Los augures dijeron que el hijo del rey traería estrellas como manto, pero que no tendría cabeza.

Cuando yo nací, mis padres se alertaron creyendo comprender que yo sería negado de fuerza y decisión. Se contaron mil historias sobre mí.

Era el verano y nuestro pueblo pobre devoraba la caza que en la temporada abundaba; y secaba el resto de la carne para el duro invierno patagónico.

Las profecías decían que seríamos los últimos en conocer el Dios-niño que siglos antes naciera muy lejos.

¡Patagonia, extraña y misteriosa! ¡Privación y exceso!

Mi madre me amamantó extrañándose de que yo tuviera cabeza y boca, más aceptando sin ambages ni extrañeza mi manto de estrellas que, a veces, en las noches de Enero, la enceguecía de placer. Mi madre era hermosa, los cabellos lacios y cortos, la expresión angustiada y socabada de espanto porque muy pronto vendría el invierno, y los cielos se apagarían todos, y las nieves caerían en las montañas casi lejanas, y los lagos se helarían, y sólo podrían devorar con humildad la carne seca que colgaba de nuestros techos; salada de sal, salada de vientos de mar.

Ella amamantaría hasta la extenuación el niño-hombre que los augures anunciaron sin cabeza. Yo tenía los ojos negros y agudos como ella, y reía ante su boca ancha haciendo estallar con mi risa estrellas de fuego, estrellas fueguinas.

Cuando los hombres cumplían sus rituales, mi padre me llevaba; estando presente yo, como hijo del rey-cacique, potencia y fuerza nueva.

Las canoas partían en los canales de fueguinos y envuelto en pieles de guanaco, mi padre me embarcaba.

Cuando los hombres de la tribu llegaban a verme, yo siempre dormía, pero en torno de mi cuna de rey, las luces de las estrellas, de las lunas y de los ojos de los ancianos de mi tribu brillaban.

Verano suntuoso, carne abundante, mujeres que parían en chozas de pieles. Yo nací en la tierra fría; pero las piraguas portaban luces de fuego en las noches australes, en mi perdido mundo hermanado de los eternos hielos antárticos. Cuando el sentimiento nacía, el silencio se poblaba de rumores, de armonías. Porque el amor crece en todas partes como la hierba buena en las tierras del Norte.

***

Un día llegó el otoño frío y despiadado. Mi madre me amamantó, los ojos eclipsados en la luz de mis estrellas. Y me amó sin cabeza, porque sólo para ella yo la tenía, y mis ojos negros no mentían, ni mi boca ansiosa, ni mi cuerpo fuerte que debería soportar esos inviernos a los que, sin saber por qué, ella temía.

Mi madre vino del norte, de más allá de las cimas altas; escapando hacia abajo de un extraño mal que traían los extranjeros; mal que diezmó su familia.

Fuímos los últimos en conocer la historia de un cierto niño-Dios que en un lugar apartado de mi estrecho mundo había nacido en un retablo y tenía también que ver con una estrella.

Los augures dijeron que yo nacería sin cabeza pero con corazón y manto de estrellas, que caminaría con pies de espíritu viril mundos extraños, y que las constelaciones me brindarían en cada nueva luna secretos milenarios; que solo hablan a quien está despierto cuando ellas no duermen y ellas jamás duermen.

Mi madre se perfumaba de esencias campestres, y mi padre, el rey-cacique, guardaba para ella los mejores bocados de su caza. Mi padre era fuerte, fuerte y austero, mi padre era rey y cazaba sin miedo en las noches tibias de nuestro corto verano. Mi padre la amaba aunque ella venía del norte, porque el norte traía fuerza y solo podría ella engendrar hombres fuertes.

Muchas noches de amor, yo fui testigo desde el cálido vientre de mi madre, de sus amores pacientes. Apuraban la gloria de sus sexos en el misterio fugaz de sus orgasmos, y aún sin cabeza, yo fui corazón, entraña y vida de ese amor sin fronteras, ni tristezas.

Mi madre sonreía fácilmente, aún más tarde, en los inviernos sin piedad, su sonrisa acompaña mis memorias y sus risas de placer me dan la fuerza, para contar con palabras, lo que amé con mis sentidos.

***

Decían los augures que mi pueblo fueguino se extinguiría un día porque mis gentes se volverían tristes y sus copulaciones sin fruto.

A las mañanas sin caza suficiente del otoño se sucedió el invierno. Yo sabía, porque los niños saben lo que los adultos han olvidado, que mi madre se entristecería recordando la hierba buena de sus montañas del norte.

Mi padre era alto, o tal vez me lo pareciera. Lo recuerdo todavía, y veo en él un gigante admirable. El nos amó y no tuvo miedo. Bebí de las ánforas de su fuerza y de su ley, tanto como de los pechos ricos y jamás exangües de mi madre. Porque aún en mi primer invierno y en mi segundo y aún en el tercero, sus pechos me amamantaron ricos y jugosos, como si los inviernos no fueran sino eternas primaveras para mi gozo y mi fuerza.

