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El equilibrio es una mezcla feliz de situaciones opuestas.
Mens sana en corpore sano: conservar y mantener el cuerpo en buen funcionamiento por la higiene y la gimnasia para mantener la fuerza y la agilidad. Esto lo debemos enseñar a nuestros hijos pero siendo modelos de lo que decimos. En fin mantener la inteligencia alerta por el ejercicio y la instrucción. Mantener en un justo equilibrio la sensibilidad favorizando las tendencias superiores y atenuando las tendencias animales. Todos reconocen los beneficios del ejercicio físico y de la instrucción. ¿Por qué procedimiento la sociedad podras resolver el problema de los desequilibrios? |
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Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti
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Tuve resistencias a aceptar el equilibrio como rápida solución para vivir mejor
Me ha tomado siglos de mi tiempo interior para llegar a poseer el precario equilibrio de hoy. Mi posición de «maltratado de la vida» me ha perseguido. ¿Pero porqué esa creencia de nada merecer y de continuar a luchar mas allá te toda fatiga para sobrevivir y ser capaz de reconocerme como algo más que como niño abandonado en una cuna de oro? Esa imagen tan fuerte me ha empujado siempre a ir más lejos a aprender y a cuestionarme sobre mi frágil identidad. No tuve una educación protectora: «come, duerme, estudia, pero no molestes». Nunca un consejo, una respuesta a mis preguntas y con ropas mal combinadas. Nunca me ayudaron a amar la belleza de los colores. Yo dibujaba muy bien pero nunca pude colorear. Siempre con lápiz negro. Buscando un equilibrio que me permitiera de ir al encuentro de mi identidad estuve siempre en una plataforma resbaladiza tratando de diferenciar lo que estaba bien de lo que estaba mal. *** No di ninguna importancia a mi facilidad por los estudios. Una voz penetraba las tinieblas de mi indefinible identidad, la de mi padre que me sugería carreras posibles a hacer, y yo iba, y terminaba todo lo que comenzaba y me volví cada vez más cultivada y sólida. ¿Pero dónde estaba mi equilibrio? *** Así un día partí a la búsqueda de mi misma. A los 16 años la espiritualidad me ganó completamente y me volvió fina y afirmada en la búsqueda de mí ser. ¿Quién soy? Yo encontraba un cierto equilibrio que se anunciaba en las cosas pequeñas de mi vida de adolescente acomplejada. *** Decía con seguridad «si» ó «no» según que los caminos sugeridos me atrajeran o rechazaran. Si bien yo había aprendido a aceptar o rechazar no creo haber estado clara en mis elecciones al punto de haber hallado el equilibrio entre el sí y el no. *** La lucha continúa todavía pero mi equilibrio actual, inestable como todos los equilibrios, lo he logrado porque sé a dónde voy y un día podré quererme sin jugarme y si actualmente soy un buen maestro del sentido es porque soy un buen alumno de quienes me hicieron y están haciéndome. Es la lucha de los opuestos que me ha llevado a la conciliación y entonces al equilibrio identitario. *** Es sorprendente lo que me sucedió con mi primer artículo sobre el equilibrio. Lo había escrito en el viaje entre Saint Jean de Luz y Paris. Había aprovechado el tiempo para lanzarme en las ideas. Desgraciadamente el artículo partió en uno de los paquetes que yo llevaba plenos de regalos bien pensados. Ese era un artículo. Lo que escribí hoy no lo es, pero si una confesión! *** Si trato de encontrar algunas ideas de lo que había escrito mi memoria tan fiel y presente en general no me acompaña. Tal vez lo que había escrito no era una reflexión sino una lección de vida. No era tan profundo como la transmisión de algo vivido. ¡En todos los casos yo había hablado de equilibrio, del punto, del medio, del TAO, de la conciliación, de la armonía y de la paz! Sé que pensé a los amores de mi vida. En el equilibrio acordado a nuestra pareja. ¡Que plenitud esencial: todo posible balanceado en una realidad que va mas allá de la vida.
