Cuando era niño, crecí en un lugar en donde los chicos se "hacían peleando", tal vez no tanto como lo habrá sido en épocas anteriores o lugares violentos, pero era patrimonio de la "masculinidad" y muy deseable, que los chicos pelearan para demostrar su valía.

Todo lugar era apto para la pelea, la cancha de fútbol, la escuela, el terreno baldío de la cuadra, etc.

Y ganar las peleas era muy bueno para el que lo lograba. Tenía asegurado el respeto de todos los que presenciaran el litigio, y como la voz se proyectaría más allá, también el de los que escucharan el relato.

Si en la pelea alguien se lastimaba, mejor era, tanto para demostrar una derrota, como para demostrar valentía si se resultaba vencedor.

Por otro lado, en la televisión (en esa época no había mucha elección, ya que no había videocable) abundaban las series y películas de guerra, o bien de la época de la conquista del lejano oeste norteamericano. Todas bastante violentas con muchos golpes y muertes.

El tema es que en estos días, cambiando los canales de televisión, paso por uno en que estaban dando una película en donde se encontraba un señor de traje, tirado en el suelo, en medio de una transitada calle, y una mujer en cuclillas al lado de él. Seguí cambiando de canales, pero me quedó un pensamiento del cual surgió una meditación: con qué naturalidad vemos en la pantalla gente muerta, ¡no merece ni la menor atención! Y siguiendo mis pensamientos, me di cuenta que si tal vez hubiéramos sido educados de otra forma, sin violencia, sin películas de guerra, la visión de alguien tirado en el piso, supuestamente herido o muerto, debería causar un mínimo de asombro, como para detenerse en el trajín del zapping y ver qué le pudo haber pasado a ese pobre hombre.

¿Será la educación la que nos provoca semejante frialdad?

Sin embargo me parece que cuando uno ve el noticiero y sabe que lo que ve es real, que pasa o pasó realmente, uno lo toma diferente. No cambiamos tan a la ligera de canal. No sé si les pasará a todos. A mí me pasa. No sé si habla de una actitud "poco seria" para las películas y de una conciencia más real para el noticiero, si fuera así me quedaría mas tranquilo ya que eso demostraría que no soy tan frívolo e inconmovible.

Pero aún así. No me parece bien que aceptemos la violencia como algo natural, que se ve todos los días, en la calle, en la televisión, en el cine, y en el teatro y en todo medio que pueda expresarla. Pienso que la violencia vende más audiencia que otras formas de expresión. Desconozco si es porque "es lo que hay", porque no surgió otra cosa que "venda" más o porque hay algo en el ser humano que le gusta presenciar la destrucción.

Mi más meditada opinión es que hay algo que atrae en la destrucción y los actos violentos. No sabría explicar el porqué. Podría ser desde una sencilla tendencia como la de que nos gusta ver "movimiento" hasta una posible morbosidad innata, rodeada de maldad, que nos lleva a ser observadores y protagonistas de hechos violentos.

Tal vez dependa de la etapa de la vida. Cuando jóvenes, nos atrae todo lo relacionado con el movimiento, la acción, como los deportes, las peleas, lo que está más relacionado con lo corporal, probablemente porque es un potencial real que tenemos, con nuestros cuerpos jóvenes y vigorosos, preparados para la acción. Tal vez en esta etapa no solo nos guste observar, sino también vivenciar la acción, la violencia, los deportes extremos y todo lo que se le relaciona.

Cuando vamos creciendo, va disminuyendo nuestro potencial para actuar, y naturalmente deberíamos alejarnos de eso. Mas puede que no, porque la costumbre y el hábito puede más y tal vez el placer quede solo en el observar y no tanto en el actuar.

Veo que la gente más mayor, que ya perdió mucha capacidad de acción, tiende más a transformar en miedo lo que antes podría haber sido coraje o valentía.

Son posibles explicaciones, no se si se ha llegado a conclusiones certeras sobre el tema de la violencia.

¿Será que nos gusta más destruir que construir cosas? Parece que nos gusta más romper vidrios que colocarlos, cortar árboles, más que plantarlos, criticar más que agradecer....

Los actos violentos tienen mejor cabida en el humano que los actos pacíficos. Se podría explicar así porqué el mundo está en el estado que está, es lógico entonces lo que sucede y podríamos inferir los resultados.

¿Habrá sido así en toda la historia de la humanidad? ¿No hubo siempre "sacrificios" en todas las culturas? ¿Venimos a destruir? ¿Será nuestra función? ¿Estaremos en una etapa evolutiva hacia la sublimación de los instintos agresivos? ¿Estaremos cumpliendo con ese posible designio?

Espero que el conocimiento invada algún día nuestras mentes y tengamos el saber de esta aparente tendencia, además de otras, que poseemos como humanos.

Licenciado Alejandro Giosa



Fragmento de Fuil Celteach

La Guerra de los Árboles fue la última de las grandes batallas que se libraron en contra del Imperio, cuando la ignominia del emperador y su corte llegó a límites tales que la naturaleza toda se rebeló en su contra.

Antes de eso, los hombres rompimos nuestra alianza con la Tierra y podría decirse que todo lo que sucedió después fue consecuencia de esa ruptura.

En el lejano pasado nuestra Alianza implicaba que nos alimentáramos solamente de frutos que no causaran la muerte de ningún ser vivo y cuando me refiero a seres vivos estoy hablando, también, de los del reino vegetal.

Desprendíamos suavemente las frutas maduras de las plantas, comíamos la pulpa y dispersábamos las semillas. Ese era nuestro trato con ese reino. No necesitábamos trabajar para obtener alimento, ni perseguir presas, ni cultivar la tierra. Ella nos daba todo y la amábamos como si fuera nuestra propia madre.

