Encanto de viajar, evasión, excursión, peregrinaje, exploración…

Todas las modalidades de viajar tienen su encanto y pueden ser utilizadas según el gusto y la intensidad del deseo.

Las caminatas, las etapas, el recorrido de las iglesias y también el estudio de edificios sagrados…

"Variedad, tal es mi divisa" nos confiaba La Fontaine

Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti



¡A mi este tema que soy la viajera que no para jamás!

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Cada año un nuevo horizonte para descubrir sin saber nada antes de ir sobre mi destinación. Un lugar a descubrir a partir de mi ignorancia deseada para dejarme sorprender.

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¡A mi este tema que soy la viajera que no para jamás!

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Pero un día de un verano declinante te conocí y me volví sedentaria contigo y viajera también pero juntos.

Mi vida está llena de esos viajes interiores que hemos hecho los dos hacia nuestras almas de errantes soñadores.

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Vivimos cada país como un lugar para establecerse. Entramos en el alma de las culturas y de los pueblos para conocerles, comprenderlos y domarlos.

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No podría hacer la lista de nuestros viajes. Hemos recorrido una buena parte del mundo y por eso solo hablaré de las imágenes que me llaman en este día.

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Por ejemplo, los 28 vuelos internos en África del Sur que me llevo a apreciar los cocodrilos y los safaris nocturnos entre el leopardo devorando su presa en la rama de un árbol mientras las hienas esperaban el resto del festín alimentándose de las tortugas que pasaban como aperitivos.

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Las minas del Rey Salomón en el límite entre Israel y Egipto… y siempre la eternidad manifestándose en nuestros sueños de los exploradores que fuimos y seguimos siendo, vos con tus ancestros arqueólogos y yo con mis ancestros conquistadores del mundo: los romanos.

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El tren entre Moscú y Bakú en Azerbaijan. Todos los días enterraban en el cementerio de la ciudad los soldados muertos en el enclave del Karabaj y los pozos de petróleos en el mar Caspiano y las noches iluminadas por el gas encendido que sale de la tierra.

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Y el ano nuevo en el hotel del Lago de Tiberiades en Israel!

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Y Honduras con sus playas y la belleza de Roatán con su arrecife de Coral y sus iguanas gigantes, y Copan, el Paris de los mayas.

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Y esta claro que somos ciudadanos del mundo.

Y el Japón seductor en su silencio riquísimo entre las sonrisas de sus hombres y las flores de cerezos en el mes de mayo, y que diferencia increíble entre el Japón y Corea del Sur. ¡Tan cercas y tan lejos!

Seúl es una imagen aparte: Amar o deteste. En el centro de la ciudad los ómnibus se acumulan el transito es lento, pero sorprende de pronto el camino hacia la montaña. Los árboles en cada costado del camino se suceden: uno con flores azules y el siguiente con flores rosas y asi simbolizando el principio masculino yang y el fémino ying.

Y la Chine, de Beijing, de Pekín, con su templo del cielo donde puede imaginar que era el final de nuestro viaje en la tierra porque yo no deseaba volver.

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Y mi amado Tíbet donde encontré el alma de mi filosofía de la vida.

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Y nuestro campo en Argentina con un río que lo atravesaba y se llamaba "La Tigra". Ya no es más nuestro, se vendió.

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Y la tumba de Lázaro en Betania, Israel! Marqué mi nombre sobre ella posa que un día mis herederos puedan relacionar simbólicamente la resurrección de Lázaro y el nombre de su madre como un testamento de inmortalidad.

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Y la plaza roja de Moscú en Rusia. Allí pasé cinco veces enfrente de la momia de Lenin y guardaré su imagen para siempre ya que no existe más.

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Y las navidades en Londres comiendo en los barcos Mouches y nuestro Hotel en Westminster enfrente de Tiffany y Bath que yo adoro y Stonehenge.