Escrito en Paris el 23 de septiembre,
día memorable del nacimiento de mis dos hijos varones que me dieron la obligación de la responsabilidad que es equilibra. |
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Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti
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Recuerdo que de adolescente tenia la tendencia de cumplir demasiado estrictamente las
proposiciones que me hacía. Si tenía un objetivo deportivo trataba de lograrlo cueste lo que cueste. Esa era
mi virtud según mi opinión. Y realmente me iba bien, lograba lo que me proponía, especialmente
cuando se trataba de lograr objetivos en el estudio. Seguí con esa postura muchos años y creo que los
logros que tuve son todavía motivo de orgullo. Pero como pasa muchas veces cuando la perspectiva de
uno con respecto a la vida y a los logros cambia y los hechos del pasado se evalúan con otros
significados, sucedió que cambie de rotulo hacia mi supuesta virtud. Empecé a considerar que tal vez mas
que virtud fuera terquedad, mezclada con orgullo y una estrecha visión de la realidad.
Sé que muchos pensaran que estoy equivocado, pero con los años cuando uno empieza a percibir lo que no fue hecho, a causa de dedicar todos los esfuerzos a pocas cosas muy focalizadas, es cuando viene el arrepentimiento de no haber sido más equilibrado. Por haber dedicado esfuerzo extra al estudio, no le preste atención a los juegos en la época escolar de niño ni a las salidas propias de adolescentes cuando era más grande, puede parecer minúsculo problema pero estas cosas traen consecuencias tarde o temprano. Suerte que en general fui viviendo experiencias que satisficieron las ya perdidas en su tiempo correcto. La buena dicha me hizo recapacitar y un encuentro inesperado fue el motivo de mi cambio de visión. Un anciano se cruzo en mi vida en un momento y me provoco un viraje que hasta hoy perdura. Resulta que en unas vacaciones en la playa me encontraba con mis amigos de escuela secundaria y mientras ellos jugaban deportes yo estaba sentado mirando el juego pero también leyendo un libro muy interesante que me había llevado al lugar. Fue entonces cuando una familia se distribuyo cerca mío en la arena y un señor que supongo sería el mayor de todos y tal vez el abuelo de los niños que con él venían, me dijo que le encantaría jugar deportes como "ellos" y señalo a mis amigos. Me dijo que le encantaría tener el cuerpo ágil de ellos para poder saltar y sentir el movimiento y el placer de moverse sin dolores y con tanta destreza. Me dijo que cuando era chico había trabajado mucho y su familia era muy pobre por lo que no había tenido tiempo de divertirse y que en la actualidad ya no le era posible compensar el tiempo ni la salud perdida. También me expreso que si pudiera existir el milagro de volver atrás, al menos en salud, él estaría jugando a la pelota con mis amigos. La conversación siguió y trate amablemente de hacerle ver que ahora él tenía otras cosas de las que disfrutar como por ejemplo de su familia y de sus nietos a los que se les veía felizmente jugar. Un poco se consoló y termino sonriente y feliz del momento que estaba pasando, pero el que no termino muy convencido fui yo. Me di cuenta que a mí me estaba pasando lo mismo que al anciano. Que pudiendo hacer las cosas que mi edad y salud me permitían, no lo hacía. Me di cuenta que a la edad del anciano probablemente iba a estar aburrido de leer o bien me costaría más a causa de la perdida normal de visión y que tampoco podría experimentar el placer del movimiento y de la salud. Me costó dejar la terquedad de "juzgar" a mis amigos por perder el tiempo con juegos que no traerían nada de bueno y me di cuenta que tenían razón. Hay cosas que hay que hacerlas cuando corresponde y otras que pueden esperar. Me di cuenta que el equilibrio es la gran virtud y que no es superada por ninguna otra, ya que cuando falta el equilibrio ninguna virtud puede hacernos más felices. |
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Licenciado Alejandro Giosa
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Como instructor de meditación, me he encontrado muchas veces con esta palabrita, que parece
ser el objetivo de vida de muchas personas.
