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La “violencia” es el segundo tema, uno no elegido por E. Graciela Pioton-Cimetti de Maleville, presidenta de SOS Psicologo.
Lamentablemente, falleció el 31 de enero de 2023, pero deseaba que su labor —especialmente a través de la asociación— continuara: acercando la psicología al público más amplio posible, destacando las perspectivas que esta ofrece para el autoconocimiento y el apoyo psicológico, y difundiendo la psicología analítica junguiana. Para Freud, el inconsciente es un concepto fundamental del psicoanálisis; Jung amplió su alcance para llegar a un inconsciente compartido por todos los seres vivos —y tal vez por la naturaleza en general—. "El inconsciente colectivo" Para ilustrar el tema de Jung, el equipo de SOS Psychologue ha seleccionado un texto de Graciela, extraído de su obra *Aspectos psicosociales de C. G. Jung", en el que describe la estructura de la psique. |
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IV. – Formación de símbolos
En el glosario de la Introducción a la psicología de Jung, Frieda Fordham dice: “Símbolo es la expresión de algo relativamente desconocido que no puede transmitirse de otro modo.” Jung en su Energética psíquica y esencia del sueño explica que: “El símbolo es una máquina psicológica… El primer rendimiento que el hombre primitivo arranca a la energía instintiva por la formación de analogías es la magia. Una ceremonia mágica tiene ese carácter, cuando no se la lleva a su término, hasta el rendimiento efectivo de un trabajo, sino cuando se la detiene en la fase de expectación. En tal caso, la energía es derivada hacia un nuevo objeto creando un nuevo dinamismo. Sólo conserva su carácter mágico mientras no rinde un trabajo efectivo. La ventaja lograda con la ceremonia mágica radica en que el objeto que se acaba de investir adquiere una efectividad potencial con relación a lo psíquico. Su nuevo valor le confiere carácter determinante y creador de representaciones, de modo que atrae y ocupa, más o menos, permanentemente al espíritu”. La energía natural es en su mayor parte desperdiciada y sólo una pequeña parte es prácticamente utilizable. La energía libidinal no captada mantiene el ritmo de los procesos vitales. Gradiente de temperatura simboliza la diferencia térmica entre dos estados distintos y en lo psíquico acaece que poseyendo el símbolo un gradiente más empinado que la naturaleza, la libido es convertible en formas distintas. Luego el exceso natural de energía es susceptible de derivación hacia productos útiles, a través del símbolo transformador. “Lo que llamamos símbolo es un término, un nombre o una pintura que puede ser conocido en la vida diaria, aunque posea connotaciones específicas además de su significado corriente y obvio. Representa algo vago, desconocido u oculto para nosotros. Muchos monumentos cretenses, por ejemplo, están marcados con el dibujo de la doble azuela. Este es un objeto que conocemos, pero desconocemos sus proyecciones simbólicas… Así una palabra o una imagen es simbólica cuando representa algo más que su significado inmediato u obvio. Tiene un aspecto inconsciente más amplio que nunca está definido con precisión o completamente explicado. Ni se puede esperar definirlo o explicarlo. Cuando la mente explora el símbolo, se ve llevada a idear lo que yace más allá del alcance de la razón. La rueda puede conducir nuestros pensamientos hacia el concepto de un sol divino, pero en este punto, la razón tiene que admitir su incompetencia ; el hombre es incapaz de definir un ser divino… Como hay innumerables cosas más allá del entendimiento humano, usamos constantemente términos simbólicos para representar conceptos que no podemos definir o comprender del todo. Esta es una de las razones por las cuales todas las religiones emplean lenguaje simbólico o imágenes. Pero esta utilización consciente de los símbolos es sólo un aspecto de un hecho psicológico de gran importancia: el hombre produce símbolos inconsciente y espontáneamente en forma de sueños.” “Sin embargo, hay muchos símbolos entre ellos los más importantes que no son individuales sino colectivos en su naturaleza y origen. Son principalmente