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Y las playas sublimes de Deniskese en Chipre turco con los rostros de los pasajes de todas las culturas, incluso el Castillo de Otelo, el Moro de Venecia.

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Y el Cuerno de Oro en Estambul, Turquía… y el harén… Tocapí.

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Y mi pollera rosa entre las piedras del Coliseo romano en Italia.

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Nada a esperar de coherencia en mi relato porque es descripción de mis flashes.

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Y la Costa Amalfitana y Capri y Nápoles y Sicilia donde nos juramos amor eterno. Ese fue nuestro primer viaje juntos. Y el último por el momento fue Noruega y nos bañamos en los fiordos… e Irlanda donde no pudiste bañarte ¡Tanto llovió! ¡Pero lo compensamos con nuestra sublime intimidad!

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Vos me decís como yo te digo que los viajes continúan y que vos lees las guías de turismo antes de ir mientras que yo solo se lo que vos me contas, pero retengo los colores de los cielos, las imágenes, los paisajes… el azul diferente de los mares y los cielos como el azul cambiante del mar rojo, los cielos de los desiertos y el de Miramar a partir de nuestro departamento del piso dix y seis que es un adelante del paraíso y eso me hace pensar en la Sirenita de Copenhague.

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Recién recordé Irán. El vuelve a mi como las ruinas de Pompeya en Italia. Y el viaje en Irak… y paso aquí digamos de que estuvimos en Babilonia y en Nínive y que comimos pescado asado en el límite entre el Tigris y el Ufrates y que el al regresar hotel en el piso 11 de el Harun Al Rachid la tierra tembló. Partíamos el día siguiente.

Tal vez un pensamiento relámpago me atravesó: el deseo de desaparecer juntos en el vientre de la tierra.

Un sublime entierro de amantes sin dejar trazos.

Perdón por esta fugaz fantasía pero la imagen tiene el gusto de una eternidad compartida.

Hecho en Paris el 27 de abril del 2016.
Silencio!
Hace frio y delante mio hay una foto de nosotros en el Transvaal.
Es de noche.
Hay una fogata encendida
y escucho la música de la cual te hablé que se llama "Viajera".
Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti



Mucho de lo que me ocurre me sucede en bicicleta. La bici es un artefacto maravilloso que nos permite viajar por la ciudad a una velocidad justa -integrados al paisaje- y admite la posibilidad de registros mínimos y tal vez por ello inolvidables.

Subí por el acceso a un garaje de puertas castañas casi despintadas por el sol, yendo a mi sesión diaria de natación en Splash, un natatorio en Colegiales refugiado en la sede social del Club Chacarita Juniors.

Anduve un par de metros para llegar al bicicletero donde a modo de modernos palenques dejamos nuestras cabalgaduras los arriesgados ciclistas urbanos.

Pasé junto a un muchachito vestido con ropas del Correo Argentino -no diría que agraciado- moreno y esmirriado. Llevaba en la mano un paquete donde se adivinaban media docena de facturas que pugnaban por exhibir su presencia en las manchas de aceite que generaban a través del burdo papel.

Se paró junto a una puerta de madera, esas mismas que antes lucían llamadores de bronce con forma de mangos o manos portando una bola que golpeaba la madera y que -como casi todas las de su especie- han desaparecido de la ciudad tal vez por su valor en bronce o llevada a algún stand de antigüedades de una feria artesanal.

Me bajé para encadenar la bicicleta y a un palmo mío escuché:

-Ring- el joven llamaba apretando el botón del portero electrónico agregado al marco de madera.

Silencio.

Repitió el llamado.

-Riinngg-

Del altavoz surgió una voz femenina.

-¿Quién es?-

-Soy yo- respondió alegremente el muchacho encendiendo una sonrisa en su rostro, seguro de haber sido reconocido por su amada.

-¿Quién?-

-¡Soy yo, tu amor!-

Un nuevo silencio que se me antojó larguísimo.

-¡¿Quién?!...-

Concluí apresuradamente de atar mi bici e ingresé al Club omitiendo mirar deliberadamente al galán de las facturas.