Equilibrio y armonía son dos aspectos personales muy apreciados a nivel social. Por otro lado, cuando decimos que alguien está desequilibrado, suele ser considerado un sinónimo de peligroso y enfermo. Pero, ¿es esto en realidad así? ¿O es esta, otra de las fantasías de la moda social? Mediante la meditación se logra un fuerte equilibrio, pero es gracioso comprobar que los principiantes tienen miedo de que el avance en esta técnica les haga «perder su capacidad de sentir emociones». Imaginan que llegarán a parecerse a alguno de los personajes del cine que, a fuerza de estrictas prácticas en el templo tibetano, desarrollan una personalidad inconmovible. Pues, en verdad, lo que desequilibra nuestra personalidad son los pensamientos y las emociones. Pero un ser humano sin éstos, no sería un ser humano, entonces, ¿de qué se trata? Un dicho muy común y conocido dice: El dolor es inevitable, el sufrimiento es una opción. Y, más o menos, esa es la idea que prevalece en la práctica de la meditación budista: no dejas de tener emociones y pensamientos, sólo impides que estos te manipulen y te dañen la vida. ¿Estamos, entonces, ubicando los pensamientos y emociones, funciones propias del «alma», fuera de nuestra persona? En nuestra persona están los aparatos receptores, pero las emociones son consecuencia de impulsos exteriores, lo cual incluye los provenientes del inconsciente colectivo y de nuestro propio inconsciente (porque no tenemos poder sobre él). Sin embargo, la meditación no es una práctica auténtica sin la consideración de algunos factores muy peligrosos para el «alma» humana. Y es por esto que es tan importante realizarla bajo supervisión calificada. El Ego tiene características plásticas inigualables y una gran capacidad de actuación. Es muy común ver en las redes sociales y en las escuelas de misterios, personas que aseguran haber «disuelto» su ego (aspecto generalmente demonizado en ciertos círculos). Otras están «por encima» del ego. Y a la larga comprobamos que, en realidad, son presas de grandes egos arrogantes. ¿Y por qué sucede esto? Porque el ego se adapta a la enseñanza, inclusive a la meditación, y actúa como ego superado, un alter-ego que se reviste de poderes de gurú. Por esto es que la meditación bien realizada tiene dos aspectos: Si nosotros no adherimos a la creencia de que somos manifestación de un espíritu increado, que permanece más allá de la creación (del universo), es mejor que no practiquemos samatha. Si nosotros derivamos el poder místico hacia afuera, ya sea orando y creyendo en figuras ajenas a nosotros, entonces, no practiquemos samatha. La función principal de la vida es coherencia. Y la incoherencia es la madre de todos los desequilibrios. En el terreno de las experiencias diarias, nuestra elección no es trascendental. No es trascendental que elijamos entre comer pollo o carne de res o ser vegetarianos. El equilibrio no se logra «de abajo hacia arriba», sino al revés, porque si no viene de arriba, estará calificado por las fuerzas de la materia y la naturaleza. Pero es trascendental lo que elegimos decir, pensar y hacer con respecto a una situación conflictiva. Y mucho más trascendental la elección que hacemos con respecto a nuestras creencias. Y las creencias son lo que más ignoramos, dejando las mismas en manos de ocasionales gurúes o pastores, escrituras sagradas que eventualmente forman parte de lo que creemos es nuestra cultura, información que proviene de dudosos medios de comunicación masiva. Allí mismo es donde se producen las incoherencias, en los elementos que forman parte de nuestra cultura colectiva, cargados de conceptos rígidos y estructuras estáticas que no fueron creadas para el bien del hombre aunque griten que sí. Y el hombre elige una moral colectiva donde se condena la sexualidad y donde el error humano es calificado de pecado, el cual es condenatorio. ¿Y busca el equilibrio en medio de esa tormenta generada por intereses desconocidos por él? Acción, pecado, pensamiento, pecado, comentario, pecado. Una pobre alma, cultivo de la creación, de una creación donde prima el dolor como «escuela», atrapada entre enseñanzas imposibles de realizar y reglas imposibles de seguir El desequilibrio proviene de la ignorancia acerca de nuestras individuales y propias motivaciones. Motivaciones que son generadas en el horno de nuestras pasiones contenidas, de los oscuros secretos sobre nosotros mismos, de un criterio erróneo sobre la creación. ¿Cómo podemos saber qué somos, si, desde el principio, adherimos a una fábula que nos han contado como verdadera? ¿Cómo te atreves a querer gobernar tu vida, si has dejado que la rijan por creencias que aceptaste irresponsablemente? Y luego te yergues, orgulloso y obcecado, queriendo que los demás te acompañen en tu creencia no sea que surjan demasiados opositores y deje de ser verdadera. Coherencia es igual a equilibrio. Coherencia es poner en duda todo lo que uno cree y ser capaz de re-edificarse cada día. Porque el universo creado fluye, todo fluye.
