Hemos esbozado la teoría de la energía psíquica de Jung. De ella se deduce que como la sociedad es la condición natural e indispensable para el desarrollo de la vida humana, debe estar relacionada de alguna manera con la naturaleza del ser humano. El origen de la relación entre la sociedad y el hombre en la teoría jungiana, no difiere mucho de la de Freud. Como éste afirma que la sociedad ejerce una acción coercitiva y decisiva sobre las energías instintivas del ser humano. Pero, aquí, comienzan las diferencias.

Freud considera que esta situación es alienante, que el impacto de la vida social con su limitación de la actividad instintiva es neurotizante. Jung lo interpreta, en cambio, desde el punto de vista energético. Desde luego, coincidiendo con Freud, la acción de la sociedad global es frenadora de la fuerza instintiva, pero, la cantidad de energía que es frenada así, se « canaliza » en otros rumbos, otorgándole una gran cantidad de valores y de intensidades psíquicas. Este proceso, lo considera Jung inherente a la vida humana, desde el momento que no lo considera posible sino en función social, y lo designa como « transformación de la libido ».

Jung adopta este concepto, como un modelo útil para interpretar los procesos psíquicos individuales y sociales, sin interesarse en los aspectos « metafísicos », que involucra su actitud. También, en este aspecto, sigue Jung de cerca a Freud, igual que el psicólogo vienés utiliza el concepto general de « equivalencia » energética tomado de la física, expresando la posibilidad de que la energía sobrante en un campo puede ser empleada en otro, a través de un aparato transformador.

Jung utiliza, al aplicar esta conceptualización a la sociedad, el símil de la máquina de vapor y expresa :

« De modo semejante la energía de ciertos mecanismos psíquicos se transforma por medios adecuados en otros dinamismos. »

Considera que es indispensable la vida en sociedad, porque sino el desarrollo psicológico del hombre no hubiera pasado de un nivel muy rudimentario. Es otro caso de equilibrio de los opuestos. La energía vital del hombre tiende a ejercer una libre presión la que es cohibida por la acción dentro del marco grupal o social. También, en este punto, Jung esta muy cerca de Freud, cuando expresa :

« Jamás podrá evitarse la colisión entre la instintividad infantil y el orden ético. Es la condición sine qua non de la energía psíquica. »

Aquí es donde se separa resueltamente la concepción jungiana de la freudiana. Mientras Freud considera que esta situación es determinante de frustraciones y tensiones que llevan a la neurosis, Jung considera que este choque es indispensable para la creación de la energía psíquica. Es la coerción social la que provoca la transformación de la energía biológica en psicología. La energía psíquica y la vida social son dos caras de una misma medalla y no es posible separarlas. Por un lado, la coerción social provoca la energía psíquica y, por otro, esta misma energía psíquica, a través de los símbolos, se transfiere a la sociedad global y hacia el grupo psicológico. Los símbolos sociales son el nexo entre la psiquis individual y la sociedad. Por esta razón, la libido es un fenómeno esencialmente social y, a su vez, las estructuras simbólicas de la sociedad se expresan a través del individuo.

De aquí deriva otra importante conceptualización jungiana. Este mecanismo sólo es posible si existe un exceso, un « plus » energético individual, el cual puede transferirse sin inconvenientes a la vida social. El desarrollo cultural sólo es posible porque :

« El individuo posee un excedente relativo de energía susceptible de ser utilizado por encima del nivel del caudal puramente natural. »

El problema consiste en saber de que manera se transmite esta energía del ser humano a la sociedad global.

La máquina capaz de efectuar esta transformación es, de acuerdo a Jung, el símbolo :

« Este símbolo, no obstante ser un proceso psicológico individual, sale del individuo, cuando han sido satisfechas las necesidades primarias de la vida. Ese exceso de energía libidinal le permite conectarse con la vida social y grupal. Al mismo tiempo, constituye la transición hacia nuevas actividades, específicamente actividades culturales, en contraste con las funciones instintivas que siguen su curso de conformidad con la ley natural. »

Surge entonces con claridad cual es la concepción jungiana respecto al problema que nos ocupa. La energía psíquica y la naturaleza social del hombre son posibles, si se fundan en una energía biológica, pero actúan en un nivel superior, por encima del nivel fisiológico. Por un lado, la energía psíquica se desarrolla y canaliza, mediante la tensión establecida entre la energía instintiva y la sociedad, pero por otro la sociedad trabaja en función y por medio de la energía psíquica. Ambas se interrelacionan estrechamente y su vinculación se establece a través del símbolo. Por ello, el símbolo debe ser considerado como el vehículo a través del cual la energía psíquica se desplaza hacia la actividad cultural.