Fuimos juntos, Graciela y yo,
a realizar nuestras carreras de sociólogos
y seguimos estudiando la vida que pasa.
Eduardo Baleani, sociólogo



Caminamos, trotamos, corremos…

Siempre pintamos…

Las imágenes que nos constituyen son nuestros viajes.

Los sueños que nos inundan son nuestros recorridos.

Las fantasías que nos representan son nuestras potencialidades.

Siempre viajamos.

Al interior de nuestros días y al exterior de nuestros años.

Viajamos en los ensueños y aprendemos a volar.

Vidas pasadas que nos conducen a senderos rememorados y olvidados.

Vida en movimiento que interviene en las articulaciones de la ciudad cotidiana.

Vamos y venimos en un ascensor multidimensional a la fluidez de lo sutil y al grosor de lo tangible.

Y nos detenemos en pinturas que pretenden ser idénticas todos los días y a las mismas horas.

Tenemos el don del recuerdo y la fuerza de la emoción.

Tenemos un cuerpo ágil y luminoso que nos lleva por calles y avenidas aún sin caminar.

Nuestra mirada es la visión del fotógrafo que inmoviliza el instante elegido.

El pensamiento elige un viaje agotador que pretende conocimiento total y global.

Y una conciencia con el límite de lo posible y el placer de lo que acontece.

La paleta colorida de un inconsciente liberando imágenes para que proveamos palabras precisas.

Esos viajes tan apreciados cuando los comprendemos y tan angustiantes al repetirse con amenidad.

El ticket del avión inscribe un destino.

Nuestros pasos se apresuran hacia lo novedoso que aprecia eso tan antiguo que cada piedra inmortalizó.

El boleto del tren aterriza en estaciones artesanales y anónimas que nos invitan a descender.

Y vamos aprendiendo a liberar la imaginación y a restituir la inocencia de la mirada del niño/a que siempre nos habitó para descubrir los pueblos que son nuestros y las civilizaciones que ya no fueron, que son y que serán.

Por momentos tanto deseo que saber que sucederá…

Respiramos un aire puro dando lugar a otro deseo.

Deseo de elegir los colores, las témperas, los marfiles, las arcillas, los pinceles, los acrílicos, los lápices y las carbonillas.

Viajamos pintando diariamente, en cada emoción, cada sentimiento, cada pensamiento, cada accionar, recuperado el artista que siempre fuimos, somos y seremos.

Viajamos en los papeles, las escrituras, las danzas, las esculturas, en cada paso de nuestras vidas.

Dejamos estampadas las esperanzas, los anhelos, las ilusiones, nuestros quehaceres, nuestros fracasos y logros.

Siempre viajamos.

Al recorrer pueblos y ciudades.

Al internarnos en nuestro decir.

Al bañarnos con recuerdos, actualidades y potencialidades.

Viajamos porque vivimos y somos eso que somos.

Caminantes del multiverso en el planeta tierra pintando la vida y alumbrando caminos.

Lic. Rut Cohen



La esencia de la vida es el viaje. La vida es un viaje. Un viaje que de acuerdo a las creencias que uno tenga, podría ser de "la nada" hacia el mundo, o bien del mundo del espíritu al mundo material, o de la forma que uno desee verlo, pero lo cierto es que en el nacimiento comienza un nuevo viaje que termina cuando dejamos el cuerpo y ahora también, de acuerdo a lo que creamos, sería el fin y comienzo de uno nuevo hacia otros horizontes desconocidos.

También como se suele decir en el mundo espiritual, así como es "arriba" es "abajo" y la vida se compone de sucesivos y superpuestos viajes por donde nos "arrastra" la vida.

Pero de esos viajes no podemos hablar mucho porque sería imaginar cosas que podríamos discutir hasta el hartazgo y no ponernos de acuerdo. De lo que sí podemos hablar es de los viajes que hacemos en la vida.