imágenes religiosas. El creyente admite que son de origen divino, que han sido revelados al hombre. El escéptico, dice rotundamente que han sido inventados. Ambos están equivocados. Es cierto, como dice el escéptico que los símbolos religiosos y los conceptos fueron durante siglos objeto de elaboración cuidadosa y plenamente consciente. Es por igual cierto, como lo es para el creyente que su origen está tan enterrado en el misterio del remoto pasado que no parece tener origen humano.” Para la mente científica, fenómenos tales como las ideas simbólicas son un engorro porque no se pueden formular de manera que satisfaga al intelecto y a la lógica. Pero, en modo alguno, son el único caso de este tipo en psicología. La incomodidad comienza con el fenómeno del « afecto » o emoción que se evade de todos los intentos del psicólogo para encasillarlo con una definición. La causa de esa dificultad es la misma en ambos casos: la intervención del inconsciente. « Conozco el punto de vista científico para comprender que es de lo más molesto tener que manejar fenómenos que no se pueden abarcar en forma completa o adecuada. El engorro de estos fenómenos es que los hechos son innegables y, sin embargo, no se pueden formular en términos intelectuales.” Cuando el psicólogo se interesa por los símbolos, primeramente se ocupa de los símbolos ‘naturales’ distinguiéndolos de los ‘culturales’… Los símbolos culturales son lo que se han empleado para expresar las ‘verdades eternas’ y aún se emplean en muchas religiones. Pasaron por muchas transformaciones, e incluso, por un proceso de mayor o menor desarrollo consciente y, de ese modo, se convirtieron en imágenes colectivas aceptadas por las sociedades civilizadas. Allí donde son reprimidos o desdeñados su específica energía se sumerge en el inconsciente con consecuencias impredecibles. La energía psíquica que parece haberse perdido de ese modo, sirve, de hecho, para revivir e intensificar todo lo que sea culminante en el inconsciente ; tendencias que, quizá no tuvieron hasta entonces ocasión de expresarse, a las que, no se les permitió una existencia desinhibida en nuestra conciencia. El actual fenómeno de la violencia colectiva, social y sistemática al cual asistimos, podría ser explicado de acuerdo a la psicología de Jung, de esta manera: símbolos colectivos de gran valor hasta hace 30 ó 40 años – Dios-Patria-Hogar-Familia – han desaparecido del consciente de muchísimas personas, pero eso de acuerdo a Jung significa que están sumergidos en el inconsciente donde se van cargando de energía libidinal sobrante de los procesos psíquicos conscientizados y actúan elementos del inconsciente colectivo que hasta ese momento no tenían la energía suficiente para salir a luz. No están estructurados dado su arcaísmo y por ello su mayor gradiente de violencia. Esto determina emergentes sociales que reemplazan los sumergidos en el inconsciente por otros sustitutivos inflacionados de significación primitiva. Nietzsche ha dicho: Dios ha muerto. El símbolo de Dios ha desaparecido del consciente Se ha sumergido en el inconsciente colectivo allí activa arquetipos arcaicos que en virtud de esta energía psíquica adquieren el poder pero aparecen en la sobrefaz de la convivencia social bajo la forma más primitiva del ser humano: la violencia. El arquetipo de Wotan engendró la figura Hitler, con su secuela de guerra, violencia, persecución racial, sentimiento de poder, promesas absurdas. Todas estas eran pautas y ritos de una liturgia primitiva arcaica y de guerra dionisíaca y destrucción cuyo único Dios era el líder porque reunía el poder temporal y el emocional. La guerrilla es el exponente más arcaico de la expresión del arquetipo de la violencia. Tales tendencias forman una « sombra » permanente y destructiva en potencia en nuestra mente consciente. Incluso las tendencias que, en ciertas circunstancias, serían capaces de ejercer una influencia beneficiosa, se transforman en demonios cuando se las reprime. Esa es la razón por la cual mucha gente bien intencionada le teme al inconsciente y, de paso, a la psicología. Nuestros tiempos han demostrado lo que significa abrir las puertas del inframundo. Cosas cuya