Pero mi madre se fue un día, sin decir nada. Fue una noche cálida, la primera tras mi tercer invierno. Y yo no tuve más pecho. Las mujeres del pueblo preparaban para mí, ricos manjares de la nueva caza. Entonces, fui yo que estuve triste y perdí mi cabeza.

***

Mi padre percibió muy pronto mi congoja. Por otra parte, a veces, hacia el mes de septiembre, y mientras yo dormía, de mi manto se fugaban ciertas estrellas, dejando huecos de amor que solo podrían ser reemplazados por el nacimiento de nuevas estrellas. Pero estas solamente nacían en las tierras del norte, de las entrañas de los valles, al abrigo de las nieves eternas.

***

Mi quinto invierno lo marcó mi padre sobre la madera de su arco con su cuchillo de caza. El primer día de la primavera nos pusimos en ruta hacia el norte. Creía yo que él también había perdido la cabeza, pero no era así. Simplemente íbarnos a buscar hierba buena en las tierras altas de donde vino mi madre. Hierba buena y ungüentos misteriosos que curan heridas que no se ven porque están adentro del cuerpo y, en apariencia, no sangran, ungüentos para no morir, que deben ser aplicados con fe y pensando bien en aquello que se hace; ungüentos que son inútiles si no los usa quien sabe, y siguiendo los ritos señalados y siempre antes de que sea demasiado tarde.

***

Los ancianos de la tribu nos dejaron partir. Para nosotros, para nuestro pueblo no había guerras. Nuestro objetivo era sobrevivir. Hacia el norte y hacia el mar habían guerras interminables y cruentas.

Nuestro pueblo no tenía nada que defender, según los del norte, pero en realidad, eso no era cierto; porque en nuestros canales se podía percibir, en las noches más negras, que habíamos acumulado miríadas de estrellas en sus aguas hondas que se pasaban de generación en generación. Un tesoro de gran valor. Para alcanzarlo, era necesario hundirse en las líquidas profundidades sombrías.

Nuestro tesoro era tal que quien accedía a él ganaba la eternidad, es decir que no moría más, además para alcanzar el tesoro, hay que ser fuerte de ingenio y reflexión, y saber que lo que se busca es lo que se quiere encontrar.

Algunos habían osado desafiar las prohibiciones de los ancianos; porque estos se oponían a toda búsqueda que consideraban insensata.

Yo no tenía nunca deseos de alcanzar el tesoro en las profundidades; porque había nacido con él sobre mis espaldas y solo me sería necesario adquirir cabeza para comprenderlo. Pero eso vendría simplemente, si encontrábamos la yerba buena y el ungüento que cura las heridas que no se ven.

Los vientos se desataban cada vez que nos aproximábamos al mar, pero de pronto cesaban como habían comenzado. Los elefantes marinos se reproducían en las playas, inmensas, interminables. Eran animales grandes, que hubieran hecho las delicias de nuestro pueblo. Había focas y pingüinos, y caracoles vacíos que se dormían sobre la arena ardiente. Hacía calor, los perfumes del viento cambiaban a cada paso; a cada paso de mil leguas, naturalmente.

Mi padre no hablaba mucho, pero al atardecer hacíamos campamento y junto al fuego, nuestro fuego que alumbrábamos sin nostalgias, porque si bien nos recordaba nuestro pueblo, no se lo habíamos robado, sino que lo llevabamos con nosotros hacia el norte, para asegurarnos protección, cocción e iluminación.

***

Volvimos porque teníamos que volver. Un poco como se terminan los sueños, porque hay que despertar. Los aires del norte venían cargados de guerras. A mi padre, por alguna razón, lo ví falto de coraje para seguir, tal vez se diera cuenta de que ya no encontraría a mi madre en el norte, sino, simplemente hierba buena y ese ungüento para curar las heridas ocultas. El, no parecía creer en los remedios milagrosos, y prefería viajar al interior de sí mismo para curar sus heridas; y digo sus heridas, porque no era solamente la partida de su mujer, mi madre lo, que lo apenaba; sino la impresión de un nuevo orden de cosas que pronto nos alcanzaría también a nosotros.

Fuimos entonces a recuperar y a vivir lo que restaba de alegría virgen en nuestro pueblo pobre. Antes de comenzar nuestro viaje, yo sabía que pronto regresaríamos.

***

Nuestras leyendas indicaban que no era bueno partir, que se debían aceptar las leyes eternas e inamovibles y que los cambios se darían no a través de nuestra partida, sino de la llegada de otros que aportarían vida y muerte, verdades y mentiras, alegrías y penas, y tal vez, un Dios nuevo que se revelaría en el interior de cada humano para hacerle comprender que ciertos problemas pueden solucionarse y otros no.

