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Releyendo mi artículo escrito sobre la armonía el 7 de marzo 2013 me sorprende la
diferencia porque hoy día mi atención sobre el tema se reduce a una pregunta: ¿Como puedo retablecer
la armonía en misma si estoy en estado de caos?
Muchas cosas pasaron últimamente que han que amenazaron y atacaron mi paz interior. Dos amigas partieron al alta de su medio siglo dejando familias y amigos huérfanos. Yo me viento así. *** ¡En mi misma estoy en caos! Debo hacer muchas cosas administrativas, debo comprometerme a tomar decisiones, tengo que reencontrar la luz de la razón pero me falta el coraje. Mis sobre esfuerzos no duran lo suficiente como para ser choques complementarios y producir la energía de la acción necesaria. Desearía sentirme estimulada por vuestras reflexiones sobre el tema. *** ¿Como puedo buscar la armonía si todavía no acepté mi caos interno como para acompañarlo hasta que se vacíe de sentido? Solo entonces podré saber lo que queda en mi a interrogar. *** Trataré de describir mi caos para comprenderlo:
La última oración me aporta une cierta luz. Creo haber expresado las faltas de sentido de mi estado de alma actual lo que surge es que el sentimiento de estar al lado de mi vida no es tan absoluto porque renazco de mis cenizas gracias a la transmisión. Es dando que yo existo y salgo así de mi caos. *** Con respecto a poner y por dónde empezar siento que lo estoy haciendo, gracias a esta grafocatarsis que me saca de la confusión. Entonces no es más una pregunta sobre el verdadero y de falso sino asumir una posición nueva, posición de conciliación de los opuestos, que relativizaría mis excesos de humor y calmaría mi centro emocional. ¿Con respecto a no diferenciar claramente el amor del odio? La pregunta queda en suspense porque es la más difícil. Creo que en mi vida he amado pero sin ver que los otros eran valorados según mis proyecciones sobre ellos y la mecanicidad de mis fantasías e ilusiones. ¡Por el momento no puedo avanzar más! El odio, si bien claro, pero porque el perdón existe pero el olvido no. *** Mi corazón bate muy fuerte. Realicé el sobre esfuerzo. Veo el caos ahora pero como realidad concientemente objetiva. Ahora la situación no es ni toda blanca ni toda negra. Los dejo hasta el próximo encuentro. Voy a la misa con mis últimos cuestionamientos. La paz llega dulcemente a armonizar mis opuestos.
Escrito en Paris el 24 de noviembre 2013 a 18 horas
en medio de un sufrimiento del ser en mi, pero estoy ligada a Dios luego la armonía emergerá cuando yo acepte verdaderamente y sin reservas el caos. El 24 de noviembre 2013 a 20 horas está hecho dejé el resto de mi caos en las manas de Dios, humildemente. Siento que la armonía vuelve a mi. |
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Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti
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Cerca de los álamos, estoy sentada junto a una ventana. Escucho al interior el concierto 34
de Mozart, ti recuerdo. Los árboles parecen danzar el concierto.
Yo vengo de la armonía que creaste en mi en nuestra ardiente y salvaje juventud cuando ni siquiera teníamos niños. Yo vengo de la armonía de nuestro cuarto en Córdoba, de mis helados de crema, de mis barras de chocolate y de mi cabeza sobre tus rodillas de donde anidé mis sueños los más bellos. Vengo de nuestros domingos prolongados; los atardeceres de la misa y el canto de los coros y me estoy durmiendo otra vez para no perderte porque juntos fuimos y somos la armonía. Vengo de cuarto en el Ático, del perfume de los muebles de madera y del paisaje del campo a través de la ventana. Vengo de la casa en la noche, de la respiración del silencio, de los murmullos y las pesadillas que produce el reloj de péndulo. Vengo del pan dorado en el horno y de las botellas dormidas en la cave, de vino rojo, tan rojo que ni se parece a la sangre pero que no deja de ser sangre. Vengo de vos como vos venias de mi y en nuestra armonía recreamos la eternidad y en fin, vengo de Córdoba, de Buenos Aires, de Olivos, de Belfort, de Paris y todo los puntos se acuerdan en el mapa de nuestra vida.
Hecho en el Marquesat
mientras contemplo a través de la ventana el Castillo de Castelnau y es el 3 de noviembre del 2013. |
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Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti
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Durante mucho tiempo armonía se equiparó a quietud, tranquilidad, belleza y serenidad.
