ibid., pág. 61.
20 Sarró Ramón: El yo y el inconsciente, ob. cit., pág. 11.
21 Jones Ernest: Vida y obra de Sigmund Freud, ob. cit., pág. 158.
22 Jung C. G.: Recuerdos, sueños y pensamientos, ob. cit., pág. 166.
23 Ibid., pág. 166.
24 Energía psíquica de origen espiritual, religiosa, cultural, sexual, etc.
25 Jung C. G.: Recuerdos, sueños y pensamientos, ob. cit., pág. 172.
26 Ibid., pág. 173.
27 Ibid., pág. 174.
28 Ibid., pág. 177.
29 Ibid., pág. 162.
30 Sarró Ramón: El yo y el inconsciente, ob. cit., pág. 13.
31 Ibid., pág. 14.
32 Ehrenwald H.: Psicoterapia, mito y método, Ed. Toray, Barcelona, 1969, pág. 108.
33 Becker Raymond, de: Las maquinaciones de la noche, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1966, pág. 248.
34 Sarró Ramón: El yo y el inconsciente, ob. cit., pág. 14.
35 Ravagnan Luis María: Centenario del nacimiento de C. G. Jung, La Nácion, Buenos Aires, domingo 27 de julio de 1975.
Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti