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En el año 1832, en "Los destinos de la poesía", Lamartine escribió « Yo no veo ningún signo de decadencia en
la inteligencia humana, ningún síntoma en la conciencia ni de envejecimiento; pero si veo viejas instituciones que
se derrumban y de generaciones jóvenes a las cuales el soplo de la vida atormenta y empuja en todo sentido y
reconstruyen sobre planos desconocidos la obra infinita que Dios ha dado a hacer y a rehacer sin cesar al hombre: Su
propio destino.
¿Hay fatalismo en esta concepción? No simplemente una perfecta confianza en la Providencia. El hombre máquina no es libre de elegir su destino, el está solo frente a Dios. El hombre de esta manera, solo tiene el poder de dirigir su acción al interior de ciertos límites dinamizados por su grado de evolución adquirida. De todas maneras, al frenar ó acelerar su movimiento de renovación y conciencia él sigue estando bajo la voluntad de Dios. |
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Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti
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Llegaron las caricias del día luego del susurro nocturno y lentamente o apresuradamente nos preguntamos que nos deparan las próximas horas.
Sin señales protectoras que nos acunen, con el apresuramiento de responder a los apremios del quehacer cotidiano, emprendemos la caminata hacia un sinfín de trabajos y responsabilidades. Pero sin embargo nuestra respiración agitada o entrecortada nos advierte que nos estamos apurando, que no nos percatamos que estamos vivenciando nuestra presencia, que desenchufamos nuestra personalidad del espíritu. En los momentos o los instantes en que conectamos con nosotros mismos , con esa región infinita e intangible que también somos, no hacemos preguntas, simplemente estamos disponibles reparando en la energía de las cosas, de los seres animados o inanimados, embriagándonos de colores y vibraciones. En ese tiempo sin tiempo ponemos nuestra intención en concretar nuestros anhelos, deseos y necesidades alineando nuestra personalidad a nuestra alma. Esa alineación nos señala el propósito de nuestra encarnación. Un propósito entre tantas potencialidades que podemos desplegar si acompañamos nuestra conciencia con la atención puesta en ella. Conciencia que incluye el andamiaje psicológico, espiritual, profundamente perceptivo y en empatía corporal. Y podemos estar estudiando o trabajando en tareas domésticas o profesionales, en diferentes empresas o en forma independiente, o criando nuestros hijos y el propósito de nuestra encarnación está ahí al alcance de nuestro camino Propósito que nos alumbra en nuestra humanidad ser eso que siempre fuimos, somos y seremos luz que entrelaza el planeta tierra con el multiverso, inteligencias sensibles que sostienen el encuentro con las diferentes formas de vida. Y desde ese punto en nuestro camino se abren las individualidades y las diferencias y las potencialidades se nos muestran para elegir, si podemos, las rutas para nuestro andar. Ese «si podemos» es en virtud de que muchas circunstancias externas, o internas, se nos apropian de nuestra libertad, de nuestra voluntad, o de nuestra integridad. Y nuevamente esa luz que nos pertenece, ese espíritu que nos habita como aliento vital, nos empuja, si sentimos su fuerza, a revisar creencias, identificaciones, pulsaciones, recuerdos e imágenes que nos llevan a confrontaciones, rivalidades, arbitrariedades o agresiones dolorosas. Las elecciones individuales o grupales tienen el tinte agridulce que les dan las sociedades, las épocas históricas, las condiciones económicas, políticas, y culturales. Pero también es cierto que contamos con la ventaja del tic tac de nuestro corazón inteligente que puede organizar la alineación en nuestro ser. Y qué significa esa alineación sino esa respiración sencilla, profunda, conciente, que rememora en el hoy eso que nuestras células celebran: somos grupo, somos luminosidad, somos humanidad, somos los que volvemos y volvemos al planeta tierra para renovar la emoción, el pensamiento, el arte, la creatividad, el amor y la paz. Cada día simplemente cada día dirijamos nuestra intención, acompañemos nuestra conciencia entrelazando el planeta tierra y el multiverso a través de eso que somos: luminosidad, creatividad, y amorosidad. |
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Lic. Rut Cohen
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Hace años uno de los primeros pacientes que me tocó tener me enseñó sobre el comportamiento humano mucho
más de lo que aprendí en muchos años de carrera.