Pero al producirse estos hechos en otro nivel de la realidad, ya no es propiamente energía psíquica, sino cantidades energéticas transmitidas bajo la forma de cierta imagen o actitud que se experimenta como rectora. Jung define el símbolo como « análogo de la libido » y aclara su concepto :

« Una representación que se adapta para expresar el equivalente de la libido, en virtud del cual la libido es conducida a una forma diferente de la original. »

Ahora estamos en condiciones de poder determinar con mayor precisión que es lo que Jung entiende por « símbolo ».

Nos dice :

« Es la mejor designación o la mejor fórmula posible para un estado de cosas. Por ello, establece una diferenciación neta entre el símbolo y el signo. »

Nos expresa que lo que Freud llamaba símbolo, en su criterio, es un signo. Freud entiende, por símbolo, una expresión resumida y clara de algo conocido. Cumple un significado semiótico. Indica algo cuya presencia se infiere. En patología, algunos síntomas son signos, por ejemplo, la rigidez de los músculos de los canales vertebrales señala, la irritación meníngea, el dolor, la inflamación, etc.

Para Jung, un símbolo vivo es aquel capaz de estar cargado de significación, cuando su contenido se aclara, por lo tanto, al ser expresado a través del lenguaje discursivo convirtiéndose en un símbolo muerto o en un signo.

« Ya sólo tiene significación histórica. »

El símbolo tal como lo define Jung no procede de la sociedad, se expresa en ella, pero se desarrolla como producto del intercambio social. Al sentar este criterio, Jung se opone resueltamente a las variantes sociológicas de las corrientes filosóficas originadas en el neokantismo, en el pragmatismo o en el positivismo. Los símbolos emergen del inconsciente colectivo, como representaciones intuitivas, captaciones de facetas de la realidad que de otro modo no pueden ser conocidas. Adquieren poder cuando son « cosas vivas ». Iluminan, como una luz, la vida individual y se proyectan en la esfera grupal y social.

Todos los esfuerzos por captar intelectualmente el significado total del símbolo es tarea vana, porque, en virtud de sus orígenes inconscientes, en gran parte no podrá ser intelectualizado, mientras tenga vigor social. Cuando se desarrolla todo el significado de un símbolo, éste pierde las características de tal se transforma en un signo semiótico. Por eso, no es posible construir un símbolo partiendo de la razón, por cuanto en él, sólo estaría aquello que nosotros le hemos introducido y sería un signo.

El símbolo se forja espontáneamente en el inconsciente colectivo y emerge en la conciencia pletórico de significado, convirtiéndose en una « realidad viva » para la conciencia. Por ello, adquiere las características de un marco de referencia para la conciencia y los aspectos individuales suministran los materiales observables de la actitud frente a la vida y a la sociedad. Por esta razón es que Jung denomina al símbolo « transformador de energía » pues transfiere la energía individual al grupo y a la sociedad. Es un canalizador de la conciencia y, en virtud de esta razón, la energía inconsciente se vuelca en la sociedad grupal y global, a través de efectos conscientes. Volvemos a propósito de esta concepción a recalcar el carácter espontáneo del símbolo, por lo cual se convierte en el eje del aspecto personal consciente. Si, en cambio, el símbolo es creado por la sociedad, le llega al individuo desde afuera y, por ello, su función no será la de un verdadero símbolo, sino la de un signo. Para que estos signos signifiquen algo en el sujeto deben tomar contacto con algún elemento « numinoso » del inconsciente adquiriendo, a través del mismo, la energía necesaria para convertirse en base de su actitud consciente ; es decir, por vía indirecta se convierten en un símbolo.

Debemos insistir sobre el carácter inconsciente de los símbolos, lo que determina que jamás pueden ser explicitados en forma discursiva y conceptual, completamente, dado su carácter de inagotables debiendo conformarnos con indicar, por un lado, los materiales sobre los cuales puede construirse y, por otro, aquellas formas susceptibles de ser racionalizadas por la actitud consciente.

