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Parecería obvio que nuestro cuerpo habla, desde ya que al tener una boca y cuerdas vocales
podemos emitir sonidos coordinados que permiten formar mensajes. Pero en general cuando hablamos
de que nuestro cuerpo habla, estamos diciendo que el habla va más allá de la fonética.
Es más creo que algunos de nosotros podemos decir, por las evidencias que tenemos, que hay algo en nosotros que habla más y mejor que nuestra boca y cuerdas vocales. Es que nuestro ser es íntegro y no está compuesto solo de cuerpo. En nuestra integridad, venida desde los comienzos de la conformación genética del hombre, tal como la conocemos hoy, los mensajes del cuerpo son parte indisoluble de la expresión de esa genética. El funcionamiento del cuerpo está expresado en señales que éste emite constantemente. El lenguaje «cultural» surgió mucho después en el hombre, cuando ya se organizó socialmente y conformó culturas. Digo que no somos solo cuerpo, porque tenemos un psiquismo que nos permite crear ideas (que son impalpables pero pura energía potencial) y desde allí el plasmado en actos y cosas. Además suponemos que tenemos un espíritu que nos dota de esas capacidades que son más atribuibles a los dioses que a la materia inerte. El problema es que estamos demasiado acostumbrados a escuchar nuestra mente, que parecería que actúa con voluntad propia, pensando lo que quiere cuando quiere, y creemos que somos nosotros mismos, es decir nuestra integridad, la que habla, desoyendo de ese modo todos los otros mensajes que no parten de la mente. Me gustaría referirlos a unas palabras del Lama Thubten Yeshe: «Un día el mundo te parece hermoso y al siguiente todo está mal. ¿Cómo puedes decir esto? Científicamente, es imposible que el mundo cambie tan radicalmente de un día a otro. Es tu mente la que hace que esto suceda. No creas que esto es un dogma religioso, tus altibajos no son un dogma religioso. No estoy hablando de religión, estoy hablando de la forma como diriges tu vida diaria; eso es que te hace tener altibajos. La gente y el entorno no cambian radicalmente, los cambios están en tu propia mente. Seguramente puedes comprender esto, es muy simple.
Creo que el Lama describe con mucha simpleza el hecho de que la mente produce enfermedades. Esa capacidad de la mente de querer tomar el control de nuestras vidas y muchas veces enfermarla, es lo que a la mayoría nos mantiene en estado de debilidad y miseria. No se me ocurriría ahora mejor ejemplo que la del piloto de avión, tomando el comando de toda la potencia del avión: Nosotros tomando el control de la mente y siendo mejor escuchas de las señales de nuestro cuerpo, somos capaces de sanarnos y de ser seres más completos y felices.
Fuente: Red Infinita: budistasargentinos@hotmail.com |
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Licenciado Alejandro Giosa
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Hay muchas vocecitas dentro nuestro. A veces, tantas, que es difícil prestarles atención a todas.
La mente con su film permanente, la voz del corazón (dicen algunos, aunque no se refieren a la bomba de sangre), la del espíritu, la del cuerpo y la de otros. Separar estos contenidos requiere de mucha práctica, porque todos suenan igual, en el interior de nosotros mismos. Si tuviéramos que responder a los llamados del cuerpo porque sufrimos hambre o sed extremas, el problema de reconocimiento sería mínimo. El mayor sería otro: conseguir comida y agua. Por esto, es necesario conocer al cuerpo para saber cuando habla. Y aquí es donde voy a establecer una diferenciación primordial: separar la voz del cuerpo, de la del instinto natural. El cuerpo es materia, la materia tiende a la inercia. El cuerpo va a pedirnos comida rica y fácil de digerir, especialmente grasas, azúcares e hidratos de carbono en general. Nos va a pedir descanso, sueño y, a veces, sexo. ¿Por qué lo diferencio de la voz del instinto? Porque éste último es el producto de la acumulación de la experiencia de la especie y, según algunos piensan, del cosmos completo. El instinto es un poco médico, un poco mago, un poco sabio y un poco loco. Lo adquirimos a través de la "memoria genética" transportada por el ADN. Está en cada célula del cuerpo y es, seguramente, la verdadera voz del cuerpo y tal vez la de nuestro yo completo. Todos poseemos instinto, pero la mayoría lo llevamos relegado a una área remota del sub-conciente. Esto se debe a la imposición cultural de nuestro estilo de vida que no ve con buenos ojos las manifestaciones instintivas debido a que hemos olvidado debido a qué. Algunas culturas lo llevaron al rango de sabiduría natural, como sucede en el taoísmo y el budismo zen. Es, sin duda, contrario a la "personalidad", más aceptada socialmente por cuanto oculta debajo de su máscara las verdades del ser y el deseo. La personalidad oculta al instinto. Y por hábito, hemos llegado a la creencia de que somos esa personalidad, mientras que el instinto es "la bestia". No puedo evitar el asociar a la personalidad con esas pelucas de moda en la época victoriana europea. Y con las costumbres sociales de esa época, y la nuestra. El culto a la personalidad es la motivación de la cultura imperial, la misma que creció en Roma y luego en el occidente cristiano. Y esto es porque esta cultura imperial sólo puede darnos cosas para alimentar a la personalidad. El instinto calla. Y el cuerpo muere. Pero no importa, ya lo dijimos, el instinto es la bestia, el llamado de la carne, el deseo, la exasperante tendencia a una libertad absoluta. La personalidad es la bella un poco superficial, tal vez, pero tan sociable. Extrañamente, el culto a la personalidad nos ha llevado a alejarnos de la corriente de la vida e, influenciados por la misma doctrina que nos dice: todo ha sido creado para nuestro solaz y esparcimiento, nos hemos vuelto contra la vida misma incluyendo la nuestra propia. Los árboles caen talados por la devorante necesidad de papel y madera, la hierba se seca, el mar palidece, el aire se calienta. ¿Nuestra personalidad? pues ocupada en el último modelo de automóvil o en la ropa que se ha puesto de moda. La personalidad es egoísta, el instinto es revelador. Perdimos la costumbre de tocar la tierra con las manos, caminar descalzos a la orilla del mar, recostar la espalda contra los árboles, correr detrás de los animales para cazarlos, respirar profunda y enérgicamente. Perdimos la mirada del águila, la nariz del lobo, la agilidad de la serpiente, la velocidad del venado. A cambio de eso adquirimos presteza en los dedos para pulsar teclas, aguzamos el sentido de la competencia, practicamos esgrima deportiva con el stress y desarrollamos una gran capacidad para digerir basura. Y esa libertad absoluta, que interna y silenciosamente añoramos, la hemos cambiado por el hábito de ser sociables y útiles. Paradójicamente, la "libertad pautada" nos ha llevado a ser agresivos, deshonestos, xenófobos, tristes, débiles, astutos, pálidos. Y a aceptar un sistema social deshumanizado donde las cifras reemplazaron a los sentimientos. Gustosamente devolvería mi computadora a cambio de mi vieja espada. Aceptaría confiar en mis vecinos a cambio de que desapareciera toda autoridad institucional. Admitiría que no hay bandera, ni estado, ni iglesia, ni idea, que estén por encima de la vida. Preferiría seguir el sendero pedregoso de mi instinto, antes que la autopista de mi personalidad. Pero, como decíamos antes, el instinto casi no habla. Todo lo que deba ser dicho se dice desde afuera, porque allí es donde está la autoridad y el conocimiento verdaderos afuera de nosotros por encima de nosotros. exclusivo para «S.O.S. Psicólogo»
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Juan Carlos Laborde
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