Sin embargo vamos viviendo, vamos caminando y encontrándonos en situaciones y vínculos en los que los movimientos y los andares son ondulantes y tumultuosos. Y en algunas de esas oportunidades una sensación de bienestar nos embarga cual si hubiésemos habitado la tranquilidad. Si comprendemos que cada encarnación vivencia con mas o menos conciencia los saberes y las complejidades de otras culturas, otros enraizamientos y otras vinculaciones, nos cobijaría esa ondulación cual una madre bondadosa que nos acuna cada anochecer. Musicalmente la armonía está vinculada al lenguaje vivencial de los sonidos que tal como la belleza, son ideales compartidos y admitidos en épocas determinadas. Nos miramos y nos sentimos en la dimensión específica de nuestro cuerpo físico que anuda el cuerpo emocional y el cuerpo mental con lazos mas o menos amables, según podamos complacer la alineación necesaria para sentirnos livianos y tranquilos. Pero nuestro ser no es tranquilo. El multiverso está en continua transformación y expansión. Nuestro ser es parte de ese multiverso en continua transformación y expansión. Y tal vez a costa de querer vivir en la inmutable seguridad de lo conocido aprisionamos nuestro ser al no permitirle expresarse en la diversidad de las expresiones de esa misma transformación. ¿Pero lo nuevo expresa siempre transformación y expansión? Hay deslizamientos y metáforas que dialogan en un incesante vaivén. En ese vaivén introducen un espacio silencioso y múltiple que circula licuando lo conocido y augurando, aún sin hacerse presente, una mirada posible que amplia y circunscribe a la vez lo vivido. Cuando expresamos nuestra potencia, nuestro empoderamiento, ya sea en nuestras acciones, o en nuestros pensamientos o en nuestros sentimientos, un tic tac físico se impone en un ritmo desconcertante. Ritmo desconcertante porque su cadencia es otra a la constante en la que permanecemos generalmente. Y ese salto gimnástico de nuestro ser nos libera y nos lidera. ¿De qué y de quién? De alguna sombra insistente que nos acompaña con modorra acurrucada en el sillón cómodo heredado sin elección. Libertad y elección de nuestro recorrido seguramente conllevan discontinuidades y alternancias, visiones caóticas del presente y el futuro simplemente por ser silenciosamente desconocidas. El silencio no siempre es eso llamado armonía. El silencio es la explosión de lo múltiple. Y lo múltiple es como una lluvia de sorpresas que desconcierta y deslumbra en el mismo instante. Eso siniestro que tanto tememos es tan sólo un encuentro con lo estático y con la desagradable impotencia de la sumisión de una encarnación sin colorido. Disfrutar de nuestra encarnación es sin duda un encuentro con la armonía. Es en esa constante expansión y transformación del planeta tierra, al que hoy pertenecemos, y del multiverso del que siempre somos parte cuando la armonía se presenta. Es esa armonía lo que nuestra personalidad anhela y nuestro ser constantemente expresa en su devenir. Armonía y disfrute de nuestra encarnación, a pesar de los inconvenientes que nos encuentran y que encontramos diariamente, es quizás sabernos bañados con polvo de estrellas y lluvia de amor. |
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Lic. Rut Cohen
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Hace muchos años, después de haber tenido una niñez típica de familia modesta y de pocos recursos, cuando
mi situación económica me permitió empezar a viajar por lugares que no conocía (y no necesariamente lejos de mi
hogar) comencé a vivenciar experiencias muy interesantes, que absorbían toda mi atención y me daban vivencias
profundas de experimentar toda la potencia del aquí el ahora.
