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Tenía 54 años, miraba la vida con un sentimiento mas amplio, con colores mas nítidos, no
la acompañaban ya los vientos del dolor.
Había accedido a los olores marinos frescos de un pensamiento mas sutil. Se sentía anciana y tal vez por eso renacida. No había borrado de sus recuerdos las escenas de su vida hirviendo el horror, el pánico, las fobias. Es que no la habitaba la oculta y pujante furia de entonces. Sus andanzas la habían llevado a otros encuentros, a otras lecturas, a rincones de su mente que se alinearon con su alma. Recuerda cuantas veces imaginó una manito interna limpiando los pensamientos que la arrinconaron en la bronca y el rencor o en intelectualizaciones sobre edipos inconstitucionales. Su padre había sido un hombre arisco, brusco, escaso en generosidad. El abuso silencioso y oscuro había poblado algunas noches de su adolescencia. Habían sido momentos fijados en la conciencia que la llevaron a desestimar su calidad personal en los lugares en los que se había querido establecer, sociales, afectivos, laborales. Así fue creciendo sintiendo siempre la deuda consigo misma, debería ser mejor, debería purificarse, debería ser capaz. Pero entre el «debería» y el «hubiese podido», se fueron tejiendo llantos, desesperanzas, incertidumbres y miserias. A pesar de todo ello en un nivel subterráneo pero no ajeno a sí misma fue acrecentando su capacidad de amar. Era paradójico, ella sabía que tenía un algo que la iba haciendo querible. También fue comprendiendo que muchas veces su «generosidad» fue una manera de provocar la «aceptación». Fueron muchos los años en que el cuerpo fue la máxima expresión de sus afectos, positivos o negativos. Fueron sus caricias las mensajeras de sus percepciones, de sus aspiraciones, de todo cuanto iba sintiendo. Luego vino un tiempo mas «profesional», sus estudios, su meticulosidad en el aprendizaje le fueron donando un sentimiento de seguridad que nunca empató la herida en el yo que la seguía a toda hora. Pero le fue permitiendo subsistir sin tanta incomodidad. Poco o mucho, otro registro, otra tierra fue sembrando con sus hijos. Otra ella fue apareciendo en su vínculo maternal. Una ella mas apacible, mas perpleja frente a lo hostil. Las caricias se acompañaron de palabras, los hechos de sonrisas, los dolores de una alteridad que dibujó las diferencias con los colores violáceos del entendimiento. La red interna fue sustituyendo el inconfundible parcelamiento del silencio equívoco. A su padre, luego de idas y venidas al pasar los años, ella decidió un día no verlo mas. Creyó así que podría separarse de quien la había atravesado en su libertad de ser. Eso supuso en su momento. Cuando murió, ella tenía 48 años, fue a despedir un cajón cerrado, a últimisimo momento. Sindió dolor por lo que no fue. En tantas oportunidades al repasar su vida aparecieron los rasgos perpetuados de su padre en los hombres con los que se ligó. Pero «entendía» que «superaría» cada vez mejor ese escollo en sus relaciones. Cuando su última relación de pareja se desmembró, cuando creyó desvanecerse de pena, cuando creyó borrarse de si misma, comenzó su transformación. La limpieza ya no fue una manito interna solamente, fue el crecimiento de una flor que al igual que las rosas posee espinas en sus tallos y pétalos de terciopelo. La confianza fue desplegando su encanto, fue pinchando el agua estancada de conceptos arraigados en células enfermas. La piel rejuveneció en el encuentro de colores que abrieron las puertas a la biblioteca de sus vidas. Un día caminando bajo el sol de invierno se preguntó qué tuvo de aprender siendo la hija de su padre, eso que sin saberlo trasmutó con sus hijos en su ser madre, y que se hace presente justamente hoy en que su hijo del alma parte a hacer su historia en otras tierras, con otras gentes, lejos en distancia, cercano en el temblor. Así el abuso no sólo fue el impedimento, sino también las caricias con las que ella convidó su ser, el comienzo de otras palabras y otros gestos. Porque por ser distinta a él las caricias siempre representaron la abundancia del amor. Se encontró en un libro con la palabra «contrato», y se agradeció a sí misma y a su padre el haber aprendido. Las relaciones, las escenas, los obstáculos son puertas a posibilidad de posicionamientos diferente, a encuentros vibrantes que nos muestran que aquellas circunstancias que vivimos como tragedia pueden ser catalizadores de cambio que nos provee una perspectiva de conjunto que nos aleja del mero acontecimiento. |
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Licenciada Rut Diana Cohen
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Al hombre le es difícil aceptar que es esclavo. Y en virtud de esa esclavitud debe obedecer a muchos amos. A
cambio de esta situación desventajosa, hemos elaborado la creencia universal de que somos el escalón más alto de la evolución.
