A una cierta edad, algunos mirando su vida se quejan de los "buenos tiempos del pasado". Considerándolo a la luz de la psicología del individuo, solo el sentimiento de juventud puede reanimar la flama.
Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti



Si a escribir, a describir, a imaginar, a llevar a nosotros, a reflejar, a reflexionar. ¿Pero que crepúsculo, el los de los Dioses? ¿El de la vida?

Ese del amor que se pierde dentro de la monotonía. Ese de una enfermedad sin solución ó mi crepúsculo el más amado cuando el sol se duerme sobre las sierras de Tandil. Cuando en un silencio profundo el mar se vuelve sombrío y el horizonte muy rojo, cuando en esa infinita sensación de totalidad, sin límites el día se vuelve noche lentamente y yo estoy en mi paraíso del piso dieciséis sobre el atlántico sur.

En un Miramar que se parece a mí, sí. En el ritmo de esa ciudad de los niños. A los tres meses fui hundida en las olas completamente para ser bautizada, bautizo de mar. Simplemente sorprendida, yo no llore. Papá debe haber sonreído.

***

¡Larga pregunta! Yo digo como el poeta: muy cerca de mío ocaso, yo te bendigo vida, porque nunca me diste mi trabajos inútiles ni pena inmerecida. Porque veo al final de mi largo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino…

Yo prefiero hablar del crepúsculo de mi vida. Es extrañamente alegre y fértil. Yo avanzo en la noche sabiendo que las estrellas no estarán ausentes de mi cielo.

***

Estoy obligada hacer el balance de mi vida: constatar si hice lo necesario para dejar las cosas bien hechas y no culpabilizar por mis ausencias posibles, a mis deberes. ¿Este es el crepúsculo que quiere decir muerte anunciada? Yo no lo creo. Pero si creo que quiere decir sabiduría, saber hacer, saber amar, pero no como antes, sino buscando comprender las razones de mis acciones y de mis elecciones.

***

Comencemos por el comienzo. En el silencio ó en la acción mis crepúsculos han representado para mí, momentos de reflexión con nostalgias sobre cosas que han sido los ideales de mi vida y que yo no los tuve: todavía un gran amor sin dificultades en una abundancia sin dificultades…

No hablo de lo material. Me hubiera gustado tener alguien que me tuviera en sus brazos, para calmarme y dejarme llorar de felicidad por su cariño.

¡Yo no lo tuve! Cada crepúsculo la soledad y no puedo hablar más de las dificultades de la ausencia de felicidad. Solo recuerdo un crepúsculo de verano sobre la playa visto de la terraza de mi casa frente al mar: veo a mis niños, los cuatros en torno de una tortuga de mar que vino a morir sobre la playa de Miramar. Fatalidad, silencio, imagen de un crepúsculo imposible de cambiar. Indefectiblemente eso es pasado.

***

Los vientos fuertes que han golpeado mi vida me llevaron y me llevan mar adentro para que experimentemos cosas nuevas que me enriquecerán y madurarán. Todo obstáculo en mi camino fomenta un aumentó de fe y de esperanza.

Nada atrasará mi llegada al destino que me espera si pongo mi mirada hacía adelante y hacía allí dirijo mis pasos.

Llegare á mi destino en el momento justo ni más ni menos.

***

La hazaña más grande que realizo todos los días, es continuar viviendo, a pesar de todos los golpes que he recibido y estoy recibiendo.

***

Esa convicción que poseo de avanzar por el camino que se muestra a mi, va haciendo surgir las manifestaciones del designo divino sobre mi vida.

Y yo digo: crepúsculo en paz.

Hecho en Paris el 18 de diciembre del 2017,
Es el día de mi cumpleaño
y hace frío, mucho frío.
Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti



Probablemente resulta más sencillo hablar de atardeceres que de amaneceres. Consecuencia de una vida propensa a contemplar más los primeros que los segundos que tiene su explicación: son menores las ocasiones de estar despiertos al momento de su ocurrencia. Y en caso de encontrarnos alerta con la salida del sol seguramente estaremos dirigiéndonos a trabajar, iniciar el día que desvanece la imagen del prodigio con las obligaciones diarias. Otros muchos de nuestros recordados amaneceres fueron vistos por «quedarnos a ver el amanecer» después de una salida nocturna, cuando jóvenes, muy jóvenes.