Me fascinaban las ciudades, con sus intensos y desordenados movimientos permanentes, con el fluir a veces descontrolado de autos y camiones y entre todos ellos, las personas. Lo cierto es que me encantaba caminar por lugares con mucha gente y mirar edificios antiguos, y también los más modernos. Disfrutaba de apreciar las construcciones del hombre, las costumbres tan dispares a veces entre un lugar y otro, y me intrigaba sobre todo pensar cómo podía haber llegado a haber tanta diferencia entre lugares tan cercanos. "Todas estas diferencias deben ser parte de los designios de no sé que poder, que sin duda nos debe gobernar desde alguna instancia superior a nuestra materialidad", me respondía. Pero como muchas veces pasa, los gustos de la juventud se van agotando y hasta a veces se transforman en hartazgo, y de a poco fui dejando mi vocación por viajar a lugares de fuerte presencia humana para empezar a incursionar en lugares más naturales y tranquilos, a los que denominé "más armónicos" en un torpe intento de volver a la naturaleza y la "ecología". Entonces empecé a concurrir a lugares casi desolados de presencia humana, si es que eso es posible hoy en día, porque en ningún lugar dejé de encontrar los rastros de los desechos del hombre. Empecé a tener cada vez más rechazo por la actividad humana, que despliega sus redes hasta en los lugares más recónditos de la tierra "ensuciando", según mi opinión, todo lugar de este bello mundo, y me enfrasqué en la búsqueda lugares, culturas y personas que vivieran en medios más "armónicos". Conocí familias surgidas en lugares alejados de la ciudades, que mantenían sus costumbres desde hacía mucho tiempo, pero que ni siquiera se sentían diferentes al resto de la humanidad, ni se daban un nombre especial, y pude comprobar que sus actividades también tenían inconsistencias y contradicciones al igual que las tienen nuestras costumbres. Me llamó la atención ya que en el mundo animal parece que éstos tienen hábitos muy constantes y coherentes al fin de sobrevivir. En el mundo cultural humano parece que hemos perdido el sentido de nuestras actividades como elementos tendientes a sobrevivir y sus objetivos se hicieron tendientes a otro tipo de logros, probablemente más ligados a perpetuar nuestro nombre o lograr tener poder sobre el resto de los humanos. Con poco esfuerzo sabemos que tendremos (al menos los que vivimos en ciudades) asegurada la casa, la comida y los servicios sociales. Con esta idea de que lo humano se alejó de lo "natural", de la "armonía" y "los objetivos de supervivencia" transité la vida muchos años. Pero por suerte, mi camino se cruzó (en plena ciudad y sin tener que viajar) con una persona que logró que mi opinión sobre la cultura cambiara un poco, o generó un proceso de cambio que todavía sigue. Me explicó que él también había pensado al igual que yo, que la naturaleza era armónica, pero que no era así. Un lago de agua tranquila, parece que ha logrado la armonía, pero en realidad esa armonía consiste en una gran actividad de acomodación permanente, de un movimiento intenso e imparable, que se resume en la constante búsqueda del "nivel" perfecto, por eso la quietud que puede apreciarse desde la distancia. Cuando me dijo eso me quedé petrificado, mis pensamientos corrían en fuerte torbellino tratando de imaginarme lo que me decía con ese ejemplo tan espectacular del lago. El amigo se dio cuenta de esto y se tomó su tiempo para continuar, mientras yo seguía visualizando con inusitados detalles la revelación que me estaba despertando a una nueva e inesperada creencia. Los procesos humanos también tienden a acomodarse para lograr el estado armónico, siguió diciendo, pero nosotros al estar inmersos en ese atolladero de búsqueda de equilibrio, nos parece que el desorden es total, y no apreciamos la sinfonía que se está generando para el que observa desde otro punto de vista más abarcador. La cultura también busca su equilibro perfecto y va tras ello, y con ello buscamos nada mas ni nada menos que la sabiduría. Mientras el mundo animal atiende a su supervivencia a nivel físico nosotros buscamos la sabiduría como especie y la trascendencia ya no material sino espiritual. Mi relación con esta persona fue breve pero contundente, como esas sorpresas que a veces no da la vida, inesperadas y furtivas, que marcan de algún modo nuestro espíritu. Mi encuentro con él tuvo un motivo y generó en mi una virtud, que si bien humilde, es la de ser receptivo a lo que me pasa momento a momento, y flexible en mis opiniones. La rigidez no tiene sustento en este mundo que se flexiona y se adapta permanentemente para llegar a su equilibrio, a su armonía. Lo cotidiano a veces parece rutinario pero esconde verdaderas revelaciones que nos hace crecer como humanos. Me dí cuenta también que cuando se busca un saber, el saber aparece de la forma menos esperada muchas veces, y le dan a la vida el misterio que nos hace falta para vivir más intensamente. |
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Licenciado Alejandro Giosa
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Primero, sería bueno saber qué es la paz. Algunos piensan que la paz es quietud, no moverse.
Pero imaginemos un hombre apresado por una gran catástrofe entre una masa de escombros. La
quietud no es para él, indudablemente, la paz. A veces se piensa que la paz es poder trabajar. Tal vez
pueda serlo, pero tampoco podría identificarse del todo con ella. La paz es algo mucho más interno,
una actitud interior; y para poder hablar de la paz en el mundo, deberíamos comenzar a hablar de
la paz en el hombre.