Por esta razón, escribe Jung :

« Si se juzga a partir de la estrecha relación existente entre el sueño y el símbolo, podemos afirmar que lo más probable es que la mayor parte de los símbolos históricos hayan surgido de los sueños o, por lo menos, hayan sido inspirados por ellos. »

Cuando Jung se expresa en estos términos se refiere concretamente a los sueños de tipo profundo que marcan emergentes del inconsciente colectivo de los cuales surge la mitología. Por estas razones, es que el símbolo actúa sobre todos los hombres que configuran el grupo social a lo largo de tiempos históricos de gran longitud. Es la parte de la psiquis que forma la historia. Los símbolos deben adaptarse al « espacio-tiempo-histórico ». Jung, a propósito de este carácter de los símbolos, en publicaciones posteriores los llamó « temas », señalando la naturaleza arquetípica de los símbolos y su reaparición a lo largo de la historia.

Por esto es que los « temas » denotan la naturaleza del ser humano y por ser la expresión de lo definitivo en el hombre no se prescriben jamás. Podría concluirse de aquí que esta repetición se funda en la constancia del organismo biológico del hombre. Esta, sin embargo, es una verdad a medias, porque los fenómenos son psicológicos y no se pueden captar fundándose en sus raíces biológicas. Debemos subrayar aquí que Jung sostiene a lo largo de su obra la autonomía de los fenómenos psíquicos, no porque no se encuentran relacionados íntimamente con la biología, sino porque surgen en otra esfera del conocimiento y al ligarlos a la biología caeríamos en problemas que no son psicológicos, ni tampoco biológicos, como ser el paralelismo psicobiológico, la interrelación entre ambos fenómenos, etc. que nos alejan del aspecto exclusivamente psicológico. Tal vez más conveniente resulte situarse en una esfera que no sea biológica ni psicológica, sino que enfatice acerca de los fenómenos sociales presentes en el hombre.

Esta tercera esfera es difícil, sin embargo, de delimitar. Pero es el propio Jung quien nos pone en este rumbo al decirnos que :

« La esfera psíquica que corresponde al inconsciente colectivo no es espacio, pero que si la conceptuamos bien, nos encontramos con algo muy profundo.

En esta profundidad, la singularidad de la psiquis es una magnitud que jamás podremos tornar completamente real, sólo es posible realizarla aproximadamente si bien es la base de toda conciencia. »

No hay duda de que, aquí, Jung, cayó en la ontología a su pesar, al afirmar :

« En este sentido considero que Kerenyi tiene razón, cuando afirma que, a través del símbolo, habla el propio universo. »

Esto es en síntesis aproximada la concepción jungiana del símbolo. Podemos considerar que éste posee cuatro estratos superpuestos, pero íntimamente ligados : un plano psicológico, un plano social, un plano histórico y un plano ontológico. De los planos más profundos del inconsciente colectivo, emerge el símbolo como efecto de un « complejo autónomo ». La captación de este complejo autónomo por el plano consciente lo diferencia, lo clarifica y lo convierte en una expresión del proceso autónomo en esta etapa personal, pero al revestirse de los elementos que le proporciona la cultura, aún cuando no se libere de los restos arcaicos, el símbolo se transforma en social, provocando la solidaridad de los distintos grupos en el curso de la historia, a pesar de ser diversamente vividos según las diferentes circunstancias históricas y espacios culturales, conservan restos arcaicos que son percibidos como « numinosos ». Esta es la razón por la cual los temas mitológicos son experimentados como vivenciados, mientras no caigan en la literatura, pues constituyen la ligazón entre el individuo y el universo.

Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti



Creo que los seres humanos estamos acostumbrados y tomamos como natural el hecho de que existan los contrarios, los antónimos, los positivos y los negativos.

Naturalizamos hechos que serían muy llamativos si tuviéramos una conciencia más amplia y objetiva.

No tengo idea como seria un mundo con más opciones o tal vez sin ninguna o solo una.

Hay un símbolo muy antiguo, que es el de la serpiente enroscada o más conocido como el símbolo del infinito, que simboliza la unión de los opuestos y la infinita posibilidad entre ambos. Entiendo que también simboliza la contradicción y la resolución de la misma.

