No puedo dejar de pensar en que el término libertad es sumamente abarcativo y como consecuencia terriblemente relativo.

Si decimos que hay libertad es ésa una afirmación que se refiere específicamente a solo una porción de lo que llamamos nuestra "realidad" y que para otras "realidades" el concepto puede y de seguro cambia total o parcialmente.

Si decimos que un canario no es libre, nos estamos refiriendo solo a sus movimientos físicos. Es evidente que sigue siendo libre para comer o no comer lo que se le da, libre para cantar, para beber agua y si las condiciones que el humano le provee son más satisfactorias, también para procrear. No es libre para viajar por los cielos, ni para vivir con sus congéneres en su hábitat natural, ni tampoco es libre para ser acechados por sus predadores, cosa que bien podría agradecer el desdichado animalito, si pudiera hablar.

Ahora llevar este tema al mundo humano, es asunto diferente, no porque no siga la misma lógica sino porque no somos muy tolerantes a opiniones amplias y abarcativas, y en general nos gusta más que las cosas sean blanco o negro, si o no, libertad o dependencia, y nos ponemos un poco nerviosos si alguien trata de ver matices a estas "agradables" dicotomías.

No cabe duda que obedecemos a muchas leyes. Leyes naturales, muchas. Leyes jurídicas, muchas más, y otras y otras…

Si pensamos que estamos agobiados por obedecer las leyes impuestas por otros hombres, ahora o a lo largo de la historia, sería bueno empezar a pensar también en la muchas leyes que obedecemos desde que nacemos y que ningún cambio de espacios normativos (países) puede liberarnos de ellas.

Si pensamos que en realidad no podemos volar como los pájaros, ni nadar bajo las profundidades del océano, no traspasar las paredes, ni ver alguna gama de la luz blanca, estamos bien en lo cierto de que estamos obedeciendo leyes que otras especies sobre esta misma tierra no tienen que obedecer, o no les afecta, es decir tienen libertad sobre ese aspecto que nosotros no tenemos.

También es cierto que nosotros tenemos libertad de razonar, de manejar conceptos y sentimientos, como otras especies no logran tener. En definitiva, la libertad es relativa a la especie, en cuanto a las leyes naturales, y es relativa a las legislaciones, en cuanto a las leyes humanas.

Las leyes de la física, son solo algunas de las leyes naturales que conocemos, o que nos afectan, como la gravedad, la aceleración, la presión atmosférica, y muchas otras. Supongo que hay muchas más leyes que nos competen, pero como no conocemos en qué nos limita no sabemos cuál ley es (cuando pienso en esto me acuerdo de la levitación que se le atribuyó durante siglos a brujas, o a santos, y que debe tener también una ley…).

Entonces estamos como humanos obedeciendo unas cuantas leyes legislativas y otras tantas naturales y otras más que después veremos. A todas éstas estamos bastante acostumbrados y solo nos ponemos alertas y ansiosos cuando nos quieren cambiar alguna o agregar otras. Por lo menos podemos estar contentos de que las leyes naturales no cambian tan seguido.

Hay otra gran legión de leyes que todavía no nombré, porque es un tema escabroso, que sencillamente no queremos ver.

Se trata de ciertas leyes que nos autoimponemos durante la vida, o que nos la impusieron nuestros educadores, y maestros, o en definitiva nuestra cultura.

No voy a negar que es muy difícil de verlas en uno mismo. Lo más probable es que uno diga "ya tengo bastante como para cometer la torpeza de autoimponerme cosas", pero sin embargo estamos agobiados por multitud de autoimposiciones, que para ser delicado voy a denominar "no conscientes", porque considero que con un poco de autoobservación pueden ser vislumbradas.

Cuando digo que el pescado frito no me gusta, me estoy imponiendo una limitación a mi libertad, es decir estoy obedeciendo una ley que es "no comer pescado frito". Hasta cuando digo "soy un tipo generoso" estoy limitándome a no poder ser avaro (pierdo mi libertad).

Parece algo no muy serio hablar de minucias como estas, pero hay cosas que no hacemos, porque nos fueron "impuestas" desde niños y ni siquiera recordamos cómo ni cuando.

