«Ella se llama Ana, cuando pasó el hecho tenía 21 años y vivía en Buenos Aires, estudiaba comunicación social, estaba en segundo año de la carrera. Era muy allegada a su hogar, y le encantaba salir a bailar y reunirse con sus seres queridos para comer y disfrutar de buenos momentos.

Todos los sábados a la noche salía a bailar, le encantaba realizar esas salidas con sus amigos y primos. Sentía que se desganchaba de todo.

El día del amigo, el 20 de julio, salieron a comer a la noche, eran 12 personas en total. A eso de la medianoche, algunos decidieron irse a otro lugar para seguir festejando, otros se fueron a la casa de amigos y quedó Ana, Maria y Karina (las tres amigas intimas) que fueron a un boliche bailable a seguir el festejo, hasta eso de las 3 de la madrugada.

Ana se sentía muy cansada y decidió ir a su casa, las otras chicas siguieron en el lugar. Cuando Ana salió del boliche empezó a caminar para tomar un taxi pero no venía ninguno, era la primera vez que andaba por esos lugares. Las primeras cuadras eran de descampado. Cuando caminó los primeros metros, un chico se le acercó con un auto y le preguntó donde iba, y ella le dijo que necesitaba tomar un taxi para ir a su casa. Este muchacho le dijo que el vehículo que conducía era de alquiler y se ofreció a llevarla. Ella un poco desconfiada decidió subir.

El muchacho condujo cinco cuadras, simuló que el auto se descomponía y giró a la izquierda donde estaba muy oscuro. Ella le preguntó qué pasaba. Él le dijo que el motor no le estaba funcionando bien y quería verlo, él bajó y ella también y es en ese momento donde él aprovechó y la violentó sexualmente a ella. Ana empezó a gritar pero nadie la escuchó, porque estaba en una zona poco poblada. Pocos minutos después el violador se fue con su auto y Ana se quedó llorando. Estaba tan confundida que decidió volver a su casa al amanecer.

Sus padres habían tomado vacaciones, así que estaba sola y cuando volvió después de la terrible noche, se encerró y no atendió ninguna llamada.

El día 22, una amiga que se había cansado de llamarla por teléfono, apareció en su casa. Ana la recibió pero no le contó nada, prefirió ocultarlo. Al regreso de sus padres tampoco decidió decir nada.

Con el pasar de los meses sus amigos y padres empezaron a sospechar de su comportamiento ya que Ana no quería salir, solo se reunía con sus amigos en su casa, tenia mucho miedo de estar en la calle. Nadie entendía qué le pasaba.

Un día, poco después, le contó a su mejor amiga Clara que no fue al baile, lo sucedido. Su amiga no lo podía creer. Le preguntó porque no le dijo nada a nadie, porque no hizo la denuncia y ella le respondió que si hubiera hecho la denuncia no hubiera servido de nada, porque si lo detenían al violador, saldría a los pocos días y eso le causaría más miedo y frustración. A sus padres no les contó porque ellos no entenderían el motivo por el cual no quiso hacer la denuncia y sería para mayores problemas.

Ana tenía pistas de quién podía ser el agresor, por haberlo visto en los boliches bailables algunas veces, y de a poco estaba averiguando el nombre de éste con un detective.

Clara le preguntó qué pensaba hacer cuando lo encontrara, si ya había dicho que no quería denunciarlo. Ana calló y le dijo que se quede tranquila, que no hable con nadie de eso.

A los dos días de esta conversación, el detective la llamó para decirle donde vivía el perverso y varios datos más de él. Ana estaba muy nerviosa, no podía estar tranquila.

Desde el momento que pasó el hecho, ella deseaba encontrarlo, y ahora que sabía donde vivía no sabia que hacer. Se dio cuenta que él estaba cerca del lugar de la violación. Fue hasta el cuarto de su padres, llorando. Les iba a contar lo sucedido, pero no estaban. Le agarró una desesperación incontenible y fue hasta la biblioteca del padre, tomo el arma que tenia guardada en el cajón del escritorio y salió corriendo.

Fue a la casa del violador. Llamó y nadie salió. Se quedó esperando. Al rato llegó él. Ella se le acercó y le preguntó si se acordaba de ella. Él la miró y le dijo que no. Ana le empezó a contar lo que había pasado ese día y él sorprendido le preguntó qué quería ahora. Ella le dijo que fue a vengarse. Le dijo que por su culpa no era la misma de antes, y él ironizando le dijo que lo denunciara que él tenía muy buenos contactos, que no lo arrestarían por lo que hizo, y que mejor se vaya antes que le pase de nuevo lo mismo de esa noche trágica. Ella en un ataque de nervios sacó el arma, le disparó dos tiros, él cayó a suelo y ella salió corriendo.