enormidad nadie hubiera imaginado en la idílica inocencia del primer decenio de nuestro siglo han ocurrido y han trastocado nuestro mundo. Desde entonces, el mundo ha permanecido en estado de esquizofrenia. No solo la civilizada Alemania vomitó su terrible primitivismo, sino que también Rusia estuvo regida por él y África estuvo en llamas. No es de admirar que Occidente se sienta incómodo. “El hombre moderno no comprende hasta que punto su racionalismo, que destruyó su capacidad para responder a las ideas y símbolos numínicos, le ha puesto a merced del inframundo psíquico. Se ha librado de la superstición, o así lo cree, pero mientras tanto perdió sus valores espirituales hasta un grado positivamente peligroso. Se desintegró su tradición espiritual y moral y, ahora, está pagando el precio de esa rotura en desorientación y disociación extendidas por todo el mundo.” El hombre occidental dándose cuenta del agresivo deseo de poder del Este se vió forzado a tomar medidas de defensa extraordinarias, al mismo tiempo que a jactarse de su virtud y buenas intenciones. Jung decía, con respecto a esa situación, sin toma de conciencia crítica del hombre occidental, en un momento en el cuál nada podía llevar a pensar en una posible caída de la cortina de hierro que: “Lo que no consigue ver es que son sus propios vicios que ha cubierto con buenos modales internacionales, los que el mundo comunista le devuelve, descarada y metódicamente como un reflejo en el rostro. Lo que Occidente toleró, aunque secretamente y con una ligera sensación de vergüenza, la mentira diplomática, el engaño sistemático, las amenazas veladas, sale ahora a plena luz y en gran cantidad procedente del Este y nos ata con nudos neuróticos. Es el rostro de la sombra de su propio mal que sonríe con una mueca al hombre occidental desde el otro lado del telón de acero. Es este estado de cosas el que explica el peculiar sentimiento de desamparo de tantas gentes de las sociedades occidentales. El mundo comunista como puede observarse tiene un gran mito, al que llamamos ilusión con la vana esperanza de que nuestro juicio superior lo haga desaparecer. Es el sueño arquetípico, consagrado por el tiempo de una edad de oro, o paraíso donde todo se provee en abundancia y un jefe grande, justo y sabio, gobierna el jardín de infancia de la humanidad. Este poderoso arquetipo, en su forma infantil se ha apoderado de ellos, pero jamás desaparecerá del mundo con la simple mirada de nuestro superior punto de vista. Incluso lo mantenemos con nuestro propio infantilismo occidental también aferrado por esa mitología. Inconscientemente, acariciamos los mismos prejuicios, esperanzas y anhelos. También creemos en el estado feliz, la paz universal, la igualdad de los hombres en la justicia, en la verdad y, no lo digamos en voz demasiado alta, en el reino de Dios en la tierra.” Esta formación de símbolos por el inconsciente demostró algo inesperado. Sus estrechas relaciones con los antiguos mitos. Desde luego, éstos, por lo general aparecen cubiertos por las estructuras culturales, pero aún así, no es difícil identificarlos con los eternos de la humanidad. “Porque las analogías entre los mitos antiguos y las historias que aparecen en los sueños de los pacientes modernos no son triviales ni accidentales. Existen porque la mente inconsciente del hombre moderno conserva la capacidad de crear símbolos que en otros tiempos encontró expresión en las creencias y mitos del hombre primitivo. Y esa capacidad aún desempeña un papel de vital importancia psíquica;” Este vínculo crucial entre mitos primitivos o arcaicos y los símbolos producidos por el inconsciente colectivo es de inmensa importancia práctica para el analista. Le permite identificar e interpretar esos símbolos en un contexto que les da perspectiva histórica y también significado psicológico. El mito del héroe es el mito más común y mejor conocido del mundo… |
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Graciela Pioton-Cimetti de Maleville
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Jung entiende por psiquis una tota-lidad, integrada por los procesos conscientes e inconscientes en interacción dinámica compensadora y funcional.