El hecho es que si hoy me gusta tal cosa o me disgusta otra, eso habla de mi libertad y de mi no libertad. Todo lo que resta de mi libertad, es mi falta de ella.

En nuestra familia pudieron haber sido poco afines a llevar amistades a nuestra casa. Eso tal vez termine por limitarnos de igual forma. Habría que observar que hacen otras familias para ver a qué se limitó la nuestra, a qué "leyes" se acogió.

Cuando escribimos Vaca con ve corta, estamos obedeciendo a una ley cultural, de la que ya puedo ir diciendo que debe haber unas varias miles también, muchas de ellas que no se encuentran escritas en lado alguno, pero se transmiten desde las primeras palabras que el niño escucha, que además también le imponen el idioma "materno".

En definitiva estamos colmados de leyes: culturales, legislativas, naturales, familiares, y personales. Eso es lo mismo que decir que tenemos un "poquito" limitada nuestra libertad, o lo que es lo mismo, decir que estamos obligados a obedecer un "poco".

Así se hace más difícil poder hablar de libertad.

No me parece que las cosas así, sean para abatirse y declinar.

Creo que la gran libertad que poseemos como humanos es, a pesar de lo dicho, la libertad infinita de elegir. El libre arbitrio.

Si empezamos por lo más vulgar, aunque se nos escape de la percepción normal, podríamos decir que podemos ir logrando cada vez más libertad en lo personal, en las imposiciones que nos hacemos. ¿Porqué no salir al cine un jueves? ¿Porqué no leer uno de esos libros que jamás nos atrajo? Lo importante es ir ganando espacio en nuestra vida, salir de las limitaciones que tenemos para que nos permita ver un mundo mas interesantes, con más opciones, más rico, experimentar un poco más de libertad.

Podemos continuar nuestra tarea de "liberarnos" buscando en lo familiar, tratando de detectar qué es lo que diferencia nuestra familia de otras, y ampliando igualmente nuestro repertorio.

Podríamos seguir tratando de dilucidar las limitaciones culturales, ¿porqué no hacer una gran fiesta con todos los vecinos cortando la calle? Puede tener sentido o no, pero igualmente nos va a ayudar, saber de esas posibilidades, después podemos elegir llevar a la práctica algo o no, pero por lo menos estamos eligiendo, porque parece ser que la peor obediencia es la que hacemos sin saber que lo hacemos, cuando no hay opciones. Es decir cuando no hay por lo menos dos posibilidades, no hay opción, y si no hay opción, estamos obedeciendo inconscientemente.

No voy a hablar de cuestionar las leyes legislativas porque eso nos puede acarrear más de un problema…

Y de las leyes naturales, es difícil decir algo, cuando éramos chicos jugábamos que volábamos, o que viajábamos por el espacio exterior, eso nos daba más libertad, y tal vez alegría. Saber que no estamos tan limitados como después nos vamos dando cuenta que estamos, es liberador.

Tal vez ahí esté una de las claves de la felicidad, y sea el sentirse libre. Ya no pensar si somos o no somos libres, sino empezar a sentirse libre.

Hasta el hombre más encerrado entre rejas puede sentirse libre. Es su libre arbitrio, y lo ejerce. Tal vez dé resultado.

Por algo Jesús el Cristo dijo que solo cuando seamos como niños podremos entrar en el reino de los cielos. Por lo pronto aquí en la tierra creo que sí podría decirse que si somos como niños, es decir sentirnos libres, con el futuro por delante, amplio, ilimitado, podemos llegar a ser de nuevo un poco felices, como cuando fuimos niños.

Licenciado Alejandro Giosa



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Autor: Dra. Susana Der Parsehian: especialista en toxicología y química legal. Miembro titular de la Asociación Española de Toxicología. Miembro fundador y titular de Gibba, Miembro fundador de APIS. Miembro titular de la Asociación Argentina de Perinatología. Profesional del Hospital Materno-Infantil Ramón Sardá del Departamento de Urgencias. Creadora y administradora de la lista de discusión interdisciplinaria sobre temas perinatológicos en idioma español en Internet: perinat@pccorreo.com.ar

Un alimento no es apto para el consumo humano cuando es nocivo para la salud, y esto ocurre cuando está contaminado, alterado y/o adulterado. La nocividad de un alimento no sólo se determina por la presencia de contaminación biológica y química, sino también por compuestos que existen naturalmente en el mundo vegetal y animal, que al sobrepasar los niveles aceptables se transforman en una amenaza para el hombre.