El símbolo conocido como el yin yan, de la figura en la que una parte penetra en la otra como un ocho acostado, también representaría lo mismo, y se hizo muy famoso en occidente en los últimos tiempos. Incluye en su representación que en los polos opuestos coexisten sus contrarios a través de un círculo del color del opuesto.

Es muy interesante ver cómo una imagen explica sin palabras un profundo y complicado conocimiento, del que podríamos discurrir y analizar durante horas o escribir pormenorizadas descripciones que abarcarían muchos libros enteros.

Lidiar con opuestos parece ser la apuesta que los humanos realizamos en este mundo.

Es duro hacerse cargo de llevar esta empresa adelante, pero es lo que hay. No podemos pedir otra cosa. Es parte de la materialidad.

Recuerdo que cuando era niño, tuve una experiencia que aunque muy simple e inocente, me marcaron el carácter y mis actitudes en la vida.

Resulta que a esas edades era un niño tranquilo y solitario, y no me gustaba que me molestaran cuando no estaba con ánimo de otra cosa. Por otra parte mi primo, era muy activo y no paraba de jugar y moverse todo el día. Mis parientes decían que éramos el agua y el aceite, los opuestos, y muchas otras cosas más que referían a los caracteres opuestos que teníamos.

De cualquier modo nos llevábamos bien y nos apreciábamos mutuamente.

Con el correr del tiempo, y pasados unos veinte años, empecé a reflexionar sobre los cambios en las personalidades de mi primo y de la mía. Es como que nos permutamos el uno al otro. Él empezó a ser muy tranquilo y reflexivo y yo empecé a ser más extrovertido y muy activo. Calculo que en cierta medida ambos nos influenciamos y logramos ver, aunque inconcientemente, las ventajas de ser de un modo y del otro.

Hoy en día y habiendo sido de ambos modos de ser, los dos conocimos las ventajas y desventajas de ser de una forma y de la otra y calculo que llegamos a tener ciertas destrezas en poder cambiar a voluntad el comportamiento de acuerdo a las circunstancias ya que podemos actuar y adaptarnos a los momentos mas dispares.

No creo que se puedan unir los opuestos, pero sí creo muy conveniente actuar de un modo en una circunstancia y cambiar al modo opuesto en otra circunstancia diferente.

En un mundo donde la contradicción es moneda corriente, los cambios de actitud y de respuesta a las circunstancias también tienen que ser diferentes.

No sé realmente cuál es el origen del mundo contradictorio en qué vivimos. Solo puedo inferir que es lo que nos toca como humanos.

No puedo tampoco juzgar si es bueno o malo vivir entre opuestos, lidiar entre ellos y ser uno mismo contradictorio y extremista. Lo cierto es que es lo que nos toca vivir.

Sospecho que aún cuando el mundo es así, es posible lograr la armonía. La superación de los opuestos, la superación de la contradicción. Supongo que se requiere de una gran capacidad de conciencia y una gran capacidad de amor para lograrlo, ya que aunque se diga que el amor tiene su opuesto en el odio, es obvio que la materia prima del odio es el amor, ya que es curioso, pero se odia siempre algo que se conoce bien y probablemente algo que alguna vez se amo. No se odia algo que se teme o se desconoce. Por eso es que asomo la duda sobre la función del amor en este mundo de contradicciones, como la herramienta que alivia la distancia entre los opuestos.

Tal vez alguna vez podamos entender esto y descubramos el remedio para unir estos opuestos que marcan permanentemente nuestras vidas.

Licenciado Alejandro Giosa



La tolerancia es uno de los más importantes preceptos de carácter ético y político cuya observancia garantiza la convivencia en un régimen democrático. Éste, de acuerdo con Norberto Bobbio, encarna un método o un conjunto de reglas de procedimiento para la constitución del gobierno y para la formación de las decisiones políticas de carácter vinculante, pero también y por desgracia esto se olvida frecuentemente el valor positivo de la democracia radica en que dicho sistema de reglas implica una serie de valores y principios entre los que destacan, además de la tolerancia, el espíritu laico y la razón crítica. En las sociedades contemporáneas dichos principios permiten la solución pacífica de los conflictos, la ausencia de violencia institucional y la disposición de los actores políticos para establecer acuerdos