***

En nuestro pueblo, la mujer era al mismo tiempo amada y temida. Según antiguas tradiciones yamanes los animales de la tierra y del mar se habían originado o descendían de aquellas mujeres que, reunidas durante mucho tiempo en la « gran cabaña », centro del mundo, habían engañado a los hombres, imponiéndoles una dura servidumbre.

Al descubrirse el ardid la mayoría fue muerta pero algunas consiguieron escapar y se transformaron en animales. Pero el tiempo vendría de descubrir el valor de las mujeres que daban hijos en sus períodos posibles y enseñaban más tarde, en su vejez, los secretos del alumbramiento y la crianza a la más jóvenes.

Una historia contada por generaciones ayudó a comprender y a respetar a las mujeres, porque sin duda, de sus estados de ánimo dependía su fertilidad y consecuentemente la sobrevida de nuestro pueblo.

Dicen que un día, después de un invierno muy crudo un hombre divisó una ibis volando sobre su cabaña. Comunicó a gritos la novedad a sus vecinos, puesto que la llegada de la ibis anunciaba la terminación de la época del frío. Todos los habitantes de la región se albozaron con la noticia, y con gritos estentóreos manifestaron su alegría.

Esta bulliciosa manifestación molestó a la ibis que era un animal muy delicado y que por ende deseaba ser tratado con toda formalidad. Muy enojada se alejó del lugar e hizo caer una formidable helada, y decretó la continuación del invierno pero aún con mayor rigor.

Grandes nevadas azotaron la región, cayendo la nieve durante días enteros. El descenso de la temperatura fue tal que el mar se congeló y toda la tierra se cubrió de hielo. Los habitantes de nuestro pueblo yamán no podían abandonar sus cabañas ni tan siquiera para recoger leña que, por otra parte, ya escaseaba.

Como el mar se había congelado no había más pesca, el hambre sobrevino y muchas gentes murieron lentamente pero tal vez sin dolor, porque el frío da sueño.

Me pregunto ahora, tratando de hacerlo sin nostalgia, si mi madre exhausta murió de frío tratando de entregarme su calor. Creo que ese tipo de preguntas me seguirá toda la vida, pero estoy seguro de que la repuesta vendrá un día, cuando a mi vez, yo tenga mujer e hijo y pueda ver a esa mujer, ser madre. Me pregunto por qué los hombres no podemos saber lo que es ser madre. De todas maneras, no es con la cabeza, que no tengo, que seré capaz de responder a las grandes preguntas, sino con el corazón, que si bien no puedo verlo sé que existe porque late, siempre igual; bueno, no siempre igual; hay momentos en los que algo se me estruja adentro, y el ritmo se acelera; a veces cuando la primavera está en el aire y presiento que la vida posee un secreto y que algo promete; o cuando, en gran silencio esperamos que el animal se aproxime para cazarlo, a veces también, mirando el tesoro en el fondo de los lagos, mi corazón se acelera y desearía apasionadamente hundirme en las profundidades y rescatar una estrella. Entonces debo contener mi impulso y mi corazón se acelera y a veces llora sin ruido, porque esa búsqueda en las profundidades tal vez me permitiría comprender y conocer la inmortalidad que otros adquirieron en la búsqueda del tesoro sin regresar jamás. Tal vez encontraría a mi madre. Mi corazón llora. En él está mi cabeza, no puedo pedirle a los otros que la vean, porque es solo un mascarón de proa que me permite ser reconocido y respetado. Hijo de cacique, poder y fuerza, organización y mando. Mi mirada debe ser neta e invariable, mi gesto seguro para dar confianza, mi palabra firme y no temblorosa o indecisa al ordenar.

***

En cuanto a la ibis, mujer sensible, trágicamente poderosa, le llegó su tiempo de apaciguarse y quiso volverse clemente, y así de pronto llego el calor, un sol radiante volvió al estado líquido el agua del mar y el hielo. La ibis, como toda mujer, era excesiva y es nuestra cuestión de hombres encontrar el punto justo para no excitar lo excesivo en la mujer, porque una mujer es una especie diferente del hombre. Necesita ser considerada para ser feliz y dar lo bueno; si no se desprende de ella la destrucción y la muerte. Es cierto que somos los hombres quienes hacemos la guerra, quienes cazamos y desangramos los animales; pero en el origen de las guerras es frecuente encontrar mujeres que las provocan y que nos envían a la muerte. Es para comer que cazamos; pero ellas están en nuestros sentidos cuando lo hacemos porque debemos protegerlas.

En fin, era tan grande la cantidad de hielo acumulado que el calor solar no alcanzó a derretirlo en su totalidad. El nivel del mar creció hasta cubrir toda la tierra con excepción de las más altas cimas de las montañas. El sol era tan caliente que los árboles en las alturas se calcinaban. Es por eso que desde entonces las altas cimas carecen de vegetación y que las mujeres, en nuestro pueblo, son cuidadosamente celebradas para evitar las ruinas del mundo y las guerras del alma.