No niego que eso pueda ser así, sin embargo esa idea no puede cambiar el hecho de que somos muy frágiles y que dependemos de la "suerte" o como quiera que se llame a eso que comanda nuestras vidas, a veces para tener felicidad y otras para la desdicha. Si nos ponemos a pensar: ¿qué otros motivos puede tener el hecho que algunos tengan una vida dichosa llena de coincidencias positivas, agradables y otros, en cambio, vivan cargándose de problemas? Dependerá de las creencias íntimas que tenga cada uno, pero para hacer un análisis sin entrar en lo religioso, necesitamos decir que hay "fuerzas" (para hacer una semejanza con la física) que nos "impulsan" en diversas direcciones, y a las que rara vez podemos eludir. Si aceptáramos este estado de esclavitud, tal vez podríamos hacer algo para cambiarlo, para salir del lodo, y tratar de ser un poco más dueños de la vida. El creer que somos lo mejor, como seres y que estamos en una etapa de la humanidad en que hemos dominado casi todas las ciencias y técnicas, teniendo el poder sobre cada vez más cosas físicas, nos lleva solo a ser vanidosos y orgullosos de esa situación. A partir de este estado de cosas comenzamos a compensar la sensación última de "no somos nada" (como suele decirse cuando llega el día en que nos enfrentamos con la muerte), con la idea de que somos casi "los reyes de la creación". Oscilar entre esos extremos, reconfortante uno y aniquilador el otro, no es la elección más correcta para llevar un ánimo maduro en la vida. De hecho no aceptar con humildad lo que nos toca vivir, y las demandas del "amo de nuestra suerte", nos lleva a vivir quejándonos de todo lo que nos rodea: del vecino, de los parientes, de la esposa, del esposo, de los hijos y la lista puede alargarse hasta reproducir todos los nombres de todo lo que está sobre el planeta. Lo peor es que no solo hay un "amo" externo que presenta diversas situaciones en nuestras vidas. Hay un "amo" interno aún peor: nuestro orgullo. Todo puede llegar a ofendernos, molestarnos, entorpecer el camino, desviar de los planes, no dejarnos pensar, impedir la felicidad, etc. Lo lamentable es que las situaciones entorpecedoras se presentan con puntualidad inusitada. Las famosas leyes de Murphy son un jocoso ejemplo de ello. Dentro de todas las circunstancias que se nos presentan en el camino, algunas mejorando nuestra vida y otras entorpeciéndolas, están las relaciones familiares. Nadie puede negar que son relaciones impuestas. Aquí el "amo que manda" es muy evidente y difícil de negar. Se puede abandonar a los familiares, y elegir con quien compartir la vida, pero eso no termina de solucionar el problema. Parece más conveniente a nuestra economía psíquica y económica buscar otro tipo de soluciones a esa esclavitud. ¿Qué hacer con esas circunstancias o personas que no son de nuestro agrado? Bueno sería encontrar una forma de tratar de mitigar los efectos que causan sobre nosotros todo aquello que no podemos dominar sino que nos domina. Parece ser que el cambio más económico que podemos hacer es un cambio en nuestra psicología, ya que los eventos externos no podemos cambiarlos. Sería apropiado decir en comienzo, que diferente es la actitud que podemos llegar a tener respecto a lo que nos sucede en la vida si nos emplazamos como reyes o como humildes servidores. Desde una cima fantasiosa de orgullosa soberbia, podemos molestarnos por todo, creyendo tener derecho a ello y exigir el cambio de esa situación. Lo más probable es que terminemos enemistados con todos. Si exigimos, de hecho, violentamos lo que nos rodea y eso tiene sus consecuencias, tarde o temprano. La actitud contraria, para ser didáctico en exponer las situaciones extremas, sería sentir que lo que nos sucede es lo que debemos soportar, sea lo que sea, con resignación. Si el león ofende al rey ante la vista de sus súbitos, lo más probable