A mucha gente le gusta viajar. A otros les gustaría viajar pero no lo hacen, pero me llama la atención aquellos que no pueden vivir sin viajar, sin cambiar permanentemente de lugares, como los antiguos marinos cuyas vidas eran viajes interminables por los más disparatados lugares del mundo.

Ellos son los que me hacen interrogar sobre la finalidad de los viajes, y la vida como viaje interminable. Y me refiero a la vida como forma de transitar por lugares espirituales o emocionales ineludibles en toda existencia.

Nadie puede evitar viajar. La vida nos hace caminar por caminos de emoción, pensamientos, sufrimientos y alegrías.

Vivimos viajando por los laberintos que se arman entre la mente y el corazón, entre los goces y las penas, el bienestar y el dolor.

Algunos viajamos por los mundos interiores y también por el mundo exterior. Disfrutamos y renegamos con ambos, pero son parte del aprendizaje que venimos a hacer en el viaje de la vida.

Lo interesante es cuando el viaje es un recorrido interior combinado con el exterior. Muchos de nosotros salimos al mundo exterior para encontrar el mundo del espíritu.

Así fue como me pasó cuando hace unos cuantos años atrás, buscando encontrar un lugar de altas "vibraciones espirituales" salí en busca de un lugar mítico ubicado en las sierras del interior de mi país.

Como en todo viaje me encontré con personas y lugares que prometían ser lo que no eran y después de recorrer muchos sitios que la gente cree que son "de altas vibraciones espirituales" no encontré lo buscado al menos en mi percepción espiritual de las cosas. Como pasa con todas las nuestras búsquedas no siempre encontramos donde buscamos. Y también me encontré con lugares que parecían no ser pero con personas que sí eran como faros de luz para el espíritu. En definitiva lo que me pasó es que en los lugares donde busqué no encontré y sí lo logré donde menos lo creería: en plena ciudad de uno de esos los lugares que visité.

Allí fue donde conocí a un señor mayor, al que le alquilé un departamento para pasar unos días. Nuestro trato empezó esa noche en que me disponía a cenar en el jardín y él se ofreció a ayudarme a armar la mesa. Lo invité a cenar y después de hablar de temas varios y asesorarme sobre los lugares a visitar en su ciudad, empezó, de repente y sin conexión con los temas anteriores, a decirme que la educación era importante para la vida en sociedad, pero que también había que mantener un espíritu crítico sobre lo que a uno le enseñan porque sino lo que podría ser útil, se convierte en un dogma limitante a la hora de aplicarlo a la práctica. Siguió diciendo que eso pasaba especialmente en el ámbito de la psicología. Hasta ese entonces no habíamos hablado de mí ni de mi profesión así que me llamó la atención la alusión que estaba haciendo. Yo le dije que lo del espíritu crítico lo veía bien, pero que al apoyarse en lo aprendido en los medios formales de educación uno tenía la ventaja de contar con una comunidad de pares que otorgarían seguridad teórica en el trabajo, además de hablar un mismo lenguaje técnico y poder compartir experiencias y tratamientos.

Me dijo que si la misión es ayudar, la teoría nos limitaba y al final de cuenta nos alejábamos de la meta que buscamos. Por eso en los temas de la psique mejor era estar atentos y no atarse a ningún paradigma, ya que la mente humana tiene aspectos inexplicables que nos obliga a estar flexibles en la observación y considerar reacciones que no siempre se relacionan con lo esperado.

Estuve varios días allí y las charlas fueron cada vez más profundas sobre éste y otros temas sobre los que es posible que alguna vez siga escribiendo.

Este fue un viaje que albergó otro viaje interior que fue signando mi vida y mi profesión y lo sigue haciendo.