La Unión europea y el mundo todo se encuentran conmocionados por el caso de los pollos, huevos, y carne porcina contaminados con dioxina, recientemente ocurrido en Bélgica; y cuyas consecuencias en el ser humano aún no han podido ser evaluadas.

Simultáneamente con este episodio el gobierno de Bélgica procedió a retirar del mercado todos los productos de la compañía Coca-Cola (unos 18 millones de botellas y latas).

La empresa explicó que se habría utilizado una cantidad excesiva de gas(anhídrido carbónico) y que los envases se contaminaron en Holanda. Aunque no se admite en forma oficial que éstos fueron almacenados en cajas de plástico que contenían residuos de fungicidas (fungicida es el término para denominar a los agroquímicos utilizados para combatir los hongos en las plantas).

Estos lamentables (aunque previsibles) episodios, se suman a los múltiples «accidentes» por imprevisión que afectan la Salud Pública y deterioran el ecosistema.

Pero: ¿Qué es la dioxina? Dioxina es el nombre genérico con que se denomina a los policloradosdibenzo para dioxinas y a los dibenzofuranos. Siendo la TCCD o 2,3,7,8 tetraclorodibenzo para dioxina la más peligrosa. Considerada cancerígeno Clase 1 según la clasificación de la OMS de 1997, por provocar cáncer en los seres humanos. Los efectos clínicos que produce es el denominado cloroacné entre personas o trabajadores expuestos a accidentes industriales. La concentración de estos compuestos se los multiplica por un factor de peso que refleja la toxicidad relativa del contenido en dioxina -en términos de equivalentes de Toxicidad (Toxic Equivalents-TEQs). La vasta mayoría de las dioxinas no contiene cloro en las posiciones 2,3,7,8 de la molécula y se piensa que por ello no tienen una actividad biológica significativa. Son químicos muy persistentes producidos durante los procesos de combustión e incineración así como subproductos no deseados en la manufactura de ciertos químicos.

Sí se sabe que son productos de la actividad humana y que ciertos procesos de incineración las generan, al igual que algunos procedimientos químicos industriales, que los aceites que sirvieron para lubricar motores las contienen, así como los herbicidas elaborados a partir del cloro, etc. Como resultado de ello las dioxinas son contaminantes ubicuos del medio ambiente y están presentes -aunque en muy baja concentración- en casi todos los alimentos, especialmente en aquellos con alto tenor graso, como la leche de vaca, ya que la dioxina se deposita y bioacumula en los tejidos grasos de los animales que luego son consumidos por el ser humano. En las embarazadas atraviesa placenta así como se excreta a través de la leche materna exponiendo al feto y al lactante

Resumiendo: La dioxina posee tres características que la vuelven muy peligrosa en la cadena alimentaria

1) No es biodegradable, lo que le permite tener gran resistencia en el medio;

2) Es bioacumulable;

3) Es lipofílica, es decir, tiene capacidad para acumularse en la grasa de los seres vivos, lo cual aumenta su concentración en la cadena alimentaria.

La organización mundial de la Salud estima que una dosis de TCDD superior a cuatro picogramos por día y por kilogramo de peso del consumidor tiene «efectos « en los sistemas: inmunológico, endócrino y reproductivo.

En los pollos belgas se encontraron 750 picogramos de dioxina por cada gramo de grasa.

Otro grupo importante de contaminantes de alimentos y del medio ambiente son los plaguicidas por su potencial riesgo para la salud, tanto por sus efectos agudos como crónicos. Los plaguicidas organofosforados, varían ampliamente en su estructura y toxicidad, pero todos tienen la propiedad nociva común de inhibir la enzima acetilcolinesterasa con variación en su intensidad y reversibilidad. Si bien su toxicidad es alta, afortunadamente son poco residuales, a diferencia de los organoclorados, cuyo representante más conocido es el DDT (difenil dicloro trietanol). Los plaguicidas organoclorados afectan al ser humano alterando la función hepática e interfiriendo en la absorción de vitaminas y el metabolismo hormonal.