es que el rey mande a matar de inmediato al león, pero distinta es la situación si el león y el rey se encuentran fuera de la vista de extraños. Lo más probable es que el rey corra por su vida y se olvide del león. Semejante es la actitud que podríamos tomar en la vida con lo que nos pasa. Replegarnos, a veces, es mejor que hacer frente a las personas. Dejar el orgullo de lado nos resolvería muchos problemas. Sin orgullo podemos llegar al estado de no sentirnos jamás ofendidos por nadie. No nos molestaríamos por los inconvenientes que nos genera la vida y las personas que nos rodean. Deberíamos meditar profundamente en el poder del orgullo y la incidencia que tiene en nuestras vidas. Si nada tiene el poder de ofendernos, no es necesario enojarnos, ni tampoco en consecuencia nos veríamos en la situación de tener que perdonar a nadie por sus acciones. Se necesita del perdón cuando alguien nos hiere, pero la idea de ser herido o no, es una idea o creencia que generamos ante hechos que objetivamente son solo hechos, sin connotaciones emocionales, como la ofensa, el deshonor, etc. Es nuestro psiquismo el que genera la idea de ofensa. En el ejemplo del rey y el león una situación era ofensiva (cuando otros están viendo) y la otra no lo es, y en consecuencia no hizo falta siquiera que el rey perdone al león, lo único válido es el hecho: se sale con vida o no. En la relación con nuestros semejantes la cuestión es la misma: los hechos tienen consecuencias reales y consecuencias psíquicas-emocionales. Estas últimas son las que podemos dominar, y de hecho si queremos tener una vida en paz y armonía, deberíamos meditar en cada acto, a modo de irnos haciendo inmunes a la ofensa, es decir descartando de nuestras vidas el orgullo desmedido. En el tema del orgullo se "sale con vida" o no. Tal vez para ser menos dramático diría que sin el orgullo vivimos más sanamente, y con el orgullo, la enfermedad puede llegar a ser algo más que psíquica, ya que semejante emoción lleva inevitablemente, con el tiempo, al deterioro de nuestro cuerpo físico. Perdonar es difícil, más fácil es empezar por no ofenderse. |
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Licenciado Alejandro Giosa
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La Corte prohibió la venta y el uso de
«la píldora del día después» (Fuente: agencias DyN, Télam y TN) La Corte Suprema de Justicia de la Nación argentina prohibió la venta y el consumo de la llamada «píldora del día después», un fármaco que impide la implantación del óvulo fecundado en el útero femenino tras ser ingerido después de una relación sexual, por entender que su acción es abortiva. La decisión generó el apoyo de la Iglesia y voces encontradas en el ámbito de la medicina. El presbítero Alecio Raimundo, especialista en bioética de la Universidad Católica de Córdoba, calificó de «positiva» la decisión de la Suprema Corte dado que tiene efectos «microabortivos». «Más allá del hecho anticonceptivo, en este caso está en juego el posible quiebre de una vida humana», advirtió el sacerdote cordobés en diálogo telefónico con la agencia DyN. El padre Raimundo sostuvo, asimismo, que una píldora que genere «la más pequeña duda sobre su componentes abortivos, ya se convierte de por sí en peligrosa». Tras indicar que en la práctica hay «varios datos» que demuestran la «nocividad» del fármaco, el especialista religioso insistió en que, entre otros efectos colaterales, es «microabortivo». Las voces de apoyo Según una reciente investigación publicada en la revista The Annals of Pharmacotherapy, los expertos médicos estadounidenses Chris Kahlenborn, Joseph B. Stanford y Walter L. Larimore explican que «la píldora del día después causa la muerte de un embrión vivo bloqueando sus posibilidades de anidarse en el útero». «La píldora utiliza los mismos ingredientes encontados en los