***

Mientras volvíamos cargando el fuego, sentíamos sin decirnoslo que nuestra pena aumentaba legua a legua. Turbales, arroyos, silencios, tierra sin relieve; más tierra, más relieve, más silencio. Cargamos el fuego de nuestra creencia sin sentir la evidencia de la existencia de ese algo en el cual creíamos. Ni madre, ni mujer, ni hierba buena. Sólo tierra que se cae en el agua de los lagos, hacia el sur.

***

Klok fue mi amigo. Pero no como los otros, con los cuales se juega, pero no se dialoga. Una tarde de octubre se acercó tímidamente. El sol brillaba sobre los campos verdes. Desde los matorrales avanzaban los olores lujosos de la primavera, caliente, húmeda, sensual hasta despojarnos de un sólo hálito de los recuerdos de invierno. Yo tenía doce años y me preparaba, no sin angustia, a las ceremonias de iniciación que marcarían mi entrada a la vida adulta. Klok también lo haría; entraría conmigo y con otros en la cabaña de los hombres. Entraríamos como niños para reinsertarnos en la vida como adultos. Muchas dudas, cosas que pasaban en el corazón de los dos y que nos llevaban a cuestionarnos recíprocamente impregnaban nuestros diálogos.

Concluímos que el pasaje representaba para ambos una serie de consecuencias para las cuales no estábamos preparados.

Al entrar en la cabaña de los hombres para la iniciación deberíamos aceptar los secretos de la misma que naturalmente no podríamos compartir con las mujeres, dado que de ese mundo viril, ellas estaban excluídas; porque como ya lo he dicho, en un momento, al principio de los tiempos, ellas habían sometido a los hombres a la servidumbre. Estos se revelaron y trataron de liquidarlas completamente; cosa imposible naturalmente; y según Klok y yo, bien injusta. En mi caso por falta de madre y en el suyo por exceso de madre considerábamos y admirábamos a la mujer. En fin, que al interior de la cabaña, cada año los hombres gritaban fuerte haciendo creer a las mujeres que eran espíritus de fuerza y de venganza. Había que asustarlas anualmente para que no se rebelaran. Eramos nosotros que nos rebelábamos : Klok y yo.

***

Las noches de fin de Octubre eran breves. Acostumbrábamos a partir hacia los canales para contemplar nuestro tesoro. Era Klok el de las ideas; yo trataba de seguirlo en sus razonamientos, pero a veces me perdía tratando de recordar mis sueños. Porque soñaba, no con carne abundante sino con la eternidad. La mayor parte, sueños despierto, pero no todos. Mientras dormía, y yo lo sé bien porque la muerte y el sueño son hermanos, mi madre reaparecía agradablemente; y yo me despertaba reconfortado, listo a tomar mi arco y acertar a un petrel en vuelo, hacer el fuego, asarlo y comerlo. Klok disfrutaba de mis momentos alegres y compartíamos caza y risa.

Una noche, desde la parte más alta de un acantilado, Klok apuntó a una estrella. Yo no estaba lo suficientemente presente como para evitarle el gesto y el consecuente remojón, porque largando el arco se cubrió la cabeza esperando el estallido de todos los mundos junto a la caída de la estrella a la cual, sin duda, él creía haber acertado.

No pasó nada. El trató de alcanzar en el fondo del lago la estrella caída sin ruido. El se aproximaba, pero ella se alejaba o se diluía en las aguas que antes habían estado quietas y ahora tumultuosas por los movimientos desordenados de Klok.

Salió como pudo, y yo no lo ayudé. Algo como rabia me impregnaba; ¡pretencioso de bajar estrellas sin ser ni Dios, ni Adulto, ni Cacique! Klok trataba de recuperar la dignidad. Sin comentarios, volvímos hacia el poblado. El amanecer comenzaba y las estrellas con renovada precisión se ocultaban. La historia no volvió a repetirse. La iniciación se avecinaba y yo descubrí lágrimas en los ojos de Klok. Tendríamos que alejarnos indefectiblemente del mundo de las mujeres.

***

Tan cansado estaba que lo hablé con mi padre pensando que él sentiría horror de mí. Pero se quedó en silencio y sentí algo del orden de la participación. Le pregunté entonces desde cuándo en la creación y por qué el hombre y la mujer se habían convertido en antagonistas. ¿Qué había pasado para que las mujeres sometieran a los hombres a la servidumbre?

« Los hombres –me respondió– miran para arriba y las mujeres para abajo. Las miradas se encuentran cuando derivan en el mismo sentido. Desde el todo tiempo, los hombres tienen nostalgias del sol y las mujeres de la vida subterránea. Las mujeres miran hacia abajo sus vientres plenos del hijo, así también lo amamantan, así cosen los cueros, limpian las chozas, preparan los alimentos y hacen la familia. El hombre era soñador y desordenado; perdía el sentido de la ubicación siguiendo el vuelo de los pájaros a los que envidiaba la libertad. La mujer tuvo que reducir al hombre para meterlo sobre la tierra a tener prole, tribu y choza. Entonces se volvió dura porque debía cuidar la continuación de la especie. Los hombres se rebelaron de ese yugo ».