La psiquis consta de dos esferas que se complementan, la conciencia y el inconsciente. En ambas esferas, tiene el “yo” participación De este esquema tomado de Jacobi, el “yo” está representado por un sector ubicado entre las esferas de la conciencia y del inconsciente. Estas porciones de la psiquis, no sólo se complementan sino que además actúan en forma compensadora. Volviendo al esquema, el « yo », puede estar más o menos incluído en el consciente o en el inconsciente. El “yo”, situado, como una abstracción en la línea divisoria entre consciente e inconsciente, sigue la marcha de esta fluctuación; es decir, puede presentar más porción consciente o inconsciente, de acuerdo al desplazamiento del nivel. En cuanto a la relación existente entre la porción consciente e inconsciente, aunque en el esquema, aparecen como iguales, ello no es así. La inconsciente es inmensamente mayor. Jung ejemplifica diciendo que la conciencia es como una isleta flotando en el inmenso mar del inconsciente. De acuerdo a Jung, la aparición de la conciencia es un acontecimiento histórico-biográfico”; es decir, es el resultado de una diferenciación de la especie humana y del hombre concreto. Jacobi, nos aclara más las relaciones entre el “yo” y las demás partes del aparato psíquico es el esquema nº 2. Aquí el « yo » aparece ubicado en el centro, rodeado y llevado por la conciencia. Según Jung, representa: “La porción de la psiquis que constituye para mí el centro de mi zona consciente y que parece de la máxima continuidad e identidad respecto de sí mismo. Por eso, se puede hablar también de complejo del yo.” A su alrededor se evidencia la conciencia, a la que Jung define como: “La función o actividad que mantiene la relación de los contenidos psíquicos con el yo.” Toda la experiencia proveniente de los mundos externo e interno, para poder ser captada, debe ser percibida a nivel del « yo ». Más afuera del círculo de la conciencia, está representada la esfera del inconsciente. El contenido del inconsciente está formado por dos capas que Jung llama inconsciente personal e inconsciente colectivo, como figura en el esquema nº 2. El concepto de inconsciente no es un descubrimiento de Jung. Antes que él, lo habían establecido, Carus; los pensadores del romanticismo alemán, en general; Eduard von Hartmann, Bergson y Janet. Freud enseñó cómo manejarlo. Jung no se contentó con nombrar el inconsciente y ubicarlo, necesitó estructurarlo, organizarlo en relieve, con planos, figuras y valores. Freud, ya lo había hecho con anterioridad. Su análisis describió un « preconsciente » constituído por los elementos ausentes de la conciencia, pero que podían ser requeridos por ésta y un “inconsciente” inaccesible a la conciencia, solo susceptible de ser comparado en ciertos casos especiales por la hipnosis, el sueño o gracias a la acción terapéutica al análisis psicológico. Este inconsciente se mantenía como tal, por efecto de la « represión », pieza maestra del edificio freudiano. El inconsciente de Freud está constituido, por lo menos, en sus primeros escritos, por aquellos elementos que la conciencia ha « rechazado », casi siempre por motivos éticos y fundamentalmente sexuales, ligados al complejo de Edipo. Más adelante, Abraham, – aprobado por Freud expresamente – vinculó la constitución de este inconsciente a las distintas etapas de la formación de la personalidad adulta: oral, anal y genital. Más tarde, el propio Jung admitió la existencia de elementos inconscientes no generados por este mecanismo de « rechazo » ; es decir, que son inconscientes por esencia. Pero, a pesar de ello, el centro de su interés y de sus investigaciones, lo constituyó siempre la porción del inconsciente proveniente del rechazo por la conciencia. Todos estos elementos, forman en realidad, lo que Jung denomina “inconsciente personal”. Pero su atención se focalizó sobre aquellos elementos esencialmente inconscientes y con los cuales se estructura el “inconsciente colectivo”. El inconsciente personal está formado por los materiales reprimidos, porque su contenido pugna con los de la conciencia, por diferentes motivos, por lo común de orden ético. Además se hallan, aquellos resultantes de percepciones subliminales, ésto es, no captados o mal captados por la conciencia. También