fármacos anticonceptivos como el levonorgestrel y el ethinyl estradiol, que en vez de prevenir la ovulación, causan en muchos casos un efecto post-fertilización, provocando un aborto del embrión», puntualizan. El informe -titulado «Efectos postfertilización de la contracepción hormonal de emergencia»- asegura también que el efecto abortivo de la píldora es «probablemente más común de lo informado a la mayoría de los pacientes», anticipa que (por las características de sus componentes) estaría «violando las constituciones de la mayor parte de los Estados de América Latina», y presenta «serios desafíos morales y éticos» para el uso del fármaco en centros de emergencia y prácticas médicas derivadas. Las voces del disenso Sin embargo, las voces especializadas desde la medicina ya comenzaron a hacerse oír. La presidenta de la Sociedad Argentina de Esterilidad y Fertilidad (SAEF), Esther Polak, rechazó la interpretación de los magistrados porque «desde el punto de vista estrictamente médico no puede decirse que esta píldora sea abortiva». «No puede haber aborto sin embarazo y este sólo comienza después de la implantación, que toma al menos entre cuatro y diez días después de la relación fecundante», aseguró Polak. La titular de la SAEF explicó que «hablamos de implantación cuando el óvulo fertilizado entra en íntimo contacto con el endometrio, que es la capa que tapiza el útero». «La pastilla llamada 'del día después' no es más que una alta dosis de alguna hormona que hace que el endometrio no presente más las características apropiadas para el embarazo. Es decir, va a provocar que el óvulo fertilizado, en lugar de encontrar un colchoncito suave se tope con una pared dura», ejemplificó. Por su parte, Claudio Chillik, director del Centro de Estudios en Ginecología y Reproducción (CEGIR) y editor de la Revista Latinoamericana de Reproducción Humana, consideró que «la Corte abrazó la interpretación más retrógrada posible». «Esto nada tiene que ver con los tiempos actuales ni las necesidades de la población en cuanto a salud reproductiva, y priva a la mujer de evitar un embarazo no deseado», especificó. Chillik apuntó que «la píldora 'del día después' no es recomendada como método anticonceptivo porque suele tener efectos desagradables para la mujer -náuseas, intolerancia- y porque además es entre un 25 a 30 por ciento menos efectiva que otros métodos corrientes». «Su uso está indicado únicamente para casos de emergencia y por lo tanto, su prohibición -aseguró- lo único que hace es aumentar el número de casos en los que habrá mujeres que deberán decidir entre abortar o tener un embarazo que no buscaron». Los antecedentes de la decisión del máximo tribunal La acordada de la Corte, que contó con la aprobación de cinco de nueve ministros, fue hecha pública esta mañana y revoca un fallo de primera instancia y su apelación en la Justicia cordobesa en los que se rechazaba el amparo solicitado por una entidad antiabortista mediterránea denominada «Portal de Belén». La prohibición del anticonceptivo fue sostenida por los ministros Julio Nazareno, Eduardo Moliné O`Connor, Antonio Boggiano, Guillermo López y Adolfo Vázquez, en tanto que Augusto Belluscio, Enrique Petracchi, Carlos Fayt y Gustavo Bossert se pronunciaron en desacuerdo. En una causa paralela, el juez federal porteño Sergio Torres había cursado un pedido al Cuerpo Médico Forense para que dictamine sobre el eventual efecto abortivo de la denominada píldora del día después. Torres investiga una denuncia de cuatro abogados porteños contra los responsables de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología (ANMAT) por el supuesto incumplimiento de los deberes de funcionario público al autorizar la comercialización del fármaco. Los letrados Carlos Esteva, Roberto Castellano, Eduardo Sequeiros y Luis Pilatti denunciaron a las autoridades de la