Licenciado Alejandro Giosa



Los viajes me resultan una suerte de desorden en constante equilibrio, un vértigo que dura lo que dura un check in, y finaliza cuando llego a mi hogar. No veo algo más bello para romper la rutina, tanto del amor como del trabajo y aún en esa inestabilidad me produce una alegría tan grande que me saca el corazón a la vista de todos, me enamoro de los lugares antes de conocerlos, por el solo hecho de que sé que a ellos llegaré cargada de amor compartido.

Tal vez, esto le ocurra a todo aquel que viaja, pero es que sin sentir éste ímpetu cuando toco un ticket de viaje con mis manos, no sería el placer que significa.

Viajar me demostró que, al contrario de lo que pensaba, tengo poder de adaptación a cualquier lugar y circunstancia. Cuando digo esto, pienso en los viajes a Centro América y el recorrido por las Ruinas Prehistóricas, que a pesar de todo su encanto y misterio, me he congelado la sonrisa, para no demostrar al guía de turismo lo aburrida que estaba. Aburrirse en un viaje es placentero y un privilegio, formando parte del contexto y su permisividad. Estaba cansada de tantas ruinas y tumbas y muertos que hacían relucir a mis ancestros de orígenes europeos, como mi madre que consideraba un acto criminal agujerearse las orejas para colgar aros. A pesar de todas esas sensaciones, pude disfrutar del viaje y de mi propio enojo al llegar al hotel con tierra hasta en las pestañas como expresión de mi cansancio.

Por eso supongo, no me pasó así cuando estuve en el Louvre que me quedé 12 horas seguidas festejando mis ojos, estaba muy cansada, me tiraba en el piso junto a otros viajeros ese recorrido lo hice sola y descansábamos hablando en diferentes lenguas, compartiendo una gaseosa y un bocadito dulce a escondidas de los guardias y metiendo en nuestros bolsillos hasta la última de las miguitas para no dejar rastro de un espíritu adolescente que yacía en nosotros y que yo allí pude descubrir que viajando te sale el niño que llevas dentro.

Jamás olvidaré mis viajes, que por cierto no son pocos, he recorrido muchas ciudades a pie durante horas. Nueva York, Washington, Filadelfia, Boston, Toronto, El Caribe, Perú, Chile, Brasil, Uruguay, Madrid, Paris, Versalles, Marruecos, Londres, además de ciudades de Argentina y tantas otras que no quiero olvidarme de ninguna pues a todas les rindo tributo por lo aprendido y aprehendido.

Lo insólito de viajar es que al regreso recuerdo las sensaciones más que el lugar, como me pasó cuando vi por primera vez la Tour Eiffel:

¿Te gusta? ¿Qué sentís?

Que ya no puedo más de agradecimiento, se me va a salir el corazón.

El tránsito de un viaje es toda presencia que muere cuando se convierte en recuerdo donde rememoro cada momento, cada segundo en el que soy más feliz con los pies en movimiento que con los pies en la tierra.

La Estatua de La libertad delante de mis narices fue la expresión más vívida que tengo de viajar. Estaba yo con mi novio, cada quien miraba lo que quería desde ese Ferri. Pero cuando llegamos a la Estatua, los dos nos miramos sorprendiéndonos el uno al otro con lágrimas de emoción, a pesar de que él ya había ido muchas veces. Esa sensación la llevo a todas partes a donde voy. Fue tan fuerte que creo, en mi vejez será lo primero que contaré cuando me pregunten sobre mis viajes.

Hay algo muy cierto y es que a nadie le gusta ver fotos de viajes de otro. Y no es mala voluntad es que se ven momentos solidificados en el tiempo en el que uno no estuvo presente, no formó parte, no tiene contenido. Todo lo que contamos a otros de nuestros viajes resultan meras irrealidades para el otro y pasan a ser analogía de las realidades de ellos, perdiendo el sentido de lo que estamos contando.

Sin embargo, yo tengo con quien compartir mis viajes a mi regreso. Y es mi amiga Victoria, que disfruta de ellos sin envidia y yo de los de ella. De ese modo logramos que el viaje dure más subidas al avión de los recuerdos. Porque coincide que para nosotras el placer no está en ir a un lugar en particular sino en ir por puro placer de hacerlo.