En nuestro país, profesionales toxicólogos están trabajando con colonos tabacaleros expuestos a plaguicidas organofosforados y a carbamatos del norte de Misiones a 250 km de Posadas, zona geográficamente aislada y con caminos precarios que dificultan los estudios.

Es un clásico ejemplo de exposición laboral a plaguicidas.

La preocupación de los países se evidencia con la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Londres, 1991), la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992), la Conferencia Internacional y el II Foro Internacional sobre Seguridad Química (Estocolmo 1994 y Ottawa 1997, respectivamente). A partir de la reciente designación de Argentina en una de las Vicepresidencias del Foro y Miembro del Grupo Intersesional por las Américas para el período 1997-2000, se ha asumido la responsabilidad de preparar un Perfil Nacional que permitirá tener un conocimiento aproximado de la situación en el tema y servirá de base para efectuar y difundir evaluaciones de los riesgos asociados al empleo de sustancias químicas y su prevención y/o minimización. Quizás un aporte al mismo sea la resolución 364 del Ministerio de Salud y Acción Social de la Nación del 20 de mayo del corriente año por la cual se prohiben los Plaguicidas Orgánicos Persistentes y que lleva la firma del Dr. Alberto Mazza.

Sin embargo esto no es el final sino sólo el comienzo de una etapa de concientización ciudadana acerca de los peligros invisibles a los que la SALUD de todos, esta expuesta.

Está demostrado que lo que se debe aplicar son tecnologías anticontaminantes de tipo preventivo y no correctivo.

Admitiendo que todos somos parte del problema podremos, a su vez, ser parte de las soluciones; si asumimos la cadena de responsabilidades.

Bibliografia consultada

A.- Landi MT, et al. 2,3,7,8-Tetrachlorodibenzo-p-dioxin plasma levels in Seveso 20 years after the accident. Environ Health Perspect 1998. May;106(5):273-7.20

B.- Kayajanian G. Dioxin is a promoter blocker, a promoter, and a net anticarcinogen. Regul Toxicol Pharmacol 1997 Aug;26(1 Pt 1):134-7.20

C.- Lang, E.P., F.M. Kunze and C.S. Prickett, 1951, «Occurrence of DDT in Human Fat and Milk,» Arch. Ind. Hyg. Occup. Med., 3:245-246.

D.- OPS/OMS. La Salud en las Americas. Vol.1. 1998. Washington.

E.- Resolución 364 del Ministerio de Salud y Acción Social (20-05-1999).

F.- Perfil Nacional de Gestión de Sustancias Químicas en Argentina Dora Vilar de Saráchaga

Subsecretaria de Atención Comunitaria. Vicepresidente del Foro Intergubernamental de Seguridad Química.

Health I. G. News



Todos tenemos en el interior sentimientos no resueltos, aunque no siempre seamos conscientes de ellos. Los sentimientos ocultos de dolor suelen convertirse en enojo; y con el tiempo volvemos el enojo contra nosotros mismos dando un puntapié inicial a la depresión. Estos sentimientos pueden asumir muchas formas: odiarnos a nosotros mismos, ataques de ansiedad, repentinos cambios de humor, culpa, reacciones exageradas, hipersensibilidad, encontrar el lado negativo en situaciones positivas o sentirse impotente y autodestructivo. Estos sentimientos son entonces tóxicos para nuestro organismo. Somos prisioneros de lo que no queremos aceptar. Comprender la influencia del medio familiar en nosotros y aceptarla sin condenar nos permite liberarnos y disfrutar de la vida. Creer en nosotros mismos es el primer trabajo para realizar. Creer que uno está antes que el logro. Si uno no cree en uno mismo, nadie lo hará.

Indudablemente nos preguntaremos el por qué de nuestra existencia en el mundo, y tal vez no nos centremos en la búsqueda de la respuesta en sí, sino mas bien en la pregunta misma. Si nos preguntamos el por qué, implícitamente damos por descontado que la existencia tiene un sentido, una finalidad, una meta. Desconocida, atemorizante, ilusionadora, esa finalidad se encuentra en un más allá en el tiempo, en un futuro que siempre se nos presenta incierto.