se encuentran en el inconsciente personal, los contenidos postergados – puesto que la conciencia es incapaz de abarcar más de cuatro o cinco contenidos dispares. Todos estos materiales pueden surgir en cualquier momento en el campo de la conciencia. Al inconsciente personal lo rodea el inconsciente colectivo. Este no es un concepto metafísico ni arbitrario, producto de la imaginación de Jung. Este insiste hasta la saciedad que se trata de algo empírico derivado de la observación y no producto de sus especulaciones. El inconsciente colectivo se opone al inconsciente personal en que los materiales existentes en él no provienen de adquisiciones personales ni son específicos para cada ser humano. Por ello, precisamente, lo llama “colectivo” para mostrar claramente la oposición con el inconsciente personal. Jung define el inconsciente colectivo como el producto de la “estructura cerebral heredada”. Es la “posibilidad heredada del funcionar psíquico”. Esta herencia es, universalmente, válida para todos los hombres. El inconsciente colectivo es, sensiblemente, igual en un bosquimano y en un neoyorquino. Traspasa las categorías de tiempo y espacio. Todos los hombres poseen una misma estructura cerebral, de igual manera que pese a todas las conquistas de la civilización, nuestro hígado o nuestro aparato renal siguen siendo idénticos al del hombre de Cromagnon. Propio de esta estructura cerebral es un común funcionar psíquico, un acervo de reacciones universalmente humanas – quizás, universalmente animales – que forman la base de todo lo psíquico individual. De igual manera que el sistema nervioso adopta en la vida animal determinadas formas, esto es, resuelve su misión, utilizando determinadas soluciones: por ejemplo, vías nerviosas, la corteza cerebral, el entrecruzamiento de las vías, etc. También, la psiquis se nos ofrece ancestralmente en formas cuyo por qué se nos escapa, más que encontramos tanto en los pueblos más primitivos, como en los vestigios de las culturas desaparecidas, como en las regiones más remotas. Cabe imaginar que el sistema nervioso de los mamíferos superiores – igual que otros órganos – hubiera podido ser construído de otra manera y que los dispositivos que estudia la anatomía y la fisiología constituyen sólo una de las formas posibles de resolver el problema de la vida de relación del ser vivo. De igual manera, nos encontramos cuando se escudriña la historia de la humanidad que hay un repertorio de reacciones vitales, de mitos, de creencias, de tendencias que son comunes a todos los hombres en todas las épocas, que bajo las más variadas apariencias demuestran una común propensión del espíritu a “cristalizar” siempre en los mismos cauces. Sobre este hecho incontrovertible basa Jung su concepto del inconsciente colectivo. De igual manera, nos encontramos cuando se escudriña la historia de la humanidad que hay un repertorio de reacciones vitales, de mitos, de creencias, de tendencias que son comunes a todos los hombres en todas las épocas, que bajo las más variadas apariencias demuestran una común propensión del espíritu a “cristalizar” siempre en los mismos cauces. Sobre este hecho incontrovertible basa Jung su concepto del inconsciente colectivo. El hecho de que a ambos lados del Atlántico se encuentren vestigios de mitos, construcciones arquitectónicas, leyendas muy semejantes, al igual que la sorprendente sabiduría matemática de los pueblos de la antigüedad, sólo es susceptible de ser concebido, a través de la existencia de una misma « línea de fuerza » o « eje de cristalización ». Aparte de este análisis proveniente del estudio de la cultura de los pueblos, Jung descubre sorprendentes similitudes en el análisis de los sueños de sus pacientes. En algunos de ellos, aparecen elementos, cuyo origen individual, es imposible. Un ingeniero neoyorquino, soñó y representó un mandala tibetano, no obstante no saber nada al respecto e ignorar que esa imagen que se le había aparecido en el sueño, era la reproducción exacta de un mandala, existente en un templo del Tibet. Los ejes de cristalización que obligan a las reacciones de la psiquis se encarrilan siempre de determinada manera similar, usando los mismos patrones, son los llamados por Jung los “arquetipos”. “Los arquetipos representan