Guaynabo, Puerto Rico, agosto del 2016
exclusivo para «S.O.S. Psicólogo»
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Juan Carlos Laborde
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El desequilibrio sobreviene, obviamente, cuando se pierde el equilibrio y entonces se produce
la inestabilidad y esta podría provocar la caída. La pérdida de la precisión y, a veces, la
preocupación por mantenerse equilibrado se la debemos, como tantas cosas, a las imposiciones, a
los mandamientos, que nos dejan obligados a tratar de permanecer equilibrados entre los extremos.
La visión bipolar de las cosas hace que constantemente estemos en una posición equidistante de
ambos extremos. No somos extremadamente buenos, pero tampoco somos extremadamente malos;
no decimos siempre la verdad, pero tampoco siempre estamos mintiendo; no somos egoístas
extremos, pero tampoco generosos absolutos; no somos del todo blancos, tampoco del todo negros y, la
más de las veces, el gris que aparentamos ni siquiera está bien definido.
Muchos animales nos superan en eso, no están preocupados por mantener el equilibrio; contrariamente a nosotros que sí nos preocupamos por no desequilibrarnos. Si sufrimos una explosión de ira, o una crisis de llanto, o los nervios nos traicionan, o si nos vamos de boca; inmediata e inconscientemente lo asociamos al desequilibrio. Hemos perdido la compostura, la paciencia, la educación, la tolerancia; nos corrimos hacia uno de los extremos y nos desequilibramos. Luego podemos sentir vergüenza, arrepentimiento y nos obligamos a tener que disculparnos tratando de demostrar que aquel que gritaba, insultaba u ofendía, o que lloraba desconsoladamente, no era uno mismo; en definitiva, uno trata de justificarse achacándole la circunstancia a una momentánea y transitoria pérdida del equilibrio emocional. A veces la vergüenza y el arrepentimiento son tan grandes que a uno no le queda otra que alejarse de lugares o personas (a veces, simulando estar ofendido, dolido o golpeado; es curioso el comprobar con qué facilidad pueden invertirse los roles; de haber sido el ofensor, se pasa a ser el ofendido; de victimario a víctima). No pocas veces, el que se ha desequilibrado trata que los demás también pierdan el equilibrio, como en un intento de igualar la situación, de hacer que el otro también vaya al extremo y se desequilibre. En la mente, el ego pesa demasiado como para pretender mantener el equilibrio; también pesan las imposiciones y la esencia primaria (la que no está afectada por los mandamientos, ni por el ego). Estas tres fuerzas (energías), siempre en oposición, contradictorias y en conflicto, bastan para desequilibrar, crear el conflicto que luego va a traducirse en síntomas y afecciones en el plano físico. Cada vez que una de estas fuerzas, gana una batalla, es probable que origine un desequilibrio. Cuando hablamos de batallas, fuerzas, oposiciones, defensas, ganar o perder; pareciera que nos referimos a una contienda bélica. Y es más o menos así. En nuestro interior, todo el conflicto, se vive como una guerra; a veces hay invasión de elementos de afuera (virus, bacterias, etc.); otras veces elementos internos se rebelan (trastornos autoinmunes). Indefectiblemente, el organismo, que vive todo esto como una guerra, lo demostrará como enfermedad; con fiebre, inflamaciones, tumoraciones, etc. que buscan la superficie, asomar al exterior, mostrarse, pasar de lo oscuro a la luz. La enfermedad es la manifestación del conflicto; el conflicto se hace enfermedad para resolverse; se hace visible solamente para eso. Lamentablemente todo lo que ocurre en la mente, el cuerpo lo registra como real; si tenemos miedo, aún cuando sea imaginario, no real; el organismo reaccionará en consecuencia predisponiéndose a la huída o a la lucha. Nuestro organismo también reacciona consecuentemente a las imágenes y sensaciones que tenemos mientras dormimos, cuando soñamos. El organismo no puede distinguir entre lo que es real y lo que no lo es. La mente origina pensamientos que solamente se harán realidad cuando se transformen en una acción concreta; mientras tanto son solo