Cuando reflexionamos sobre el crepúsculo o amaneceres casi inadvertidamente nos descubrimos haciéndolo sobre el sol y la vida. Todos evocamos los crepúsculos majestuosos, ornados de nubes, con una escenografía operística wagneriana: grandiosos, enmarcados por algunas nubes y un sol enrojeciendo a medida que se hunde en el horizonte que miramos con ojos bien abiertos para verlo desaparecer en el mismo. Nadie rememora los atardeceres grises, lluviosos, destemplados y plomizos que también son auténticos e inevitables ocasos. Como sucede con las propias vidas.

El crepúsculo es primo del otoño, de la pasividad, de la mayoría plena de edad, o con mayor precisión de la ancianidad. Rotula el final de la vida, de las civilizaciones y de los dioses, como propusiera Wagner:

«El Ocaso de los Dioses» ópera de Richard Wagner

O tantos filósofos que alguna vez sostuvieron o mantienen la pérdida de importancia de los dioses y aún su muerte.

Como esbozamos al principio cuando hablamos de amanecer o crepúsculo estamos refiriéndonos al sol. De él se trata. Y cuando hablamos del sol conversamos de ciclos, nacimientos, muertes y tal vez- de alguna pretendida eternidad que hoy sabemos que no existe siquiera para el astro rey y el universo. También nos convoca el mediodía, la fuerza, la juventud la belleza; que parecen estar indisolublemente asociadas en este error de concepción de la humanidad, desde los griegos hasta hoy por acá, por occidente: todos deberíamos ser jóvenes por el mayor tiempo posible. Un disparate histórico que se enfatiza hoy por razones de mercado y que reniega precisamente de la hermosura del crepúsculo, el otoño y la ancianidad. Probablemente porque son disfuncionales al capitalismo. De noche no se trabaja, no se produce. Luego el atardecer es el momento del cierre de las factorías, el cese de la producción, un hiato en la acumulación desmedida de riquezas. ¿Para qué festejar el momento en que todo se sosiega y la mirada deja de estar atenta en el afuera para controlar los objetos producidos y se vuelca hacia adentro, hacia esas «cosas» sin valor que son las emociones, pensamientos, hijos, amigos?

El crepúsculo evoca al otoño y las canas. Esa manifestación espléndida que la naturaleza pone sobre nosotros para exhibir nuestras vidas realizadas, con mayor o menor fortuna para sí o para todos. El énfasis del mediodía en nosotros nos coloca en la circunstancia de obligarnos a observar y participar del mundo trajinado cuando el ocaso nos conduce a la introspección y el disfrute del placer del movimiento más lento, sin urgencias. Nos empeñamos con tinturas, botox y estiramientos pretendiendo «parecer» habitantes de las doce, con el sol en la cúspide de nuestra cabeza. Y no advertimos que ese sol no se puede contemplar directamente porque hiere. Que no es como el agradecido sol del crepúsculo que disminuye su resplandor para permitirnos contemplarlo de manera cómplice, como amigos que recuerdan sus historias. El ocaso nos conduce a la memoria del día o tal vez a no pensar. Ser uno con el astro, con la vida. Con nuestra vida.

El crepúsculo es el momento en que el día se derrama dulce, como nuestros recuerdos lo hacen en nuestra ancianidad o el otoño con el verano. Hora de balance. El más profundo de los recuentos: la hora de reflexión a la que fatalmente llegamos al final de cada vida. Cuando reposadamente nos embarcamos en la revisión de nuestro paso por el mundo intentando contestarnos dos preguntas. Dos simples y transparentes preguntas: ¿amé?, ¿fui amado? La respuesta a la segunda te confortará en las horas silenciosas que colman las soledades de los viejos. Pero solamente si puedes contestar afirmativamente a la primera, sabrás que vivir ¡valió la pena!