La tolerancia como método para la solución de las controversias se refiere a su papel en la solución de los conflictos que surgen de la convivencia democrática. Aquí, la tolerancia aparece como el reconocimiento de la diversidad de los actores y por lo tanto de la pluralidad que puede y debe existir en una democracia. La tolerancia como método de convivencia extiende su campo de acción a los problemas que plantean la coexistencia de diferentes grupos étnicos, lingüísticos o religiosos y, más en general, al problema de los llamados diversos o diferentes ya sea por razones físicas o de identidad cultural. Nos referimos a aquellas características que distinguen a determinados grupos como son las mujeres, los homosexuales, etc., que en una democracia hacen valer su voto diferenciado. En efecto, estos grupos, en su calidad de ciudadanos, expresan sus diferencias a través del voto y, por lo tanto, reclaman activamente su derecho a ser considerados como sujetos en igualdad de condiciones independientemente de sus diferencias físicas, culturales o políticas.

Al respecto, es posible sostener que una cosa es el problema de la tolerancia de creencias u opiniones distintas y otra el problema de la tolerancia hacia quienes son diferentes física o socialmente. La tolerancia como reconocimiento de la diversidad sitúa en un primer plano el tema del prejuicio y de la consiguiente discriminación que pueden existir en una democracia.

Esta dimensión descriptiva del modo de funcionamiento de la tolerancia en los regímenes políticos se encuentra referida al análisis de la potencialidad de la intolerancia, ya que el prejuicio (entendido como una opinión o conjunto de opiniones asumidos a priori y en forma acrítica y pasiva ya fuere por tradición, costumbre o por mandato de una autoridad cuyos dictámenes se aceptan sin discusión) genera discriminación y exclusión, y, por esta vía, intolerancia. El prejuicio, en consecuencia, no sólo limita los derechos de libertad, sino que también, lo que es más grave, puede nulificar las reglas de la convivencia democrática.

Sin embargo, también es posible identificar otro espacio descriptivo de la tolerancia que está representado por aquella concepción que la considera como un mal menor o un mal necesario. Un tolerante podría sostener que la verdad tiene mucho que ganar si es capaz de soportar el error ajeno, pues permite que las decisiones políticas sean procesadas en un ambiente de estabilidad y paz social. Concebida así, la tolerancia estaría siendo remitida al ámbito de la razón práctica y no implicaría de ninguna manera la renuncia a las convicciones de cada quien, sino sólo el compromiso de revisar y adecuar las propias opiniones de acuerdo con las cambiantes circunstancias políticas y sociales. En este sentido, la tolerancia es un concepto que se adapta y se modifica según las condiciones históricas sin perder necesariamente su sentido original. Considerar la tolerancia como un mal necesario parte del reconocimiento explícito de que la persecución, el hostigamiento, la coerción o cualquier otra forma de violencia, en lugar de ayudar a eliminar aquello que se considera un error, contribuye a reforzarlo, como frecuentemente ha demostrado la experiencia histórica. Recrudecer las diferencias sólo ha llevado a la marginación y, en casos extremos, a la eliminación del diferente. Baste pensar en la intolerancia de la Reforma calvinista del siglo XVI o en los totalitarismos que se desarrollaron durante el XX: en ambos casos el empleo de la fuerza sólo contribuyó a expandir el disenso extremo y, en no pocos casos, lo obligó a expresarse, también, por medios violentos. En consecuencia, es posible observar que la intolerancia nunca ha obtenido por la constricción los resultados que se propone, ya que los métodos de la fuerza nulifican cualquier posibilidad de solución pacífica de los conflictos.

Prof. Carla Manrique



Documento de Identidad

Ya puedes pasar, te abrí las puertas. Siéntate, quítate el abrigo y te daré una taza de té, con rodajas de pan recién horneado. Ahora déjame sentarme a tu lado, aquí en este rincón y abrázame, sin preguntarme nada, que tranquilamente te iré diciendo todo aquello que tus ojos preguntan, para que ya no tengas más dudas:

Esta soy yo, la que siempre te quiso con alma y vida.

Amo lo que hago, digo y siento, con todo mi ser y mis fuerzas, y así espero que me ames, y si no puedes, prefiero que te marches, pero por favor dime que te irás, no me abandones, solo dímelo y yo comprenderé, sino te odiaré con alma y vida.