eso, ideas, pensamientos. Simbólicamente podría decirse que uno se desestabiliza cuando fallan los apoyos, cuando las piernas no pueden sostenernos; o cuando se recibe un impacto inesperado e imprevisible que hace que el equilibrio se pierda. El desequilibrio emocional sobreviene cuando aquellos pilares, sobre los que construimos nuestro carácter, personalidad y muchas de las emociones, se desestabilizan, comienzan a debilitarse o directamente declinan. O cuando ocurre algo, totalmente inesperado y nunca previsto, que generalmente tiene que ver con un despertar a la verdad, a la realidad; que termina produciendo el mismo efecto, el desequilibrio. Es difícil que alguien pase por un desequilibrio emocional sin sufrir un trastorno orgánico. Hay fuerzas y energías en la mente (como la del pensamiento, por ejemplo) que son bien capaces de generar el desequilibrio y de llevarlo hacia el exterior. De verdad no es necesario esperar la afección para saber que algo está ocurriendo en nuestra mente. Se puede percibir el conflicto, antes que se materialice en forma de enfermedad; sea porque no descansamos bien, porque no tenemos ganas de arrancar el día, porque empiezan a molestarnos determinadas cosas, porque estamos intranquilos y no sabemos por qué, porque nos sentimos desorientados, confusos e inquietos, porque no reímos con la facilidad de antes, porque dejó de importarnos lo que antes importaba, porque tenemos una idea o pensamiento que se hace recurrente y que no podemos gobernar, porque se empieza a envidiar la alegría de los demás. Son como los síntomas orgánicos, solo que no provienen de órganos, sino de la misma mente. |
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Prof. Carla Manrique
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Me gusta levantarme bien temprano cuando estoy en la casa de campo. El
despertador es el trinar de los pájaros, así como en las noches me arrullen los zapitos del
jardín, mientras leo al borde de la pileta pintada de azul platino por el reflejo de la luna.
Después del desayuno salgo a caminar un rato largo. Recorro las callecitas pisando las hojas secas de los cedros y mirando lo lindas que son las casas y los chalet. También suelo hacerlo de noche, para verlas con las luces encendidas e imaginar las escenas hogareñas. Reconozco que mi casa es tan linda como las otras, pero siempre las otras tienen ese "no sé qué". En mis caminatas además de mirar las casas disfruto el paisaje, ver los chicos en bicicleta, sus gritos "¡Corre que te alcanzo! Y también los que se apuran a llegar a tiempo a la clase de equitación. Luego me tomo un café _desayuno extra- con Juan en el restaurante del Country. Charlamos de cosas que tantas veces no hay tiempo. Me recomienda libros y yo a él música. Así que por las tardes, después de una buena siesta vamos a comprar aquellas cosas, para escuchar música, leer, y seguir disfrutando de la paz del silencio, del verde de las hojas, del sonido de los pájaros, del cielo aunque esté gris y llueva a cántaros, porque esos días también la vista se recrea con las gotas gordas cayendo en la pileta. Y ver al gato del vecino que se refugia debajo del sillón preferido de Juan, esperando que "Coco" _nuestro perro- no lo descubra. Juan disfruta los sábados con sus clases de golf y tenis, y las charlas entre amigos sin su guardapolvo de médico serio y conspicuo y mientras tanto, yo cocino y disfruto a mi manera, para luego encontrarnos en el justo punto donde pusimos la balanza en orden. Mis cinco hijos ya están grandes. A veces van con sus novias y novios, porque la casa de campo la canjearon por las discotecas o las charlas hasta la madrugada en los bistro de moda. Creo que saben bien que la casa es nuestro refugio y nosotros somos el refugio de ellos estén donde estén. Esa semana de primavera decidimos ir desde el lunes hasta el domingo, pues Juan finalizaba sus clases de golf, para convertirse en un jugador "profesional". El martes parecía un día cualquiera, planeamos la noche anterior recibir a un matrimonio amigo a cenar, así que me levanté más temprano que lo habitual para organizar la cena y hacer las compras que me faltaban, mientras