Considerar el tiempo como una variable categorial de la existencia es uno de los postulados de la psicología humanística. El tiempo que nos limita y nos enfrenta con la posibilidad del no ser, de la nada, de la muerte. El tiempo que nos señala la importancia del momento presente y la labilidad del futuro, así como la presión que en nosotros ejerce nuestra biografía.

Enfrentar el no ser nos confronta con nuestra propia finitud, derribando las ideas de omnipotencia y eternidad tan propias del ser humano. No pensamos en la muerte propia como una probabilidad, a menos que alguna enfermedad médica así lo diagnostique, Y aún así, el no ser se nos presenta ajeno.

Pero el no ser no es solo la finitud de la existencia biológica en cuanto tal. Es también el conformismo a lo pautado por los otros, el acceder a la renuncia del ser propio y ajustarnos a no ser, para convertirnos definitivamente en seres inauténticos.

Desde la inautenticidad se originan los mayores sufrimientos, las enfermedades psicológicas, la depresión, las neurosis, y ciertos rasgos que pueden no llegar a ser patológicos pero constituyen una fuente de insatisfacciones y de dolor: timidez, baja autoestima, vergüenza, temores, trastornos psicosomáticos.

La Psicología humanística se basa en la fuerte creencia de la existencia de una naturaleza positiva de los seres humanos que dan una perspectiva terapéutica favorable a sus sufrimientos. La teoría de la personalidad de Rogers lo resume: "el hombre es un organismo digno de confianza(1977). Este organismo apunta a desarrollar sus capacidades moviéndose hacia la autonomía. Esta orientación está presente en todos los seres vivos, y aunque la tendencia a la actualización se pueda suprimir no puede nunca destruirse sin la destrucción del organismo. Cada persona tiene en sí el mandato de satisfacer su potencial, por lo que la tendencia a la autorrealización es inherente a la condición humana.

Pero ¿qué es lo que lleva a una persona al sentimiento de minusvalía existencial? ¿Qué lleva a lo que llamamos "baja autoestima"?

Las respuestas pueden brindarse desde diferentes marcos referenciales. Consideraremos desde aquí el aporte de los psicólogos humanistas cuya visión nos acerca a la vivencia personal de los existenciarios básicos: temporalidad, especialidad, corporalidad, causalidad. De modo tal podemos observar que quien experimenta baja autoestima suele ser un ser que no tiene plena confianza en las posibilidades propias, bien sea por experiencias que así se lo han hecho sentir, o por la respuesta especular de sus otros significativos, es decir, de las personas importantes en la vida del sujeto que mediante mensajes de confirmación o desconfirmación refuerzan el sí mismo o lo denigran.

Los mensajes que recibimos desde pequeños se hacen carne. Nuestro sí mismo se va conformando por lo que los demás piensan que soy (y que me lo transmiten mediante palabras y actitudes), lo que yo creo que los demás piensan que soy (que implica la elaboración subjetiva de tales mensajes) y lo que en realidad yo mismo creo que soy (se instaura aquí una perspectiva personal que está en estrecha vinculación con las anteriores).

Ya desde el nombre que se nos impone se forja un concepto social de quienes somos. Nuestro nombre se identifica con quienes somos de modo inseparable, para los otros y para nosotros mismos. El ser humano es un ser altamente simbólico, y nuestras reacciones intersubjetivas están en función del intercambio comunicacional (no solo del lenguaje verbal sino también del analógico). Cuando afirmamos nuestra identidad lo hacemos ante nosotros y ante los demás, y muchas veces hay un hiato entre la identidad social y la personal que se expresa en un mal-estar, en una mutación del Dasein (el existir de la persona) que el terapeuta debe comprender y la realidad con la que ha de empatizar para su función psicoterapéutica. El sujeto es un sujeto activo, un sujeto en busca de la autonomía, de la libertad. Hacerse cargo de la realidad también implica hacerse cargo de la propia realidad que se quiere ser. La personalidad se va haciendo, deshaciendo e incluso rehaciendo.