Manteníamos una excelente relación con los tótems animales, aquellos que reúnen la conciencia colectiva de cada especie; por lo tanto, nunca éramos atacados ni se nos identificaba como enemigos. Muy por el contrario, los animales acudían a nosotros cuando se lastimaban accidentalmente.

El mundo vivía, así, en una relativa armonía y los humanos éramos pocos en número, pero longevos.

Sin embargo, con el paso del tiempo, algunos hombres ignoraron su alianza con la Tierra y con Dios mismo, debido a su tendencia demoníaca de querer dominar a otras personas. Ellos crearon pequeños reinos y aprendieron a controlar a sus subordinados valiéndose de armas desconocidas hasta entonces, como el temor y la mentira.

Sembraron la desconfianza y la competencia entre sus vasallos y los hombres fueron convencidos de que necesitaban comer carne para ser más fuertes. Así, el hombre se tornó en depredador de sus viejos hermanos. Derribó árboles para construir sus casas, arrasó los bosques para sembrar su grano y persiguió a los animales por su carne y su piel.

Las antiguas costumbres de agradecer a la tierra y a los tótems, fueron reemplazadas por la adoración del nivel social, el poder, la riqueza y los adornos superfluos del cuerpo.

La consecuencia de sus acciones fue que todo su entorno se transformó en un enemigo a controlar, y el cuerpo de los hombres adquirió características diferentes a las que originalmente habían sido ideadas para él por el Plan Cósmico.

Esos pequeños reinos crecieron en cantidad de pobladores y sus necesidades aumentaron. Pronto fueron fagocitándose entre ellos, incorporándose, por alianza o por la fuerza, a grupos más poderosos; hasta que un solo emperador gobernó sobre todos.

Para esa época, algunos humanos libres mantenían, aún, contacto con otras criaturas de la naturaleza y las del mundo astral; evitando el trato con los "imperiales".

Sin embargo, el crecimiento del imperio y la ambición desmedida de sus miembros los llevó a querer dominar a todos y cada uno de los habitantes del mundo, pues el poder no acepta que haya algo que no domine, con lo cual los "hombres libres" o Celteach fueron considerados proscriptos e indeseables.

La llamada Guerra de los Árboles fue una consecuencia del avance de los imperiales sobre todas las cosas del mundo. Todas las criaturas libres se unieron para enfrentar al gran depredador.

Esa batalla fue un triunfo para los Celteach y sus buenos compañeros; pero, al mismo tiempo, fue la última que ganaron y, poco a poco, todo fue controlado por los imperiales.

Los árboles se tornaron silenciosos y decidieron no moverse más. Los animales cultivaron costumbres agresivas y comenzaron, también, a devorarse entre ellos. Los tótems animales y los dioses se alejaron de los hombres, a pesar de las declamaciones de sus sacerdotes.

Unos pocos Celteach mantuvieron en pie su alianza con la tierra y los buenos compañeros.

Pero el tiempo pasó y la vida se volvió más corta, con lo que los recuerdos no perduraron, ni los pactos.

Con cada nuevo nacimiento, nuestra memoria se fue deformando y amoldándose a lo que la cultura reinante suponía como correcto. Hicimos nuevos pactos, olvidamos a nuestros viejos amigos, nos creamos nuevos enemigos.

Cada decisión que tomamos, cada orden que aceptamos, cada doctrina en la que creímos, moldearon nuestro patrón genético hasta alejarnos de nuestra verdadera misión en la Tierra.

Ocultamos nuestro Ser Puro en el interior, tan profundo que nosotros mismos no pudiéramos verlo, olvidamos lo que somos y nos convencimos de que la parte importante de nosotros mismos es nuestra personalidad mundana, la vestimenta que usa, las joyas que se cuelga, el licor que bebe.

Sin embargo, algo persistió en nuestro interior, y ese algo presiona para expresarse, a esa presión la llamamos angustia.

Y así vivimos. Cumpliendo los mandatos de personas que no conocemos y que dicen trabajar para nosotros. Creyendo en dioses que combaten entre sí proclamándose "el único dios verdadero". Aburriéndonos sobre todo aburriéndonos.

Y es necesario recordar para escapar de este error. El mundo no cambiará "de afuera para adentro", no habrá milagros de origen desconocido. Será nuestra conciencia la que recuerde y reconozca.

Para que esto suceda, deberemos recobrar nuestra sangre celta…

exclusivo para «S.O.S. Psicólogo»
Seonaidh Labhraidh



Porque la mayoría de la personas causan guerra,
y no la paz en sus vidas.
Porque sus corazones están vacíos y oscuros,
cuando tendrían que estar llenos de amor.
Será su ego que los domina
Y por eso causan tanto dolor.

Cuando sentimos odio, cuando sentimos envidia,
Cuando maltratamos a alguien…
estamos causando en ese momento
con nosotros mismos
enfermedades, sufrimiento, pobreza…
porque todos esos sentimientos y pensamientos
que son causados por nuestra ignorancia
explota como si fuera una bomba atómica
en nuestra vida y en ese momento estamos en guerra.

Que faltas habrán cometido en sus vidas,
para estar luchando consigo mismo
y no haber encontrado el camino a la paz.

Si queremos vivir en paz
intentemos vencer
nuestro ego
con toda esa virtud que guarda nuestra alma.
Empecemos por construir un mundo feliz
De sentimientos puros
y de pensamientos elevados.
Dejemos de alimentar a nuestro ego, y dejémoslo ir.
Y así seremos los vencedores de esta maldita guerra
entre nuestro ego y nuestra virtud
y así convivirá con nosotros la armonía y la paz interior.

Yo se, que todos podemos hacerlo
si nos dedicamos unos minutos
a querernos y a respetarnos
y así podremos iluminarnos.

Prof. Carla Manrique



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