Cuando llegó a su casa, llorando y temblando llamó a Clara y le contó lo sucedido, entonces su amiga fue corriendo a su casa. Clara le dijo que tenía que irse lejos y desaparecer, que hizo una locura.

Al otro día su amiga habló con los padres de Ana y le dijo que estaban planeando unas semanas en Brasil. Los padres contentos que su hija abandonase su autoreclusión le dijo que no había ningún problema. Y así fue, se fueron para Brasil y hasta el día de hoy no volvieron de allí.»

La historia anterior, sucede a menudo en todos lados. Sería interesante que podamos ver el error de cálculo que representa sembrar violencia: solo cosecha violencia. Si sembramos amor, entonces cosechamos buenos tratos.

¿Hay algo más evidente que esto para que nos convenzamos que en la vida todo es cuestión de buenos cálculos?

Acción y reacción, sumas y restas. Casi lo primero que aprendemos en la escuela y solo lo utilizamos para sumar y restar sumas de dinero. ¡Qué desperdicio usar las matemáticas y la física solo para eso!

Licenciado Alejandro Giosa



Cuando hablamos de violencia, no podemos dejar de representarnos las imágenes de los aviones estrellándose en las torres gemelas de New York , o los bombardeos sobre Afganistan y Bagdad, o el holocausto de judíos, homosexuales, gitanos y otros grupos minoritarios en manos de los Nazis.

Aún más atrás en la historia, el genocidio de los pueblos celtas por parte de Julio César; la muerte de Jesús de Nazaret, la persecución de los cristianos en Roma, La Inquisición, Las Cruzadas.

El factor común a todos estos sucesos macabros es, sin dudarlo, la intolerancia y el fundamentalismo.

Detrás de cada gran masacre histórica hay, siempre, fanáticos que no soportan que haya diversidad.

Y la diversidad parece ser uno de los juegos preferidos de la Vida.

En la naturaleza vemos lo que parece ser una forma de violencia, y es el ímpetu desenfrenado por sobrevivir.

En profundidad, podríamos decir que el instinto de supervivencia, fuera de su ámbito natural, es la causa que subyace detrás de todos estos actos letales.

Sin embargo, en la naturaleza lo que vemos es sólo eso: sobre vivencia. Un león no mata a otro porque tiene la melena más larga, sino por un territorio. Insectos, mamíferos, peces, toman lo que necesitan para subsistir, no establecen cruzadas en contra de otras especies... y mucho menos de la propia.

Con esto, coincidimos en que la violencia sobresale del ámbito de lo natural, es un instinto de supervivencia superlativo, neurótico e irracional.

Y en todos los casos, esta violencia implica un olvido de nuestra calidad de seres humanos. En la escala de evolución, la furia nos pone por debajo de los mismos animales.

Pero hay, también, un engaño. Porque los pueblos y los individuos son "convencidos" para cometer actos deleznables con motivaciones menos irracionales, como lo son el ejercicio del poder de sujetos a veces carismáticos, que abrazan sueños reprochables.

Dentro de los diez estados de vida de los que habla el budismo, voy a destacar dos: furia y éxtasis.

El éxtasis es lo que siempre buscamos cuando aún no hemos actualizado nuestra capacidad de comprender el verdadero sentido de la existencia. Por lograr el éxtasis hacemos de todo. Pero los que sustentan poder, si son los suficientemente hábiles, pueden inducir a grupos enteros al estado de furia, para arremeter contra otros grupos.

El budismo dice que el éxtasis es el "sexto cielo", el cual esta gobernado por el peor de los demonios: la oscuridad fundamental.

Por otra parte, el poder siempre busca ser absoluto, porque no soporta la presencia de otro poder similar. Entonces, debe aniquilar de raíz a su oponente.

Y, aquí, volvemos al concepto budista: la oscuridad fundamental es imponer a otros la propia voluntad o parecer.

Hasta aquí pueden parecer hasta naturales los sucesos que hemos protagonizado a través de la historia.

Pero, veamos cómo se desarrolla la evolución de las especies.

En la evolución todo parece aspirar a un reino superior. Los musgos y líquenes aspiran a ser plantas, las plantas a ser animales, los animales a ser humanos.

La vida busca su expansión.

Pero el hombre, ubicado a la cabeza de la evolución, ¿a qué aspira?

¿A dominar a otros hombres?

¿A poseer autos y yates lujosos?

Esas cosas no lo sacan de su condición de hombre.

Es más, la ambición sin limites conduce a un circulo cerrado: hambre (deseo de poseer cosas) / Éxtasis (alegría por obtenerlas) / Hambre (deseo de poseer mas cosas para tener más éxtasis)... y así sucesivamente.