La voz de mi padre se llenó de emoción y ternura : « No creo que las hayan matado, sólo las redujeron, pero las obligaron a devenir feroces como las bestias de los matorrales para defender su cría ». Un silencio largo se produjo entre nosotros. Sentí que él también en su tiempo se había rebelado y aceptado con dolor la ley del adulto.

Una paz muy grande reemplazó a la angustia. Klok y yo nos aprestamos a la iniciación sin sentir que por ello dejaríamos de ser humanos, niños, hombres, viejos, en el sin tiempo de existir.

***

Onaisín vino del norte; pero no su nombre. Onaisín se llamaba Dolores –india hasta las entrañas– fue bautizada en la nueva religión; la religión de los hombres que intentarían, a fuerza de cruz y palabra, detener las guerras. Onaisín se llamaba Dolores : los cabellos largos y la sonrisa fácil; diferente de nosotros. Quemadas sus alegrías en las rutas inmensas del desarraigo poseía, sin embargo, entereza. Trató de decirme algo cuya fuerza sentí pero cuya amplitud se me escapaba.

***

Yo tenía al fin, mis años dignos de tomar mujer; entonces Dolores y yo nos acercamos porque ella venía del norte y mi padre y yo, así como mi pueblo, nos retírabamos de más en más hacia el sur.

El norte… ¿Cuál norte? ¿El de mi madre? ¡no! El norte de Dolores que era próximo. Norte de las guerras crueles que los hombres de la cruz trataban de apaciguar, pero sin conseguirlo verdaderamente. Sin padre ni madre, abandonada a su suerte pero con fe nueva. Llegó con los blancos, por la parte norte de la Isla Grande de nuestra Tierra del Fuego. Su pueblo, porque muchos viníeron hacia nosotros y adoptaron nuestros hábitos de vida, venía de una península entre el mar grande y las serranías interiores. Fue así como el Ona se integró al Yagán y cruzó sangre y vida con nosotros.

***

La percibí un día entre los nuevos venidos, envuelta en pieles claras de guanaco, lo que hacía resaltar sin duda el cobre rojizo de su piel de niña. Era pequeña y ágil, esbelta y buena cazadora; nunca perdía una flecha. Sabía correr contra el viento para que la presa no la olfateara. Los perros la seguían a través de bosques, cerros, turbales y arroyos. Las mujeres de nuestro pueblo no cazaban, ella sí.

Yo la sentía poseedora de una vida oculta y subterranea. Amante de los crepúsculos y del fuego, se sentaba en silencio. Las llamas jugaban iluminando la pequeña cruz de su cuello, yo me ponía en la sombra para mirarla intentando comprender por qué su silencio me intimidaba más cuando estaba quieta, tan quieta que casi inmóvil.

Ella me miraba y sólo penetraba en mis ojos. Ella nunca ignoró que yo no tenía cabeza. En sus silencios quietos sus ojos interrogaban las llamas. Ella no tenía miedo. Ella me tenía miedo. Yo la miraba desde las sombras que venían de la noche, más allá del centro de la hoguera. Las tinieblas desde las cuales la observaba, eran como las de las cavernas que a mí me apaciguaban. Ella aceptó mi manto de estrellas y yo derramé en él miradas sinceras que llegaron hasta ella, miradas de amor nuevo.

***

Pronto me dí cuenta de que Dolores ignoraba los secretos del agua y las canoas. Y así la llevé al mar. Sus ojos se agrandaron viendo el fuego de la canoa reflejarse en el agua de los canales. La llevé lejos porque ella no tenía miedo, y le mostré el tesoro, nuestro tesoro. Sentí que hubiera querido largarse a la búsqueda de la estrella más próxima, y con firmeza la detuve. Mi corazón latió fuerte. Ella supo entonces que debería obedecerme.

***

Los inviernos no la entristecían; claro que con ella llegaron acontecimientos : una ballena se varó en las costas del mar y hubo un largo, y aún más que un largo invierno sin privaciones. Los petreles y las aves marinas abundaron entonces, y hubo comida y gozo. Mi padre nos miraba crecer juntos.

Algunos de los ancianos se fueron y otros los reemplazaron. Se fueron a los cielos altos, hacia la luna grande que habita mi madre; al irse llevaron en parte el secreto, de mi falta de cabeza. Los augures no volvían sobre mí, hijo de cacique, sangre y fuerza; mi presencia imponía respeto y silencio; mi corazón enmascarado se expresaba en la fuerza de mis gestos.

***

Mi pueblo amaba la risa y también la paz y la continuidad. Cuando la tomé por mujer, yo le cambié de nombre a Dolores. La llamé Onaisín –tierra del fuego– pero ella siguió siendo cristiana y teniendo recuerdos.