mi marido ya se había ido a su clase de golf. Ni bien comencé a conducir me llamó la atención que nadie estaba caminando; el profesor de tenis corría hacia su casa y no a las canchas; no escuché a los chicos jugar y cuando llegué a la puerta del country los guardias me preguntaron: -¿A dónde va señora? Es mejor que se quede, está todo muy complicado. Escuché la radio de ellos como si las noticias fueran fuego candente, las voces se mezclaban con gritos y no se podía identificar la sintonía ni el locutor. -¡Qué sucede! Exclamé ya casi adelantando el presagio. -Señora vuelva a su casa y encienda el televisor, será mejor que no se lo digamos. Me asusté, el frío corría por mi espalda, algo muy grave estaba ocurriendo, y el silencio del country había pasado a ser aterrador. Encendí la televisión, y lo poco que quedaba de "Las Torres Gemelas" yacía en humo y escombros que la gente quería sortear, algunos hasta se tiraban por las ventanas de los pisos más bajos de las Torres, que todavía mantenía en pie. Las noticias comenzaron con el correr de las horas a aclararse pero no el humo y el estupor de la gente. En la casa tan distante de Nueva York, más o menos 9.000 kilómetros, el silencio era sepulcral. Nadie asomaba a las ventanas y creo que ni los gorriones cantaban. Vinieron a mi mente las imágenes del terrorismo aquí en la Argentina cuando atacaron a la Embajada de Israel, yo estaba enseñando en la Universidad de Buenos Aires. Escuché un ruido muy fuerte y a modo de broma les dije a mis alumnos _ se debe haber caído un avión- y sonrieron ignorando lo sucedido tanto como yo lo hacía. Al salir, el recorrido del bus en el que iba pasaba por la Embajada. Había cristales rotos y escombros de los comercios de la zona por todas partes. Puertas y ventanas explotadas en las calles y en el bus idéntico silencio sepulcral. Me enteré de lo sucedido recién en mi casa cuando puse las noticias y mis rodillas volvieron a desplomarse, del mismo modo ocurrió cuando fue el ataque a la AMIA. Mi cuerpo se aflojó, mis piernas me hicieron caer al piso de rodillas. No podía dejar de mirar y rezar. Me trajo a la mente aquellos días terribles de los ataques a la Argentina. Este día, 11 de septiembre, mis hijos fueron por nosotros. Estuvimos todos juntos. Nos conteníamos unos a otros. Marta, mi amiga me ayudó con la cena, en silencio pero sin perder la sonrisa. Yo creo que temíamos hablar por miedo a que aquello que se dijera se convierta en realidad. Antes de la cena, mi hijo menor se sentó conmigo en el jardín mirando el agua de la pileta. Me abrazó muy fuerte y puso su cabeza sobre mi hombro: -¿Volverá a suceder, mami? -Creo que sí Mariano, mientras no haya una verdadera solución que el hombre no puede balancear. Pero quiero que tengas en claro que lo más importante es el amor, y mientras el amor exista Dios no nos va a dejar y que por cada hombre o mujer especialmente entregada a la humanidad que haya, el mundo seguirá adelante. -Qué raro me resulta mami. Me levanté temprano para ir con Cacho a la facultad y lo que ocurre a miles de kilómetros de distancia cambió hasta mi forma de pensar, pero yo siento que sigo siendo el mismo. Entramos a la casa. El gato del vecino continuaba debajo del sillón mientras Coco no lo perdía de vista desde la cocina. Juan y Manuel entablaron una conversación sobre la necesidad de agrandar las canchas de tenis, para que puedan asistir más chicos. Mis hijos conversaban y peleaban entre ellos, y mi amiga y yo comenzamos a servir la mesa juntas mientras me contaba de una modista que había conocido y que me iba a recomendar. No creo que hayamos perdido de vista ni por un momento los sucesos, simplemente intentamos continuar con nuestras vidas en ese desconcierto. Después de la cena encendimos nuevamente la radio. Los chicos fueron a sus habitaciones a ver las noticias en la televisión en un respetuoso silencio. Me pregunto cómo puede desequilibrarse tan rápido la balanza universal. Me senté al lado de Juan y le dije al oído "te quiero". |
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Silvia Stella, abogada
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