En mi entusiasmo por ayudar, viajé casi mil kilómetros para atender a este paciente. La situación era complicada y viendo la cuestión después de pasado el tiempo, me doy cuenta que a pesar de la supuesta patología, la urgencia no era premisa importante. La persona en cuestión era consciente de que había algo "anormal" en su comportamiento, al percibir que actuaba diferente a otros, pero no era consciente de la necesidad de un cambio en su vida. Su existencia le resultaba cómoda, muy cómoda, así que el mandato de cambio que experimentaba desde la mirada del otro, no era precisamente lo que le convenía como resolución de su vida. Ese punto es el que en mi inexperiencia no tuve en cuenta al momento de intentar intervenir en función de introducir un cambio. Uno de mis errores principales fue considerar que existe una normalidad a la que aspirar. Otro de mis sesgos fue creer que la monotonía de la cotidianidad era digna de ser cambiada en pos de una vida ·mejor·, mas cambiante y "divertida". Demasiados errores para alguien que comienza, y que tiene la ilusión de ayudar. Así fue que tratando de imponer una intervención en pos de lograr una "normalidad" y una alternativa a sus rutinas enfermizas lo que logré fue un pronto relevo de mis funciones. Mi paciente y su madre vivían en la misma casa. La señora trabajaba y el hijo no podía salir ni a la vereda de su casa. Esa era su normalidad y su cotidianidad. Mi idea era que ambos trabajen y sus rutinas estén sincronizadas con ello. Seguramente ningún psicólogo cometería semejante error, de imponer "su normalidad" a otros. Pero en mi torpeza inicial, caí en ese error. Para mi sorpresa a los pocos días de iniciar la terapia fui rechazado en forma estrepitosa con epítetos algo subidos de tono y la verdad es que quedé sorprendido y desubicado por varios días. ¿Cómo era posible que alguien rechazara ser ayudado por un profesional con buenas intenciones? Asimilando y acomodando mis experiencias y creencias, logré entender la situación y comprender el aprendizaje que me dejó esta experiencia. Muchos años después, creo que comprendí por propia experiencia, el valor de las rutinas y del propio estado de normalidad, para mantener la salud tanto física como psíquica. Las rutinas son un refugio psíquico en donde nos reconstruimos de los golpes de la vida. Un oasis donde podemos refrescarnos de la incertidumbre de lo inesperado, y un paraje donde el alma vuelve a su lugar. Comprender el equilibrio entre el aburrimiento y su contrario es en gran forma comprender las claves para el buen vivir. No conviene apagar la chispa de la vida con rutinas rígidas, pero tampoco es saludable vivir en permanente cambio si no se tiene una misión definida. Creo hoy en día que es bueno tener rutinas que se repitan cotidianamente, a modo de preservar un estado de reposo y equilibrio psíquico que nos sirva para acomodarnos a los cambios permanentes que tenemos que sufrir o disfrutar, ya que como dijo un filósofo hace mucho tiempo, lo único permanente es el cambio |
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Licenciado Alejandro Giosa
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Los cotidianos de las carreras de perros, cualquiera sea su raza, son ilegales en la provincia de Buenos
Aires, según el texto de la ley 12.449, pero pese a ello se realizan en varias partes del país, y los elegidos en los
canódromos son los galgos por sus condiciones para desarrollar velocidades importantes y por la agilidad propia de su
cuerpo atlético, cosa que quienes viven de ellos ponen como la perfecta excusa para considerar que estos canes
fueron "hechos" para apostar con su agilidad.
Desde hace un tiempo, los proteccionistas de perros empezaron a organizarse y agruparse en equipos de trabajo para solucionar definitivamente la problemática de los galgos en nuestro país, Argentina. Cada día son más los perros rescatados del abandono que padecen severas secuelas renales, neurológicas y motrices; sumadas a serias fracturas y al alto grado de desnutrición que en su mayoría poseen y en todo el mundo. ¿Cómo llegan a ese estado? Los galgos se convierten en objetos descartables. "Luego de un tiempo de ser utilizados y hasta drogados para aumentar su rendimiento, el cuerpo deja de tener el rendimiento que quienes viven del lucro necesitan, entonces ya no se dedican a mantenerlos". Como un cartucho de impresora, una vez sin tinta son tirados literalmente a la basura. Es ahí donde aparecen las manos de los miembros de las asociaciones protectoras de animales. Dentro de éstas organizaciones se cuenta con la colaboración de profesionales del derecho, y gracias a las redes sociales "se logra difundir el horror al que es condenado a vivir el galgo en su período "no útil". En ese preciso momento "inician acciones en cadena para desbaratar el negocio ilegal de