Onaisín tenía los brazos ligeros y lisos. En las noches de invierno cosía cueros de guanaco junto al fuego. Su choza era límpia y seca. De su pueblo había aprendido a cambiarla de posición fácilmente, a obstruir la entrada cuando las lluvían torrenciales caían o la nieve. A mi vez, sentí que yo debía obedecer algo en ella porque lo que ella había descubierto cuando la bautizaron los blancos con el nombre de Dolores, le permitía quedar firme cuando la borrasca del mar avanzaba, cuando los inviernos crueles amenazaban con exterminarnos.

Onaisín hablaba de fe, de esperanza; hablaba sin parar de cosas lejanas : un establo, casa grande para mí que sólo conocí la choza, porque en los campamentos del norte, sólo recuerdo de aquel viaje con mi padre, humareda de muerte y miedo. Un establo, un niño nacido Dios; un niño cuyo nacimiento lo marcó una estrella. Ya grande murió en la cruz. Dolores decía que para salvarnos, para darnos la inmortalidad, para que no nos pudriéramos como los restos de los corderitos devorados por los cóndores, debíamos creer. Dolores hablaba de salvación; pero su Dios estaba muerto. ˇNo! había resucitado y hasta ido al cielo, hacia el gran cielo de la gran luna donde habita mi madre.

Portando su signo la inmortalidad podía lograrse sin necesidad de hundirse en las profundidades para comprender las estrellas. Pero para que el símbolo de la cruz del niño eterno esté vivo debíamos tener niños y contarles la historia y bautizarlos en el nombre de esa cruz.

Creo que el niño del establo tampoco tenía cabeza, pero si corazón.

***

Yo aún sigo cargando la inmortalidad de mi manto de estrellas mientras veo mi pueblo extinguirse y sus copulaciones sin fruto. Ví partir a mi padre y a Onaisín hacia la gran Luna. Ella se fue sin jamás tener el niño al que quería bautizar en nombre de la cruz, pero no por eso dejo de creer que la inmortalidad existe en las profundidades de las entrañas de una mujer y luego en la gran luna.

***

Yo estoy aquí, yo quedo en el sin tiempo, testigo vivo de mutaciones asombrosas, contador de historias eternas que se remontan al nacimiento de los fuegos en las entrañas de la tierra. Yo soy testigo de un Dios enorme, con quien mansamente comparto mis estrellas…

Doctora E. Graciela PIOTON-CIMETTI



Es común en la niñez, y a veces a lo largo de toda una vida preguntar ¿puedo? Y en la adolescencia o en la adultez preguntar ¿debo?

En niñas con vitiligo usualmente tras el rasgo del "capricho", ambas preguntas despuntan en el horizonte de la identidad compitiendo por el primer plano de la impresión en la piel, haciendo un juego de claro/oscuro en el desconcierto cotidiano.

¿Quién debo ser y que puedo hacer?, preguntas que se articulan cada vez que la fotografía de sus personas les devuelve un rostro y un cuerpo en los que visiblemente dos colores, que en verdad simulan dos texturas, resaltan haciendo tambalear el sentimiento de continuidad de un si mismo integrado.

En general, son niñas bonitas, inquietas, con un "carácter fuerte, autoritario", a veces socialmente activas, en las que la irritación esconde el dolor de sentirse manchadas, y dotadas de una fealdad a toda prueba.

La identidad es una contrucción individual, apoyada en la sociedad y la cultura en la que estamos inmersos, que nos induce a sentirnos y pensarnos unificadamente en nuestro accionar cotidiano.

Pero los reflectores de la inquietud responden alternadamente a lo claro o lo escuro de la piel que refleja la impunidad de las preguntas que por la negativa van imprimiendo pinceladas a la inseguridad que aumenta la despersonalización. La vergüenza tampoco pide permiso. La encontramos en el modo de vestir.

No debo, no puedo. ¿Qué? Vivir. Y ¿qué es vivir? En principio alternar con los otros, siendo yo con los otros, en condiciones de igualdad.

En la escena edípica, obviamente la competencia, para ellas desleal, dado que les tocó en suerte perder. Están manchadas.

Pero a la vista de los otros, son las victoriosas, las preferidas, las únicas. Principales en la batalla de hacerse un lugar sea como sea, un lugar que sea el lugar de la victoria y la seguridad.

Claros/oscuros, islotes unidos por la vulnerabilidad. Vulnerabilidad que remite a una subjetividad vulnerable.

A la escena edípica tradicional, con la particularidad de los actores que conforman cada puesta en escena, se le agrega un actor insolente por no haber sido invitado pero igualmente presente, con libreto especial que es "la piel".

Esa piel que es vivida como un castigo por protagonizar un papel con argumentos que no son los indicados por el autor.

Esa piel que es un soborno permanente para la complacencia parental donde el debés y el podés no son palabras que engrosen el vocabulario permanente de la constelación familiar.