ANMAT por «colaborar o promover la práctica abortiva». «De acuerdo a lo dispuesto en nuestro ordenamiento jurídico, la vida debe ser protegida desde el primer instante de la concepción», por lo que los abogados calificaron al uso de la píldora que impide que el óvulo ya fecundado se implante en el útero como una práctica criminal de acuerdo al Código Penal. El fallo de hoy de la Corte puede sentar un fuerte antecedente en contra de las autoridades sanitarias ya que según fuentes tribunalicias consultadas por la agencia Télam «la mayoría de los ministros de la Corte optaron por la teoría que reúne menos consenso en la comunidad científica: aquella que sostiene que la vida comienza en el mismo instante de la concepción». Sin embargo, uno de los altos magistrados que votó en disidencia contra la prohibición consideró que «esto no hará más que incentivar los abortos clandestinos, porque las parejas que no querían tener hijos y podían evitarlo con esta píldora ahora van a decidirse directamente por el aborto». |
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Health I. G. News
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Sobre el perdón a los padres y a uno mismo
Recuerdo que, cuando nací, vine con un manual debajo del brazo derecho, se titulaba "Sobre cómo vivir sin cometer errores". Como sea, al abrir por primera vez los ojos, lo había perdido; creo, que en el mismo lugar donde todos lo pierden. Sin el manual, no pude evitar equivocarme y con el tiempo, traté de desarrollar la capacidad de aprender de mis errores, aunque debo confesar que la vida siempre me sorprende con alguna variación que no figura en mis archivos. Nadie; ni el cura del barrio, ni mis amigos, ni mis maestros espirituales, educadores, profesores, amantes y padres incluidos; nadie pudo, nunca, marcarme una senda segura por donde viajar sin equivocarme. Ya habiendo pasado la frontera de la mitad de mi vida, he decidido hacer un recuento de mis pecados y perdonarme, después de todo, siempre hice las cosas lo mejor que pude; aunque esto incluya una carrera sin terminar, el golpe en la nariz a un amigo al cual nunca debí haber golpeado, la mujer a la que dejé y mi propio hijo, criado con toda mi inexperiencia de padre primerizo de veinte años. Cuando pienso en los viejos, que descansan, o no, en el limbo budista, no puedo dejar de recordar momentos dulces y amargos. Hay tantas cosas que no hablé con ellos. Reviso mi legado y, allí, están las estrictas normas morales del viejo y su incapacidad para amar, la fuerza de avance de la vieja y, también, el miedo a la vida, la dificultad para terminar con algo, la compasión puesta por encima del sentido común y todos los complementos que marcaron mis éxitos y fracasos. Ellos, también, perdieron sus manuales del éxito seguro y viajaron como pudieron, lo mejor que pudieron. Qué podría decirles Pero esto no fue siempre así, como hoy. Hasta hace algunos años me sentía como Merlín atrapado en la caverna de cristal. Resentimientos. Contra los demás y contra mí mismo. Todo oculto bajo un velo arrogante de misericordia espiritual. Es decir: ninguna conciencia de lo que me estaba pasando. Mis escudos de defensa estaban siempre listos. Igual que los de las naves galácticas. Listos para repeler cualquier ataque alienígena. Las mujeres incluidas. Entre amigos o en el solitario y pulcro living de mi casa, yo siempre estaba solo. Es muy difícil asociar, sin ayuda externa, todos los pequeños condimentos que impiden que disfrutemos de la vida, con nuestra herencia ancestral. Los chinos decían que un hombre es tan fuerte como el tamaño de sus raíces. Por esto siempre se preocuparon por llevar un claro recuento de sus árboles genealógicos. En el budismo, es primordial el cultivo de un profundo agradecimiento hacia los antecesores, personalizados en los padres y mentores espirituales. El legado