No creo en los sistemas, porque si los sistemas fuesen buenos, con tantos como ha habido en la historia, ya habría sido suficiente para alcanzar cualquier meta. Estar en un mundo altamente comunicado puede llevarnos a una situación de angustia interior, que se refleja igualmente en una angustia exterior. Esto es lo que los antiguos griegos, en el teatro trágico, llamaban «hybris», aquello que se salía del camino universal, de la armonía universal, un error que engendraba otra larga cadena de errores. La vida, con sus distintas circunstancias, va especializando la labor de cada hombre, y nos vamos olvidando de aquel niño hecho de esperanza que estaba en nuestro interior, y que, según Jesucristo, nos permitiría entrar en el Reino de los Cielos. Es como ese pequeño niño dorado de los antiguos misterios de Dionysos, al que se comparaba con un delfín mágico que podía sumergirse en las aguas y saltar de nuevo. Es el niño inmortal que está más allá del tiempo, y que a través de las innúmeras reencarnaciones aparece o desaparece, pero que se halla siempre presente porque su esencia misma es la eternidad, la duración, la permanencia. Así pues, con este espíritu filosófico, vamos a tratar de ver si es posible tener paz interior y paz exterior. ¿Qué es lo que somos? Somos un misterio. Somos aquello que está detrás de todas las cosas, una especie de observador que trasciende todo tipo de manifestación. ¿Cómo poder entonces lograr la paz interior? Hemos de insistir en que cuando hablamos de paz, no lo hacemos de quietud. Salvo excepciones, no creemos en el santón de la montaña, que se sienta en un lugar alejado, tal vez repitiendo una fórmula, que permanece quieto y con eso consigue la paz. No hay que confundir paz con quietud. Ese hombre puede estar quieto y no tener paz en su corazón. La paz es algo más que la quietud o el movimiento, porque quietud y movimiento son situaciones relativas que no tienen un valor en sí. El mundo, con sus espejos, refleja muchas veces ideas falsas, y nos va situando en un eje de relatividades. Es muy difícil dar un valor exacto a las cosas. Cualquier objeto puede ser grande o pequeño según lo que nos sirva de comparación. Para lograr una paz que realmente sea interior, no la podemos buscar en la quietud ni en el movimiento, sino en una armonía justa, que se basa en la verdadera armonía universal, en la que el hombre no se vea como un elemento aislado, enemigo del hombre y de la Naturaleza, sino como amigo de todo. Y no es amigo el que comparte una mesa, sino el que está junto a nosotros. Como dirían los antiguos romanos, es el que está en concordia, corazón con corazón. Hay que saber, pues, que para lograr esta paz interior tenemos que armonizarnos con nosotros mismos. Existe dentro de nosotros, de una manera natural y no provocada, cierta armonía; simplemente la estamos rompiendo y contaminando con nuestra forma de vida. Hay que buscar la armonía interior, y es algo más bien fácil, si es que nos proponemos lograrla. Creemos que la paz es una actitud interior de armonía, una armonización con nosotros mismos y con nuestros propios componentes. Los antiguos filósofos esoteristas enseñaron que el hombre no es simplemente una envoltura carnal con un alma subjetiva que vuela por encima del cuerpo. El hombre es mucho más complejo y, pedagógicamente, puede decirse que está compuesto de siete cuerpos o «aspectos». Cada una de las partes que componen nuestro propio ser mantiene una forma de separatismo interior. Las emociones siguen su camino, la razón el suyo, y muchas veces tenemos ideas que, por no ser creativas, se convierten en formas mentales circulares, como la mítica serpiente que se muerde la cola: en vez de surgir en un nuevo plano, que es lo lógico, se quedan en el mismo plano dando vueltas. ¡Cuántas veces no hemos tenido una idea circular! Estas ideas siguen todo un proceso, y luego lo repiten y repiten, y en vez de llegar a conclusiones, vuelven a comenzar el ciclo circular. Eso es lo que, en parte, va amordazando y asesinando nuestra paz interior, nuestra paz simple y sencilla. Cada uno de nosotros tiene que tener el valor moral suficiente para encontrar su «rayo de luz» y seguirlo, aunque se le considere cursi, aun en contra de la opinión de otros. Debemos seguir lo que consideremos correcto, sin importarnos lo que los demás puedan decir. Y no ha de entenderse esto en