Ella fue mi cómplice en mi primer viaje al extranjero:

¡Estoy en el extranjero muerta de miedo! ¿No sé por qué me convencí de venir?

Silvia, estás en Uruguay, eso no es el extranjero, para un Argentino son solo 40 minutos de viaje.

No sé, me quiero volver.

Y era cierto, aquel viaje fue en principio una pesadilla, pero luego y con el transcurso de los días ocurrieron tantas cosas que se convirtió en imborrable.

Yo siento que viajando puedo ser yo misma, calzo en la valija la ropa que más me gusta, me maquillo como mejor me place y voy abrazada al amor como si fuera mi única maleta, libre de peso porque la felicidad no tiene kilómetros ni kilogramos.

Todas las ciudades del mundo tienen su «vista panorámica». La que más me impactó fue en una ciudad, también en Centro América donde hice dos horas en auto para llegar a la cima y terminar viendo un conglomerado de casas humildes y techos de diferentes colores y de tiempos inmemoriales y también allí, congelé mi sonrisa para disimular mi consternación y aprendí que todos te muestran lo mejor y que debes ser respetuoso por muy raro que te parezca.

No puedo olvidarme de los viajes de la infancia, y los de la adolescencia en Miramar. Allá se confluyen los vientos por la zona donde está ubicada en el Atlántico. Entonces tiene la virtud el mar, de que sus olas rompan con tanta fuerza que te ves obligada a levantar la voz, para que te escuchen cuando caminas en el atardecer, envuelta en una bruma tenue. Recordarlo me hace aguantar la respiración en un lamento atravesado en mi garganta.

A veces, me subo al autobús de la alegría y desciendo en la esquina donde fui admirada y amada en mi juventud, siento en los pies el rigor de la arena, palpito el viento fuerte que corta mi cara, le doy un beso a una nube que tiene rostro de bebé recién nacido y me subo al avión de la realidad con destino a mi hogar.

En fin, la vida fue muy distinta a la planeada en aquellas playas. Esos viajes estaban a las órdenes de un afecto hambriento y con la imaginación podía cubrir lo faltante, hasta que me percaté que aquella bella ciudad fue tan solo un proyecto.

Lo irónico de todo esto es que al dejar los viajes de mi juventud, sé que esas alegrías no volverán y en lugar de insistir en el pasado, prefiero recorrer nuevos horizontes todo el tiempo abrazada al hombre de mi vida o tomados de la mano y a veces en silencio y otras tantas somos protectores de anécdotas.

Los viajes me hacen sacar conclusiones:

El viaje comienza cuando hacemos la valija.

La comida del avión puede llegar a ser intragable.

La valija siempre es pesada y siempre me olvido de algo.

Es tan divertido hacer la valija a la ida como para el regreso.

Encontrar la valija en el aeropuerto es un verdadero milagro.

Me puedo perder en un aeropuerto, pero tengo boca para preguntar.

Por muy 5 Estrellas que sea el hotel, debajo de la cama siempre hay tierra.

Nunca hay perchas suficientes en los hoteles.

Viajar nos enseña a saber que no se puede tener el control de todo.

Y finalmente, no hay nada más lindo que volver a casa, comer una buena pizza con cerveza con la excusa de la heladera vacía, mientras comenzamos a planear el próximo viaje apoyando la cabeza en la almohada que huele a nosotros.

A Victoria le debo la fuerza puesta en mi primer viaje fuera de Buenos Aires como empujón a una nueva vida, que en aquel momento comenzaba a vislumbrarse pero a mí me costaba asumirla.

Al hombre de mi vida le debo los viajes, la vida compartida, las maletas llenas de recuerdos. Le debo lo mejor que me llevo en éste mundo, mi mayor tesoro.

Si no fuera por él, hoy no tendría qué transmitirles en éste relato.

Silvia Stella, abogada



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