En mis tareas cotidianas no me pidas más de lo que puedo darte, pues te daré todo lo que pueda, pero no podré darte todo lo que pides.

Si me ves cansada o taciturna, no me preguntes nada, solo déjame apoyar mi cabeza alocada sobre tu hombro, pasa tu mano sobre mi espalda y escucha conmigo la música que viene de mi alma, que en un soplo de tiempo me verás saltando de felicidad y no quiero que te preguntes por qué estuve antes llorando.

Si río de felicidad, aprovéchalo, canta, baila, disfruta porque luego lloraré tanto, que te estremecerás con la más honda de mis tristezas, solo mira dentro de mis ojos, que realmente estaré sufriendo. Porque no tienes idea cuánto me duele el alma, cuando estoy vacía, y no me digas que haga un esfuerzo por sentirme mejor, porque empeño toda mi voluntad en lograrlo.

No quieras llamar mi atención si me ves largo rato mirando un punto fijo, pueda que no me guste que lo hagas, quédate a mi lado y has tu vida, pero por favor, no te alejes, porque, al regresar querré encontrarte.

Más de una vez haré mi bolso y partiré llena de ira, no me dejes hacerlo, protégeme, que por malvado que te acuse, luego te lo agradeceré rendida a tus pies, con la misma fuerza que te había odiado.

Porque a veces mi propio cuerpo es una prisión, de la que quiero escapar, y lamentablemente a veces, solo a veces lo hago y luego me da miedo y necesito que alguien que me ama piense por mí.

Protégeme de mi misma, o más bien, de aquella incontrolada y furiosa, pero por favor mírame, que detrás de ese monstruo hay una niña que llora pidiendo ayuda a gritos, porque siente que nadie tiene la capacidad de verla, por siempre escondida, al costado de mis pupilas.

Ahora estás preparado para saberlo todo, pero no creas que todo te será revelado, tan solo lo necesario para protegerte y protegerme.

Tienes que saber que tengo una capacidad extrema, para conocer el interior de la gente. Es por eso que si estoy llena de odio, te lastimaré tanto que te dejaré malherido, y luego la eternidad no será suficiente para arrepentirme, porque en esas ocasiones digo lo que pienso, pero no pienso lo que digo.

Recuerda que siento más que el común de la gente, una gota de agua para ti, es la asfixia para mí, tu luz es mi infierno, tu día es mi noche, por eso, ten presente que siempre estoy, en carne viva.

Puedo ser muy osada, diestra, independiente y libre, pero tienes que saber que no durará mucho, pronto estaré muerta de miedo acurrucada en un rincón viendo pasar mis fantasmas, la vida que se derrama, y no podré ni respirar, solo estaré deseando que el miedo se disipe, que los fantasmas sucumban bajo mi cama, y que ese instante deje de ser una eternidad.

Tal vez te diga que quiero dejarte, o lo que es peor, pueda que lo haga, y será tan solo para no verte abandonarme, así que sujétame, no vaya a ser que realmente lo logre, solo siéntate a esperar, que ni bien me reencuentre caeré rendida en la serenidad de tus brazos.

Por pequeños que sean mis pasos, festéjalo, que lo que para ti es una nadería, para mí será el universo en llamas, lo que para ti es cotidiano, para mí es un barco que logró llegar a la costa después de una encrespada tormenta.

Recuerda que siempre te he amado, que fuiste mi mejor amigo y que eso quiero conservar: la amistad, los sueños, las tristezas, los días de invierno, la lluvia en la ventana, las ganas.

Te he dado lo mejor de mí, no me reservé nada, todo lo hice contigo, hasta te insulté, te aborrecí, te mentí y te he amado y te amo.

No importa si soy quien te escribe, si soy la protagonista, o tal vez solo la espectadora; no importa si es verdad o es mentira, si es cuento o carta, es tan solo que un día dijeron que reunía los contrarios, que esto era para toda la vida, y que no era bueno.

Mas tiempo después descubrí la belleza de la vida en éste ser misterioso, que cambia como las caras de la luna, pero que a pesar de todo algo se mantiene firme y es que te ama con alma y vida.

Silvia Stella, abogada



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