o personifican ciertas instancias de la oscura psiquis primitiva, de las propias raíces de la conciencia.” Jung tomó la expresión arquetipo de san Agustín y se vislumbra una cierta relación entre los arquetipos junguianos y las “ideas” platónicas. Pero, tampoco hay dudas de que este concepto junguiano de arquetipo se aproxima a la “configuración” de la “Gestalt”. Las impresiones producto de la experiencia humana van a ordenarse en este sistema axial cristalino de los arquetipos. Cuando de las profundidades del inconsciente del mago, del poeta o, simplemente, del sujeto que sueña, surge una imagen simbólica, por ejemplo, una figura humana de cuya boca sale una serpiente, como representación de la emigración del alma – o muerte – esta figura no se ha producido en esa oportunidad, sino que yacía en la oscuridad del inconsciente colectivo como esquema. Los « arquetipos » se expresan según Jung en el inconsciente humano, en forma de “parábola” o de “alegoría”. Los mitos de Hércules, Prometeo, la lucha con el dragón, el renacimiento del Fénix, etc., no son invenciones del hombre, sino el resultado de oscuros dinamismos psíquicos. Por esto, bajo vestiduras distintas se encuentran en todas las culturas. De allí, deduce Jung que los “arquetipos” son fuerzas vitales anímicas que orientan, desde la capa profunda del inconsciente colectivo el desarrollo de la psiquis individual y dice Jung: “Con arreglo al alcance de nuestra experiencia actual, podemos afirmar que los procesos inconscientes se hallan en una relación compensadora con respecto a la conciencia.” Con toda intención utiliza la palabra compensadora y no contrapuesta, porque la conciencia y el inconsciente no tienen que ser actividades contrapuestas, sino que se complementan en una totalidad superior que Jung llama el « sí mismo ». En los sueños, cuando surgen imágenes derivadas del inconsciente personal, ellas pueden ser: “Significados de situaciones diurnas descuidadas por nosotros o deducciones que hayamos dejado de hacer o afectos que no nos hayamos permitido o críticas que hayamos omitido. Pero, cuando más adquiera uno el conocimiento de sí mismo mediante la introspección y la técnica correspondiente, tanto más ha de desaparecer aquella capa del inconsciente personal que gravita sobre el inconsciente colectivo. De este modo, se crea una conciencia que ya no está aprisionada en el mundo de un yo mezquino, sino que pasa a formar parte de un mundo más amplio en lo objetivo. Esta conciencia ampliada ya no será aquel conglomerado susceptible y egoísta de deseos, temores, esperanzas y ambiciones de carácter personal que tiene que ser compensado o acaso corregido por contratendencias personales inconscientes. » Sino que será una función de relación, vinculada a lo objetivo que pone el individuo en una incondicional obligatoria e indisoluble comunidad con el mundo. “Los conflictos que sobrevienen en este estado ya no son conflictos de deseos egoístas, sino dificultades que conciernen tanto al yo como a los demás. En este estado, se trata, al fin y al cabo, de problemas colectivos que movilizan el inconsciente colectivo, porque están necesitados de una compensación colectiva y no de una compensación personal. Aquí podrá entonces suceder que el inconsciente produzca contenidos que sean válidos no sólo para el individuo interesado, sino también para los demás, incluso para muchos y tal vez, para todos.” Más adelante, Jung continúa diciendo: “Sin embargo, los procesos del inconsciente colectivo no se ocupan solamente de las relaciones más o menos personales del individuo con su familia o con el grupo social con el que mantiene contacto, sino que también se ocupan de sus relaciones generales con la sociedad, con la sociedad humana en general. Cuanto más amplia e impersonal sea la condición productora de la reacción inconsciente, tanto más significativa, más heterogénea y dominante será la manifestación compensadora. Esta manifestación no solo impulsa hacia la comunicación privada, sino hacia la revelación, hacia la confesión, incluso obliga a un papel representativo.” Uno de los discípulos de Jung, Gerard Adler, va más adelante cuando expresa que: El inconsciente colectivo es – según la fórmula de Jung – el depósito constituído por toda la experiencia