El hombre se condena a sí mismo a no evolucionar. La razón es la ignorancia respecto al verdadero papel que debe jugar en el contexto universal.

Y esta ignorancia se basa, principalmente, en el hecho de que el hombre ignora su contexto.

Y los actos de violencia son la explosión de un estilo de vida erróneo.

Ninguna especie comete suicidio, excepto la humana. Me refiero al suicidio como especie.

El hombre ignora su contexto. Produce polución y circunstancias que atentan contra su propia vida. Eso es violencia en contra de la naturaleza.

La naturaleza reacciona con violencia. Todos los seres vivos generan anticuerpos contra las enfermedades que pueden dañarlos (para sobrevivir)

Los anticuerpos de la naturaleza son los huracanes (aire), las erupciones (fuego), los terremotos (tierra) y las marejadas (agua). A esto llamamos "violencia" de los elementos.

El juego que jugamos en este preciso momento histórico, es el de la ignorancia.

A pesar de los adelantos tecnológicos y los grandes genios científicos, el grueso de la humanidad parece sumergido en la anorexia espiritual, alentado por gobernantes inescrupulosos.

La violencia se sustenta en la ignorancia.

Y la ignorancia surge siempre que nos alejamos de nuestro verdadero camino evolutivo, que es ser mejores y más perfectos seres humanos.

Para cambiar el mundo no necesitamos destruir a quienes son diferentes, ni iniciar una guerra santa.

El mundo cambiaría si todos hiciéramos, simplemente, lo correcto.

Esta verdad subyace en los antiguos textos hebreos, y en el fondo de nuestra propia razón.

exclusivo para «S.O.S. Psicólogo»
Juan Carlos Laborde



Esta es una historia de una humilde familia que vivía en Uruguay, ellos son 4; los padres: Francisco de 50 años y Enriqueta de 52 años, y sus hijos Marcelo de 24 años y Susana de 16 años.

Francisco es plomero desde hace 30 años, le gusta correr a las carreras de autos, el vive por su vehículo, todos los domingos desde hace 27 años va a la provincia de Buenos Aires a correr, por lo tanto deja su trabajo por las carreras y el poco dinero que ganaba con la plomería lo invierte en su auto y en las apuestas que hace en las carreras. El dinero no llega a su casa y por eso su señora tuvo que estar siempre al frente de su hogar trabajando y criando sola a sus hijos, porque al padre nunca le importo nada de ellos; ella trabajaba vendiendo comida casera y cosiendo ropa.

En una época Francisco se quedo sin trabajo y en esta situación él le sacaba la plata a su mujer, no le importaba si sus hijos tenían para comer, solo le importaba poder mantener sus vicios.

En el segundo embarazo de Susana ella estuvo muy mal, tan mal que no podía trabajar y en ese momento Francisco no tenia trabajo pero tenia muchas carreras, lo único que hacia era maldecir al bebe que venía en camino. Cuando tuvo su hija lo que hizo el padre fue mandar a la beba, los primeros meses, a la casa de la abuela para que la cuidara para que Enriqueta trabajara tranquila, Marcelo tenía 7 años iba a primer grado y tuvo que dejar porque el padre era bastante ignorante y decía que se gastaba mucho en el estudio y que la plata que se gastaba él la necesitaba para cosas mejores.

A su mujer la maltrataba siempre pero verbalmente diciendo que era una inútil y que el dinero que ganaba no servia para nada, a sus hijos siempre él los trato mal, nunca les importó su vida, lo único que le importaba eran sus carreras.

Marcelo sufrió mucho desde pequeño, su padre le pegaba porque no quería ir a pedir a las casa de los vecinos. Cuando discutían fuerte con su madre o le pegaba a su hermana él siempre salió a defenderlas.

Francisco fue muy nervioso siempre, sus hijos se criaron con problemas psicológicos y su señora a pesar de las actitudes de su marido siempre lo apoyó, lo defendió, y le brindo todo para que siga con su hobby. No se sabe si lo hacia por miedo o por respecto.

Enriqueta dijo que Francisco cambió después de casado, él antes no era así. Él era muy trabajador y amaba estar con su familia, soñaba con tener hijos y brindarles todo. Pensaba que necesitaba algo que lo distrajera y lo divirtiera, ella no veía mal lo que hacía su marido y con respecto con la crianza de sus hijos decía que las mujeres deben hacerse cargo de la casa y de sus niños y afirmaba que no era mal padre.