de padres y abuelos es tan importante, que; junto con la cultura de la que provenimos, su historia, su pasado heroico o nefasto; forman la raíz sobre la que se asentará nuestro árbol de la existencia. Los pueblos sin pasado son pueblos débiles, sin futuro. Si bien no podemos hacer mucho para cambiar la historia de nuestra nación o raza, podemos sí, lograr una reconciliación sincera con nuestro propio pasado. La sinceridad es primordial, es decir, no tiene ninguna utilidad si este perdón no es real. La sensación al perdonar sinceramente los errores ajenos y propios es difícil de explicar, además de que es algo que, probablemente, suceda en muchas etapas. Pero se me ocurre una metáfora, que es la de subir la montaña empinada de la vida con una pesada mochila a las espaldas y, de pronto, tomar conciencia de que no contiene nada que pueda sernos útil, liberar los correajes uno a uno y dejarla caer por el precipicio. De pronto, uno se encuentra con las espaldas libres y el ascenso deja de ser penoso y se puede disfrutar del paisaje. Pero el perdón es una virtud que casi ninguno de nosotros posee. Jesús perdonó a María Magdalena en el sitio de su cadalso, pero nosotros seguimos apedreándola en la figura de todas las personas y arquetipos que "fallan" (desde nuestro punto de vista) en el cometido de sus vidas. Como convivir con tantos pecados ajenos y propios que castigar Es mucho más difícil cuando la vara que utilizamos para medir nuestros valores es la del éxito. Desde niños se nos entrena en el arte de la competencia, la búsqueda del éxito, el premio y el castigo. Pero nadie nos enseña matemáticas. Si nos enseñaran verdaderas matemáticas, sabríamos que entre los miles de millones de seres humanos que habitan este planeta, sólo unos cientos son personas socialmente consideradas "de éxito". Es decir, que los demás son fracasados. El teorema es sencillo: si la felicidad depende del éxito y el éxito es para unos pocos, los demás serán infelices. Por otra parte, el éxito está asociado con valores fundamentales como los que se acumulan en las cuentas bancarias y que sirven para comprar marcas de dignidad tales como autos, casas lujosas, ropas de diseñador, calzado italiano y comer en determinados sitios. Claro, mis viejos no pudieron enseñarme cómo se consigue esto. Ellos eran hijos de humildes inmigrantes europeos, para quienes el éxito estaba asociado al ladrillo que ponían cada día en la construcción de su propia casa, a un trabajo digno y esforzado, al mantener un "buen nombre" y otras cosas de ese tenor, ya pasadas de moda. Lo que trato de decir es que el perdón es difícil cuando el bien está asociado a asuntos ficticios. Todo lo que hacemos es en búsqueda de un beneficio. La más pura de las misericordias apunta, al menos, a un beneficio espiritual o post-mortem. La vida está llena de beneficios. Recuerdo la pequeña muchacha de cabellos rubios y enrulados. La seducción, el romance. El beneficio de sentirse amado. El beneficio de una mayor autoestima. Y qué decir de los obstáculos y el beneficio que otorgan en poder personal, capacidad de decisión y fortaleza. Una vida exitosa, después de todo, tal vez no consista en convertirse en un millonario en Manhatann. Puede ser el desarrollar la capacidad de perdonar y perdonarse, ser un liberal irreductible, tener una mirada aguda que todo lo ve, levantarse después de cada caída, poder besar y decir te amo
Si uno logra liberarse de las ataduras de negativismo del pasado y, de paso, rompe un poco con los
conceptos estructurados en aleación de titanio e iridio, es posible que los colores se vean un poco más nítidos, los sabores
más agradables y los sonidos, más musicales.
(exclusivo para « S.O.S. Psicólogo »)
Maryland, mayo del 2002
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Juan Carlos Laborde
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