ancestral desde hace millones de años, al eco de acontecimientos de la prehistoria y cada siglo le añade una cantidad infinitesimal de variación y de diferenciación. Desde luego esta ampliación de Adler está teñida de un lamarckismo, que actualmente parece perimido en la biología de acuerdo a los últimos estudios sobre la Herencia biológica. Este « inconsciente » que está en trance de devenir, se objetiva bajo nuestra mirada como continuando la vida y evolucionando. Aunque Jung no es responsable de esta derivación de su pensamiento, se complace muy a menudo en señalar, que los grandes poetas y pensadores son como anticipadores del porvenir. De aquí que aquellas son tomas de conciencia proféticas de ideas y de movimientos que están en el ambiente, pero que aún no han sido captadas por la mayoría de la gente. Habría que deducir de estas afirmaciones junguianas la existencia de un inconsciente colectivo propio de cada época. Cuando Nietzsche nos habló de la « muerte de Dios » y Spitteler en su « Prometeo » nos proyecta en el drama contemporáneo, se comprenderá qué es lo que quiere decir, cuando habla de la significación profética de las grandes obras de arte. Sigue el análisis de Jung de la creación artística. Como persona, puede tener sus humores, sus caprichos y sus miras egoístas. Por el contrario, como artista es « hombre » en un sentido más elevado, es un hombre colectivo que lleva consigo y expresa el alma inconsciente y activa de la humanidad. Sigue el análisis de Jung de la creación artística. Como persona, puede tener sus humores, sus caprichos y sus miras egoístas. Por el contrario, como artista es « hombre » en un sentido más elevado, es un hombre colectivo que lleva consigo y expresa el alma inconsciente y activa de la humanidad. Es imposible negar que bajo la denominación de inconsciente colectivo quedan englobados muchos fenómenos que parecen ser muy dispares. Para guiarnos en este laberinto, Jung echa mano de un concepto de Lévy-Bruhl, la participación mística, citada siempre en francés por Jung, como un homenaje tácito a su descubridor. Dice Jung: “Entiéndese por participation mystique un peculiar modo de psíquica vinculación al objeto. Consiste en que el sujeto no acierta a diferenciarse del objeto, vinculándose a él en virtud de una relación directa que podríamos llamar identidad parcial. Esta entidad se basa en una unidad a priori de objeto y sujeto. Por lo tanto, la participation mystique es un resto de este estado primario. No atañe a la totalidad de las relaciones entre sujeto y objeto, sino a casos determinados en los que se evidencia el fenómeno de esta curiosa relación. Naturalmente que donde mejor puede apreciarse este fenómeno es entre los primitivos. Pero también es muy frecuente entre las personas civilizadas, si bien no evidencia tan intensa y extensa virtud: caso de los enamorados, donde cuando el amor es intenso, es muy difícil saber cuando empieza y cuando termina una persona con relación a la otra. Por ello, son tan dolorosos los engaños conyugales, porque se sobreentiende que los comete uno mismo. En el primer caso constituye una relación de transferencia, por decirlo así, en que el objeto – por lo regular – se atribuye una virtud hasta cierto punto mágica; es decir, incondicional, sobre el sujeto. En el segundo caso, o bien se trata de virtudes semejantes en una cosa o de una especie de identificación con la cosa o con la idea de la misma.” Si bien esta es la definición de Jung – la hemos transcripto textualmente, parece en ocasiones que no descarta la idea de que tal vez haya algo de cierto en la participación mística. Es propio del psicólogo – es su cualidad profesional y, si se quiere, su deformación profesional – entrar en la mentalidad del enfermo, en cada mentalidad, sin creer absolutamente en ninguna de ellas, incluso en la propia; pero, sin negar a ninguna de ellas, tampoco, incluso en la de los primitivos, un cierto coeficiente de « realidad ». Por este aspecto, se puede comprender mejor el prejuicio favorable de un Jung con respecto a la participación mística. En resumen, sabe muy bien que la realidad no es una. |
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Graciela Pioton-Cimetti de Maleville
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