Pero ellas, igualmente sienten que no deben y no pueden y la amargura irrumpe sintiendo que la fealdad es el dedo acusador del otro personaje, que no es el aparente, el que histrioniza por el mundo haciendo alarde de su autoridad.

Pero fácil sería hablar de "una que en verdad son dos", de las "dos caras de una moneda" , de "dos mitades que hacen una".

Es más complejo, es el campo gelatinoso de la ambigüedad. Es el campo también de la ajenidad.

Al igual que la inequidad social, la inequidad del deber y el poder representada por el claro/oscuro de la piel, trae aparejado un rencor de tal envergadura que hace dificultoso el existir.

Va perfilandose lentamente un ¿y para qué…?, si la "suerte" se fue de paseo cuando coloreó la piel.

Entonces la esperanza se desvanece, es sólo un concepto. Concepto que devuelve lo que parece que nunca tendrán. ¿Qué esperar? ¿Esperar?

Esperar es desear. ¿Para qué desear si esos deseos solo podrían hacerse realidad en un ser corporal en el que se asienten y luzcan?

Ellas poseen un ser corporal que podría ser presentado en un concurso de manchas. La esperanza no tiene como asirse.

Entonces aparece el cuento infantil o adolescente, el cuento de hadas, la historia fantástica donde "soy esa perfecta que merece vivir con alegría y con recursos que hacen vital el existir".

¿Es posible ir conjugando el argumento de "la niña perfecta" y la "niña que es"? ¿ Es posible presentarles para que puedan representarse ambos argumentos de forma que se los puedan apropiar?

Lo que les pasa y lo que les gustaría que les pase, ¿hay alguna unión en ambas escrituras?

El agua, la unión de los islotes, navegar por el agua, recorrerla.

Puede ser una trampa, podríamos quedarnos a perpetuidad haciendo agua, o a punto de naufragar de islote en islote.

Pero, la multiplicidad de aspectos, de figuraciones, son sintetizados por una subjetividad en curso.

La "que les gustaría ser", es inventada por "la que es", no es cualquier invento. Pero "la que les gustaría ser" también sostiene a "la que es".

La "que es" es el habitat. El cuerpo y el pensamiento son tiempo y espacio que van atrayendo a "la que le gustaría ser" imprimiendo a ese cuerpo y ese pensamiento una modalidad vincular.

Así el esquema corporal va variando. La imagen corporal se va engrosando con aquello que está en cada una, pero que no les pertenecía. La fantasía, los sueños, la imaginación.

Y ¿quien determina la predisposición genética… quién es la que genéticamente predispuesta es bicolor, si la que se mira en el espejo no comprende por qué a ella le sucede esto? ¿Habrá hecho algo mal, algo no debido, algo prohibido? ¿Soñar? ¿Imaginar?

O ¿recordar esos sueños que se repiten, que transcurren con horror, con "una cara conocida pero no se de quién es"?

¿Y qué pasa en los sueños? "Parece que me persiguen no se para qué… yo me asusto". Pero esos son "los sueños de dormir"… "los sueños de… me gustaría" tienen otra tonalidad, otra voz, una modulación en general no hostil, sino más bien como una melodía que se va delizando entre los días posibilitando miradas y encuentros con pares y con otros. Encuentros.

¿Quién soy? ¿Qué tiene que ver lo que me pasa con lo que siento con lo que quiero?

El camino se presenta sinuoso, se hace como que no importa, como que por ser desobediente los colores sobresalen de la cara y el cuerpo marcando el tiempo de descuento a la desason.

Pero los sueños siguen, "me persigue esa cara".

"Quiero ser la única… pero no la única sin los demás, la más única, la elegida, me gustaría contestar como la que me imagino que soy".

"A veces lo que pasa, ésta piel que tengo, me lo merezco, otras no me lo merezco, depende como me porte".

Repigmenar… representar… re… un tiempo y un espacio que parecían vacios, blancos, ajenos, rellenos con culpa, con sueños dolorosos y con llantos, ahora también comienzan a poblarse de lo que la imaginación trae.

La esperanza, esa espera activa, la que hace perfilar una posibilidad, "la que me gustaría ser" y "la que soy", se encuentran, se dan la mano, se presentan… parece que algo comparten. Espacio transicional, que permitirá que la capacidad simbólica se haga cuerpo en el tiempo re… en la piel repigmentada.

Entre el rostro y la máscara un espacio, el aire, el agua necesaria para el tiempo re… historizar, pensarme, sentirme, inventarme, el tiempo del "me imagino… " que se va haciendo propio. El tiempo novelado que se va descubriendo a medida que se vive… y se abraza entero.