Eduardo Arbace Baleani, maestro de grado, sociólogo



Muchos sienten que el crepúsculo es el ocaso de algo, la terminación de alguna cosa. Eso suele ser motivo de tristeza y melancolía. Sin embargo no siempre tiene que ser interpretado de esa forma. A mi particularmente me pasa que me gusta ver el atardecer. Me gusta que las cosas finalicen. Tal vez me genera más ansiedad el comienzo de las etapas o el inicio de una actividad. Pero cuando las cosas terminan es cuando se ven o no los resultados de lo que hicimos o no hicimos. Y los finales nos liberan de compromisos y tareas. Tal vez de lugar al comienzo a otras, pero eso es otra historia.

Los crepúsculos del día tienen su belleza particular. A algunos les gusta el comienzo del día y a otros su final. Y el final del día es el comienzo de la noche, momento en el que los humanos tenemos la oportunidad de expresar otras facultades del ser. Termina el día y sus actividades de supervivencia y comienza otra etapa del día en que muchas actividades ya no pueden realizarse y dan lugar a momentos de mayor profundidad mental.

Mucha gente descubrió que la noche es un momento en que se despiertan ciertos sentidos que están más relacionados con el mundo interior y las actividades espirituales que tenemos un poco escondidas, en la oscuridad…

Al atardecer quedan atrás las actividades más superficiales del día, las dedicadas a lo físico. Finalizan ciertas tareas, llegan a su crepúsculo.

En la oscuridad del día la vista no es el sentido más importante. Pasan a tener más vigor otros sentidos. Claro que esto está un poco trastocado por la civilización. Pero si tenemos la oportunidad de dejar que la oscuridad nos invada un poco, vamos a poder apreciar otras cosas que generalmente no podemos vivenciar en nuestra cultura que tomó la tendencia de reducirle a la oscuridad.

Antiguamente al llegar la noche se prendían los fogones que permitían prolongar un poco el día del hombre. En ese entorno de sombras danzantes se producían introspecciones que rara vez pueda darse hoy en la "luz de la noche" en que transformamos todas las horas del día.

Naturalmente los humanos tendemos a calmar los pensamientos con la oscuridad, y cuando se calman los pensamientos surgen otras propiedades que tenemos "ocultas" a las horas del día. Esas propiedades nos nutren y nos dan un alimento muy real, que sin él surgen los sinsentidos de la vida, las depresiones y el estrés. No nos percatamos de esto, pero lamentablemente es así. Ni la medicina ni la ciencia en su actual estado de desarrollo podrían darse cuenta de esto hoy. Lástima me da ver a "eruditos de la ciencia" es decir médicos, psicólogo y otros tantos engreídos, que al comenzar a dar una explicación sobre algún tema de la mente empiezan citando el "supuesto" correlato físico del que hablan. Parece que para ellos todo está ubicado en alguna parte del físico, ya sea glándulas, neuronas o sinapsis que si no saben que función tienen, igual inventan sobre la marcha algún misterioso proceso químico que provoca ciertos misteriosos resultados…

Me gustaría que más de nosotros probemos la oscuridad o semi oscuridad del día para despertar los procesos internos que nos despiertan la intuición, el saber verdadero y por qué no la claridad del ver.

El crepúsculo tiene connotaciones muy profundas para el ser humanos y las desconocemos "tapándolas con tanta luz".

Dejemos que la energía de la luz de lugar a las otras energías mas finas y sutiles como la del fuego, las estrellas, la luna y los pequeños seres de la noche que tienen luz propia. Al menos una vez en la vida busquemos las experiencias que acompañan la falta de luz que viene siempre después del crepúsculo…

Licenciado Alejandro Giosa



Debido al paso del huracán María por la isla, estoy imposibilitado de escribir ya que no hay electricidad.

Estaré ausente de su publicación hasta que el servicio se restablezca.

Guaynabo, Puerto Rico, diciembre del 2017
exclusivo para «S.O.S. Psicólogo»
Juan Carlos Laborde



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