las carreras, las apuestas ilegales y en algunos casos el de los laboratorios de productos específicos para galgos de carrera. Desafortunadamente, existen otros actos de crueldad que son ampliamente aceptados por la sociedad y quienes lo comenten son celebrados y festejados, como ocurre con las tradicionales corridas de toros, peleas de gallos y actos similares, defendidos a capa y espada por sus malinterpretados "orígenes culturales y/o tradicionales". Aunque muchos aseguren que la tauromaquia es un arte, éste es y seguirá siendo uno de los actos más cobardes de abuso y extrema crueldad hacia un animal que, sin otra opción, no hace más que seguir su instinto de supervivencia hasta el último aliento, en un acto bárbaro donde nunca es enfrentado en igualdad de condiciones y mucho menos tiene la opción de elegir su destino. Por si fuera poco, los amantes de este deporte dan justificaciones fisiológicas absurdas y falsas sobre las razones por las cuales éstos animales son heridos y mutilados, argumentando por ejemplo, que ésta es la razón de existir para los toros, y que los objetos que se clavan en su cuerpo sólo tienen la función de "ayudarle" a liberar la tensión. Para no entrar en más debate, omitiré mencionar la variedad de torturas secretas a las que son sometidos desde antes de entrar al ruedo, con el único fin de hacerlos menos peligrosos, predecibles y fáciles de dominar. Sin entrar en más dolorosos detalles de lo que a éstos y a muchos otros animales se les hace diariamente en todo el planeta, debo hacer hincapié que lo más preocupante es el ver cómo la gente disfruta de este tipo de actividades sádicas, haciendo caso omiso a lo que muy dentro de su corazón (si es que lo tienen), saben que está mal. ¿Cómo se puede disfrutar al observar el sufrimiento visible y atroz de un ser vivo? Afortunadamente, son cada vez más quienes rechazan por las mayorías sociales del mundo entero, y que cada vez ejercen más presión social para prohibirlas definitivamente. La mayor parte de las personas que justifican el maltrato y la crueldad hacia otros seres vivos, aseguran que es un derecho "divino" que los humanos tienen sobre las demás especies del planeta por su inteligencia "superior", cuando es ésta inteligencia y raciocinio la que debe distinguirnos del resto de los animales. Tristemente, esa inteligencia que privilegia a los seres humanos no ha sido debidamente aprovechada para hacernos conscientes del importante papel que jugamos en nuestro planeta, y sobre todo de la doble responsabilidad que tenemos por ser precisamente "seres racionales". No debemos callar ante el abuso diario que presenciamos hacia los animales, sin importar que sean domésticos o silvestres, grandes o pequeños. Seamos la voz de aquellos que no pueden hablar, pues si respetamos la naturaleza nos respetaremos a nosotros mismos. No debemos olvidar en ningún momento que la compasión y la empatía, son dones que nos hace ser mejores personas. No tomemos el maltrato de los animales como algo común porque ellos son seres con sentimientos, respetémonos. |
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Prof. Carla Manrique
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Estoy en Mar del Plata, una de las ciudades más lindas de Argentina. Ciudad balearia donde se une el conglomerado de gente de la Capital Federal. Familias de todas las clases sociales económicamente hablando, y digo económicamente porque en Argentina todo depende del dinero, el vil metal que inexorablemente debe girar para que todos estén bien, olvidando que lo principal es "estar y ser sanos", pero no existiría "mi cotidiano" ni "el tuyo", ni "el de aquel" sin la moneda diaria y claro que ¡sí! ¡Cotidiana! Desde El César, desde el siempre. Ayer, mientras estaba en la playa sola pensando en mis propias circunstancias, y lo más objetivamente posible, que para eso vine, revoloteó en mi memoria, mi juventud cuando transcurrían los años 80. Creo que ocurrió cuando vi a un niño parapléjico, consciente de su enfermedad y guiado en su silla por su madre. Entonces aquellos años se instalaron en mi memoria, en la retrospectiva, aquel Arcón del Sastre donde se guarda todo, pues será usado nuevamente. Tal vez fue por la dimensión de las olas, que me resultaban pequeñas para saltar y que sin embargo eran tan interminables para los niños; y sus gritos y carcajadas fueron el escape del recuerdo. La vida es un constante repetir de sucesos. Es fácil detectarlo, hacemos los movimientos rutinarios día tras día, pues simplemente recorremos los mismos lugares, usamos los mismos medios de transporte, nos movemos con los mismos horarios. Nos vestimos a la misma hora y nos lavamos los dientes con la misma frecuencia de cepillado diario. La historia, la vida misma, la propia historia es constante y a su vez en movimiento. Las personas vamos a