Marcelo desde muy pequeño salió a trabajar. Cortaba el pasto de los vecinos, le hacia algún mandado, vendía cosas de limpieza, etc. Lo que ganaba se lo daba a la madre pero ella se lo brindaba al padre cuando lo necesitaba. Marcelo no quería que su madre trabajara mucho pero se ponía muy mal cuando el dinero que le daba a su madre terminaba en manos del padre y quería que su hermana pudiera terminar la primaria. Por la edad que tenia era muy maduro y bastante decidido, los vecinos decían que era bastante hombrecito por la crianza que tuvo.

Susana era y es muy tímida tan tímida que solo sale para ir a la escuela. Repitió 3 veces de grado, una fue segundo grado porque no cumplía con los deberes, después cuarto grado por las mismas razones y sexto por faltar mucho, no iba nunca. Acá es donde empezaron los problemas: empezó a aislarse de todos, lloraba casi todo el día, no hablaba con nadie. Los vecinos les decían que la mandaran a un psicólogo, porque su actitud no era normal, aunque ellos sabían porque era así esta niña. Aunque no tuvo tratamiento pudo terminar la primaria a los 15 años.

Vivió mucha tristeza, necesitó mucho de su padre pero él nunca estuvo. Él siempre maldijo que fuera mujer y ella siempre lo supo. Hoy vive en su propio mundo, esta sola esperando que el padre venga a darle un abrazo y a decirle que la quiere, sueña con una familia feliz, le confía a su hermano.

Cuando cumplió los quince no tuvo su fiesta pero a ella no le importó, el único que le dio un regalo fue Marcelo: una cajita musical. Su mamá hasta se olvidó de su cumple. Igual dinero no tenía porque se lo dio a su marido para que fuera, justo en el cumple de su hija, a una fiesta en donde se juntaban todos los corredores. No estuvieron sus padres en ese día tan importante.

A la madrugada Francisco volvió bastante tomado y muy violento, entró a la habitación de su mujer a los gritos, agrediéndola verbalmente. La señora intentaba calmarlo pero él le pegaba. La nena se puso a llorar desconsoladamente y el pibe fue donde estaba la madre y cuando vio que le pegaba él empuja a su padre y lo empieza a golpear. Enriqueta le pide que lo deje y Marcelo se va. Al otro día Francisco le pide a Marcelo que se vaya de la casa, el decide que no y entonces empiezan a discutir, él le reprocha los descuidos, los malos tratos, su falta en la familia y entonces el padre le dice si tan poca cosa fue él que se vaya, con más razón y dice que nadie le levanta la mano, entonces Marcelo le responde que él no va a dejar a su madre y a su hermana sola como lo hizo él y Francisco le dice que por su hermana no se preocupe que le consiguió trabajo «cama adentro» y que su madre tiene mucho que hacer en su casa. Marcelo, siempre defendiendo a su familia, le dice que él no puede permitir que mande las vidas de los demás. La discusión seguía cada vez más violenta hasta que en un momento la madre le pide a su hijo que por favor que se vaya que le haga caso a su padre y él indignado por la actitud de ella, que siempre lo consintió a Francisco decidió irse con su hermana a la casa de un amigo.

Al mes Francisco tuvo una carrera en Córdoba. Antes de correr había tomado bebidas alcohólicas, desde hacía un año tenía también el vicio por las bebidas. En plena carrera, en una curva choca y se mata. Cuando su señora se entera de esta noticia les comunica a sus hijos, Susana se sintió muy mal por varios meses. A los 16 decidió tomar los hábitos de monja. Ella misma decía que necesitaba buscar paz, conocer y vivir en paz, porque nunca la había sentido en su familia. Marcelo encontró trabajo en Buenos Aires en una fábrica donde podría irle bastante bien. Su madre al sentirse sola les pidió a sus hijos que no la dejaran porque ahora los necesitaba más que nunca, pero Marcelo dijo que también él la necesitó siempre y ella nunca estuvo. Hasta lo echó, prefiriendo a su papá y ahora él prefiere crecer como hombre y vivir como su hermana en paz y felicidad, y Susana le dijo que ella anímicamente no estaba bien y que nunca lo estuvo y a ella nunca le importo su vida y que necesitaba estar bien consigo misma para poder estarlo con los demás y que no estaba resentida que vaya a visitarla al monasterio, pero que sepa que no volvería a vivir con ella.

Esta historia tuvo varios finales pero uno muy marcado el de los hijos que por primera vez aprenden a hacer lo que desean, a elegir a vivir distinto. Me preguntó yo ¿ustedes en este caso que le hubieran contestado a su madre? ¿Se quedarían o se irían como ellos?

No más violencia de ningún tipo, ustedes mismos saben que no se llega a nada o no se termina nunca bien. Amor y felicidad contra la violencia.

Prof. Carla Manrique



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