El yo es una relación consigo mismo, pero la mismidad de esta relación sería una ficción si no fuera originariamente una relación con las cosas y con los otros yo. No existe una autopercepción puramente psíquica porque la comprensión de nosotros mismos, de nuestros actos e intenciones acontecen en la medida que el ambiente nos suministra los temas y preocupaciones. "Las manifestaciones de la vida psíquica deben ser examinadas como reveladoras de modos esenciales de existir y proyectar un mundo. Cada enfermedad es específica y cada caso tiene su particularidad en virtud de la condición y libertad de paciente" (Jaspers).

Y del mismo modo que somos-con-nuestro-nombre, que es parte misma de nuestra identidad, somos-con-nuestro-cuerpo. Desde el Existencialismo vemos el cuerpo como lo que aparece, como el fenómeno. Es un cuerpo que aparece ante alguien y ante alguien se manifiesta, lo que le da categoría de existencia en la realidad objetiva. Pero además ese fenómeno que existe en sí, existe para sí y eso nos remite a una relación con la propia corporalidad que no se da de manera totalmente consciente. Hay regiones del ser que permanecen opacas al sí mismo, porque el ser está aislado de su ser.

Cuando hablamos de cuerpo nos referimos a algo concreto, al cuerpo del hombre, hablamos del hombre en el mundo y de la unión específica del hombre con el mundo, lo que Heidegger llamó ser-en-el-mundo. Hablar del hombre es referirnos siempre a la relación con el mundo, a lo que llamamos: "dasein". Dasein nos ofrece una visión única, del hombre concreto en el mundo, pero además de este hombre especial y único (Juan, María, niño, joven, adulto, anciano, alto, flaco, obeso, argentino o ecuatoriano). Cada subjetividad única y distinta de todas es un ser-en-el-mundo y cada dasein se instaura en una relación con Su mundo. En esa relación podemos instalar el sentimiento de minusvalía existencial.

La baja autoestima se relaciona también con la vivencia del tiempo. Cronos nos recuerda que el fin puede estar cerca y puede tornarse persecutorio. Así el tiempo vivido con la intensidad del presente nos categoriza al existente como ser que habita un tiempo personal: un beso, hacer el amor, festejar un gol, asistir a un culto religioso nos permite salirnos momentáneamente del cronos compartido, pero inevitablemente volvemos a él. Y nuestra percepción del tiempo es tan personal y subjetiva que puede no coincidir con la de los otros. Tiempo compartido, tiempo privado. Según la valorización de uno u de otro nos sentiremos mas o menos adecuados al Mitwel o co-mundo enunciado por los existencialistas. Y al igual que somos cuerpo, también somos tiempo. No estamos en él, sino que somos él.

El espacio vivido es otra categoría a revisar. Nuestro cuerpo nos permite asociarnos con otros desde lo sensorial a lo afectivo más profundo, desde la mirada hasta la fusión mas orgásmica en la que se pierde el sentido de ser. En el espacio el cuerpo se experimenta, no excluye la palabra sino que la integra en la carga afectiva de la vivencia.

Tenemos ahora ciertos elementos para considerar: un cuerpo que es causa y efecto de nuestras propias experiencias, que se relacionan directamente con dimensiones, intensidades y matices de la corporalidad. Un cuerpo que es vivenciado de manera diferente según las etapas evolutivas por las que atravesamos y que se somete a cambios constantes. Un cuerpo que se recicla en un ser que está "siendo" proporcionando dolor, placer, que habla, que calla, que oculta, y que da cuenta del tiempo vivido. Esa es la esencia primera del ser: está en devenir.

¿Cómo vivenciamos este complejo y único ser que somos? ¿Cómo capaz de llegar a ser, es decir, con un proyecto, con posibilidades, con objetivos a cumplir? ¿Cómo un ser incapaz, imposibilitado, vulnerable? Esta última pregunta es la que haríamos a quien se siente poca cosa, poco ser, poco existente, poco devenir, poca persona. La propia desvalorización es producto, entre otros, de la comparación con los otros. Percibimos al otro en la plenitud de sus atributos y me comparo con él. Pierdo en esa comparación. Me siento en inferioridad de condiciones. Mi cuerpo es diferente, es feo, no cumple con lo estipulado por la sociedad, soy obeso o extremadamente delgado, o tal vez mi estatura no es la adecuada a los cánones sociales vigentes. Mi cabello es n rizado o lacio, mi nariz es prominente o muy pequeña. No llego a comprender que todos somos diferentes, únicos, irrepetibles.