la playa, salimos del mar, jugamos de niños y hacemos en el veraneo las misma cosas que antaño, cambiamos solamente el balde de plástico del niño por uno de siliconas, la gorra de baño por una bincha o hebilla que se parece más a un broche de colgar la ropa que a un artículo femenino, justamente para lucir femenina. Nada cambia, los hábitos son los mismos, rítmicos, y al paso de los años. Así apareció asociada con el niño parapléjico, una compañera de trabajo que deseó mucho tener un hijo. La hija vino al mundo pero con una enfermedad que la mantendrá discapacitada físicamente de por vida. Su madre tiene que vivir hasta su muerte sabiendo que su hija no tiene cura, pues la enfermedad es el síndrome de west, una encefalopatía que tienen los niños desde su nacimiento, descubierta en 1841, pero poco nosotros sabemos de ella. A ésta madre no habrá circunstancia, nada cambiará en el transcurso de su vida, solo podrá calzarse "sus" zapatos que tanto le deben de doler y sentarse a esperar algo, algún cambio que no ocurrirá. Su vida pasó a ser estanca, algo que nadie imagina, porque tenemos planes, vida cotidiana, futuro e hijos que continuarán haciendo lo mismo que nosotros, serán mejores personas tal vez, pero todo cambiará y para ella no. Comenzaron a mezclárseme las ideas, y a considerar que mi cotidiano no existe, existe un cotidiano común y universal. Una sucesión de hechos en el pasado, presente y futuro. No puedo imaginar "mi cotidiano", lo considero en constante movimiento con "los otros". Un cotidiano independiente no existe, uno no vive en una caja de zapatos ni en un quirófano y esto es la diferencia que tenemos con quienes no pueden insertarse en el cotidiano universal, como mi compañera de trabajo o la madre con su hijo parapléjico en la playa. Así llegué a 1980, para ese entonces, yo era una adolescente. Con una amiga habíamos decidido realizar alguna actividad altruista, por ser una virtud, algo que nos supere como personas, o quizá sea simplemente hábito para convertirse en una doctrina filosófica en la que decidimos estar encomendadas. Comenzamos a frecuentar el "Hospital de Niños San Juan de Dios" especializado en el tratamiento de niños y adolescentes flagelados por aquel mal indecible "la poliomielitis", enfermedad causada por un virus que ataca principalmente a los niños y que no tiene cura. Inicialmente San Juan de Dios, fue un hospital en Granada, España fundado en el año 1550 como Orden Hospitalaria San Juan de Dios, obviamente no por especializarse en la poliomielitis que en aquella época no se sabía de su existencia ¿o si ? Una vez por semana y siempre a la misma hora, asistíamos al hospital, y nuestra tarea era entretener a los chicos y ayudarlos en su cotidianeidad. Ese cotidiano ajeno, había pasado a ser el nuestro, el mío, "mi cotidiano", el que llamo "universal". Los chicos que sufrieron la poliomielitis, en su gran mayoría tienen afectado los miembros superiores, pero sus piernas pueden moverse hasta un cierto límite. Muchos de ellos son conocidos como "los pintores sin manos" que realizan maravillosas láminas en acuarelas, que hoy día ya no se consiguen ni se sabe de ellas. Mi tarea oficial, indicada por uno de los Sacerdotes a cargo, era ayudar a los chicos a acomodar las acuarelas: el orden para los colores, el agua, los pinceles, de modo tal que ellos los utilizaran sin dificultad. Reconozco que mi primera impresión fue terrible y que quería salir corriendo echada en un pánico imposible de soportar - ese pánico lo volví a sentir cuando mi compañera de trabajo comunicó la enfermedad de su hija- pero me quedé y ayudé, y vi, y observé todo a mi alrededor. Y el pánico se convirtió en maravilla, al ver cada día al llegar a los chicos cómo esperaban ansiosos nuestra visita, sus ojos de felicidad, sus "gracias" entre cortada por la fuerza que debían realizar para hablar. Y una vez hecha mi tarea, ellos hacían una oración, mientras yo me preguntaba dónde estaba Dios (como me lo pregunto ahora con mi compañera de trabajo) pero ellos hacían su plegaria conscientes que todo viene de Dios. El empeño que ponían en el trabajo, la cantidad de hojas que tirábamos a la basura porque ellos nos indicaban que estaba mal, que debían rehacerlo y nosotras volvíamos a poner la tela en el bastidor mientras ellos, ante mis ojos, repetían ese trabajo cada semana en un constante arte y ese arte era una plegaria. A ésta altura de mi vida me conformaría si fuera permanentemente consciente que todo viene de Dios, pero vivir mis circunstancias y mi tránsito en éste mundo, como si todo ello dependiera de mí, y que todo el trajinar cotidiano, pudiera convertirlo en una oración. Pero Dios ¡hace que mi oración me cueste trabajo! |
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Silvia Stella, abogada
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