el sentido egoísta y despectivo, sino para poder mantener dentro de nosotros un bastión de individualidad, un bastión de libertad interior, sin el cual nunca encontraremos la paz; porque como badajo de campana fuertemente sacudido, atraídos por los unos y los otros, vamos dando vueltas y dándonos de cabeza contra un lado y otro, sin saber por quién repicamos, ni si es a muerto o gloria. Un poema de Amado Nervo dice: «Vida, nada te debo; vida, estamos en paz». Puede parecer cursi, pero es un sentimiento completamente válido y natural. Tan solo aquel que alguna vez haya tenido el valor de quedarse a solas sobre una roca junto al mar, haber caminado en un bosque, haber estado a solas consigo mismo, sabe de esta comunicación con la Naturaleza, con el Sol, con las estrellas; y sabe cuánto vale el haber amado, y cuánto vale también el que nos amen. Vale más amar que ser amado. Es mejor ser fuente que da, que pozo que recibe. Lo mejor es ofrecer, dar, tener la capacidad de amar sin hacer un cálculo previo de cuánto nos debe reportar este amor. Entonces algo se despierta dentro de nosotros y vamos entendiendo nuestro entorno. Vamos entendiendo al pájaro, a la montaña, al viento, y también a nuestros hermanos los hombres; vamos entendiendo la historia de los distintos momentos por los que pasó la Humanidad; vamos comprendiendo, de una manera pacífica, toda la sabiduría que hay en el mundo, que es fruto de Dios; y es también fruto de Dios la armonía universal en la cual todas las cosas está unidas. Esta unión entre el Sol y las plantas, el Sol y los animales, los animales y nosotros, las estrellas y los hombres, es lo que nos da la paz interior, la paz de saber que Dios ha pensado todo esto, que todas las cosas están pensadas de tal manera que nuestro sufrimiento siempre es soportable. |
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Prof. Carla Manrique
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Miguelito, estás igual a tu papá.
A sus espaldas, las palabras de la tía Mirta pretendían darle ánimo, aunque el tono no disimulaba la compasión. El muchachito no podía pensar en su padre. Paralizado frente al espejo, intentaba reconocer la cara deformada por dos lentes culos de botella, engarzados en un grueso marco negro. Se compadeció de su suerte: empezar las clases, el secundario, con semejante imagen. Anticipaba las cargadas de sus compañeros. Y peor aún: el encuentro con Ana, después de las vacaciones. Recordó la tarde en que el pizarrón fue una mancha, el día en que prefirió soportar la reprimenda a admitir que sus ojos le servían de poco. Ahora como decía la tía, se parecía a su papá. El espasmódico rescate del parentesco lo llevó a pasar largo tiempo ensimismado, con la mirada fija en el portarretrato colocado sobre la mesita de luz, como si allí se escondiera algún otro dato genético que sirviera de consuelo. Hasta ese día, su padre no había sido más que eso: una foto en una mesita de luz y las lágrimas de su madre. Lágrimas de rabia, irreductible, de impotencia agria, camuflada en reproche al aire, por haberlos dejado tan pronto a causa de ese maldito hábito de prender un pucho tras otro. Por eso él no fumaba como el resto de sus compañeros. Solamente una que otra pitada, para no parecer un pusilánime en las rabonas. Iluminados por un sol bien alto, los varones se amontonaban en el patio central compartiendo las hazañas del verano y reconociéndose con algo de malicia. La llegada de cualquiera provocaba un estruendo: ¡Pucha, che!, miralo, el «Rata» pegó un estirón. Ahora hay que decirle «Canguro» el que hablaba era Centeno, un grandote pendenciero, siempre rodeado por dos o tres alcahuetes que le festejaban sus chabacanerías. Los meses no habían disminuido ni su vozarrón ni su obscenidad: Ruso, era hora de que te pusieras los largos, sino, ibas a caminar en tres patas indiferentes, las chicas formaban una rueda entre sí, y coqueteaban a la distancia, riéndose de todo. Miguel andaba cabizbajo. Saludaba sin entusiasmo a medida que aparecían los viejos compañeros. Todos parecían obstinados en saber qué le había pasado. Tenés la mirada como vidriosa le descerrajó uno, y él recibió la hilaridad de los que escucharon. Definitivamente, esos anteojos eran un drama que amenazaba convertirlo en el centro de todas las cargadas. Para colmo, Centeno pareció encontrar una explicación inobjetable: Yo