Tengo una discapacidad física, o psicológica. No llego a los rendimientos que otros alcanzan. Me considero menos que otros, en inferioridad de condiciones. Mi ser es vulnerable ante un mundo que se me presenta hostil, avasallante, grandioso. Mi existencia no encuentra una finalidad, un sentido, y me siento incapaz de otorgárselo. Mis seres significativos me descalifican y mi existencia se reduce a la de un ser casi sin ser.

En definitiva, nuestras categorías se desarrollan en la trama evolutiva de nuestra vida, ligadas a nuestra experiencia social y personal , y a las tecnologías con las que convivimos. Se nos ofrecen perspectivas variadas y disponemos de la libertad para optar, haciéndonos responsables del lugar desde el cual elegimos. Cuando nuestra libertad se encuentra acotada por la inseguridad en nosotros mismos, es el momento de pedir ayuda. Debemos ser conscientes de que tenemos posibilidades a descubrir, y cuando solos no podemos, hemos de recurrir a quien nos pueda acompañar en el camino de fortalecimiento de la autoestima, a quien nos ayude a ver con otros ojos el ser que somos y el que hemos de ser, que nos acompañe en este ser siendo que es inherente a la naturaleza humana.

Llegar a habitarnos en cuanto a corporalidad inserta en el mundo reconociendo las limitaciones pero sin descuidar las posibilidades. Tal es la propuesta de la terapéutica existencial. La angustia nos remite a la fragilidad del sujeto en cuanto a incapacidad de ejercer sobre su propio cuerpo cualquier poder de sujeto parlante. El angustiado pierde distancia respecto del cuerpo del otro y deviene una corporeidad expuesta a su mirada. El angustiado canaliza en el cuerpo el afecto incontrolado, rompe la discursividad y es sentida por el terapeuta como especularmente.

Quien padece baja autoestima suele desarrollar un "falso self" que lo protege ilusoriamente de la confusión y desorientación que le provoca la vergüenza internalizada. Al sentirse incapaz y desvalorizado empieza a encubrir lo que verdaderamente siente como estrategia. Esta máscara con la que se presenta al mundo puede tomar diferentes formas por las que esta persona reclama, demanda, de manera insatisfecha, un reconocimiento del otro. Este círculo vicioso en el que se encuentra el ser fue descripto por R. Laing: "me parece que tu sabes qué es lo que yo debería saber, pero no puedes decirme qué es porque no sabes que no sé lo que es. Tal vez tu sepas lo que yo no sé, pero no sabes que yo no lo sé, y no puedo decírtelo. Así es que tendrás que decírmelo todo".

Damos por sentado que el otro sabe qué es lo que necesito, y así se generan los malos entendidos en la relación con los otros significativos: todo ha sido por mi culpa, ya no me quiere más, de seguro ya no me desea. Evitaríamos mucho sufrimiento si en vez de suponer pudiésemos preguntar y hablar. Pero se teme a la respuesta. Y por miedo a no ser queridos nos sometemos a la más terribles de las soledades: la soledad estando acompañados. Entonces encubrimos nuestra angustia y nuestro ser desvalido con la máscara de autosuficiente, de fuerte, de inteligente, de fracasado, de violento, de insaciable.

Cuando logramos conectarnos con nuestra propia fortaleza, (y en general suele lograrse mediante psicoterapia), aplastada bajo un cúmulo de máscaras y mandatos, atravesamos el miedo a enfrentarnos con nuestro propio deseo y empezamos a conducirnos de modo diferente. No peleamos más con nosotros mismos, nos animamos a cuestionar mandatos y creencias, nos arrancamos las máscaras… Empezamos la sanación.

Profesora Liliana A. Villagra




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