te dije que darle tanto a la manopla te iba a dejar ciego. Sin embargo, lo que más temía no eran las bromas, sino el encuentro con Ana. En el picnic del Día de la Primavera, el año anterior, el azar lo había favorecido sentándolos juntos en la «bañadera» rumbo a los bosques de Ezeiza. El trayecto había servido para ratificar que esa chica rubia, de cuerpo impalpable, la «Polaquita», como le decían, le gustaba más que nunca. ¡Y cómo! Los deportes de la tarde los encontró juntos, y ya de regreso, medio muertos de cansancio, él le dibujó una flor y fue correspondido por una sonrisa, que hizo aflorar, entre los labios entreabiertos, unos dientes blancos y desparejos. Fue casi una declaración de amor, ratificada por alguna que otra caminata después del colegio y por una salida a solas (la única), al cine, un sábado a la tarde. Allí quedó el romance, suspendido hasta el año próximo. Pero las cosas habían cambiado desde entonces. El comienzo del primer año de la secundaria, la adopción definitiva de los pantalones largos, una voz menos aguda y algunos pelitos más (allí abajo) anunciaban que, aunque no fuera un hombre aún, tampoco era ya un chico. Lástima los anteojos , pensaba. La aparición de Ana fue distante. Llegada casi sobre la hora del canto a la bandera con que se iniciaba cada jornada, apenas levantó la mano con timidez para registrar la presencia de él. Un gesto que parecía esconder un incrédulo «¿sos vos?». Creyó entonces advertir la desaprobación en el rostro de la chica, como si contemplara un recuerdo deshilachado. Era absurdo ver con tanta nitidez a Ana gracias a esos anteojos detrás de los que ocultaba su vergüenza. En el recreo se lavó la cara para despabilarse un poco. La falta de hábito le producía fatiga en los ojos. Además, lo había devastado escuchar inmóvil, durante cincuenta minutos, al profesor de matemáticas. Como si no padeciera lo suficiente, le asignaron el primer asiento, pese a su reclamo entre dientes: para qué, si ahora veía bien. El agua fresca le proporcionó una sensación agradable. Casi sin mirar, buscó a tientas los anteojos que había dejado apoyado en un costado de la pileta, pero no los encontró. Volvió a mirar a su alrededor, por el suelo, y nada. Tuvo un sentimiento ambivalente. Volvía a ser él. Pero de inmediato, pensó en lo que le habían costado a su madre. En un rincón del baño, Centeno fascinaba a dos incautos. El pedido sonó a súplica: Chicos, ¿no vieron unos anteojos? Decidió volver al aula sin decir nada. La profesora de dibujo llegaría en cualquier momento, y había escuchado que no dejaba entrar a nadie detrás de ella. Tenía fama de brava. O quizá era una estrategia para ocultar el poco interés que despertaba dibujar el jarrón y la sandía que ya esperaban sobre el escritorio. Como no quería parecer quejoso, dudó si contárselo a su nuevo compañero de banco, total, seguramente que alguien los encontraría y se los entregaría al preceptor. La impotencia le borroneaba los rostros de los demás. Mientras esperaban a la profesora, que se demoraba conversando animadamente con otra docente, comenzó un cotilleo que se deshizo en risitas socarronas primero y en irreprimibles carcajadas, después. Un alboroto que solo terminó cuando el preceptor entró al aula al grito de: «¡De pie y en silencio!». Ana se abrió paso desde el fondo, por entre los que estaban parados a cada lado de los bancos. Tomó la sandía con naturalidad, la manipuló unos segundos, la volvió a poner sobre el escritorio, y se dirigió hasta donde estaba Miguel: Tomá, ponételos, que te no te quedan tan mal. Miguel se los calzó con seguridad. Fue la primera vez que se los puso con ganas. El resto del grupo permaneció en silencio, como concediéndoles el centro de la escena. En ese momento, entró la profesora y la clase recuperó su ritmo. En cuanto pasó inadvertido, Miguel giró la cabeza buscando a Ana. Le acababa de mandar un papelito doblado. La chica alzó la vista y le sonrió. Con los labios sellados, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo. Volvió a mirar a Miguel que la contemplaba inmóvil, fascinado. Entonces no pudo reprimir una sonrisa amplia, franca, cómplice, ofreciendo una hilera de dientes que disimulaban su blancura detrás del metal que los cubría. |
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Tarsitano Alberto, abogado
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