Licenciada Rut Diana Cohen




Por el Lic. Gonzalo Enrique de Francisco Meirelles: healthiges@hotmail.com

Imaginemos que un día, abandonamos nuestras actividades y nos dirigimos a nuestra casa. Cuando llegamos nos encontramos dentro de ella a un señor de 3,50 metros de altura, gigante, 190 kilos de puro músculo que furioso nos pide cuentas de una supuesta falta cometida en nuestras actividades. El terror se apodera de nosotros. Rogamos a Dios y al cielo y a todos los rogables que este gigante enfurecido no decida matarnos de un golpe (pues si quisiese, podría hacerlo holgadamente). Nuestra cabeza, supera la altura de sus rodillas pero no llega a su cintura. El gigante enfurecido pasa de gritar a bramar. Nuestro terror aumenta al punto de sentir que nuestros esfínteres se aflojan al tiempo que una mano de por lo menos 60 cm. de largo se estampa en nuestro rostro cubriéndolo por completo. Terrible dolor y ardor al tiempo que somos derribados. Momentáneamente pensamos que vamos a morir. A continuación el gigante nos interroga, levantando su mano amenazantemente, respecto a dónde dejamos el vaso amarillo pues supone que nosotros lo tomamos y lo perdimos. Queremos contestarle para evitar que un nuevo golpe se estampe en nuestro rostro, pero el temor apenas nos permite balbucear, decimos: - N - NO - NO - S - SÉ

Cuando decimos la última sílaba "SÉ" cerramos los ojos esperando el golpe final.

Por lo menos esto y seguramente algo mas siente un niño en la hipotética circunstancia relatada. Pero con una diferencia sustancial y es que en la hipotética circunstancia relatada, la víctima es un adulto y en la realidad, las miles de veces que esto sucede en la vida real, la víctima es un niño acompañado de su inmadurez para enfrentar la agresión de un adulto que en la mayoría de los casos es su padre. Algunas otras veces el gigante es un tío, un maestro, o una abuela. Obviamente, los gigantes antes mencionados, en la gran mayoría de los casos, están llenos de buenas intenciones formativas, pero en otros casos, en forma muy oculta y subyacente, es el sadismo disfrazado de afán de educar. Volvamos al grano.

En España, y salvo como siempre de honrosas excepciones, el tema de tartamudez se encara desde la re-educación del habla. Me han llenado a conceptos tales como la función de la laringe, el diafragma funcionando atipicamente, la salida entrecortada del aire, etc. He entendido que la persona es tartamuda, prácticamente por que él quiere, porque hace mal las cosas al momento de hablar y debe aprender nuevamente lo que aprendió mal. El niño tartamudo, es sometido a continuas, maratónicas y tediosas sesiones de vocalización con muy dudosos resultados. Curiosamente, los encargados de estas cosas en el Viejo Continente son los Logopedas que constituyen el equivalente de los Fonoaudiólogos que conocemos en Sudamérica. Lógicamente, durante la adultez del paciente, en el primer hecho que esté involucrada la autoridad (por ejemplo, el rendir cuentas a su jefe), comenzará a tartamudear nuevamente por volver vivir en el inconsciente las imágenes que otrora vivió con las figuras de autoridad. El que aquí escribe, en su larga experiencia como psicólogo, le ha tocado "curar" muchos pacientes tartamudos y ha tenido la suerte de seguir algunos casos por el término de 20 años, pudiendo comprobar que los casos tratados con psicoterapia habían tenido una resolución definitiva mientras que los casos tratados con logopedia la sintomatología reaparece con el tiempo. Resumiendo, tanto el niño tartamudo como el adulto fueron personas que tuvieron relaciones traumáticas con las figuras de autoridad en su tierna infancia. En la vida cotidiana la persona revive las situaciones traumáticas cuyas vivencias se encuentran vigentes en el inconsciente y el tartamudeo aparece. Esta es ni más ni menos la razón por la cual la persona que padece esta disfunción refiere que, por ejemplo, cuando está en su casa con su esposa y sus hijos, deja de tartamudear o bien, según el caso, lo hace menos. Llama por teléfono su jefe y el tartamudeo aparece en su máxima expresión, lo mismo si el Presidente de su empresa lo llama a su despacho para pedirle cuentas del éxito o fracaso de la campaña publicitaria, la persona revive inconscientemente el momento en que su padre le pedía cuentas respecto a la desaparición del vaso amarillo. Y cuidado! Porque en ese momento puede venir el premio o el castigo. En general, el tartamudo cuando tartamudea, lo hace mirando la cara de su interlocutor. Porque a medida que avanza en la emisión del mensaje va constatando si lo que dice satisface o desagrada a su interlocutor.

Tiene la fantasía que, si a medida que avanza dificultosamente con el mensaje y detecta en el rostro de su interlocutor el desagrado, tendrá tiempo de cambiarlo por un mensaje que no genere el castigo. Dicho de otra manera, al avanzar lentamente en la emisión del mensaje, monitorea el agrado o desagrado del interlocutor para poder rectificar el mensaje de acuerdo a lo que el interlocutor quiere escuchar. Precisamente, el habitual cierre de frase que hacen los tartamudos donde se aceleran y dicen todas las sílabas juntas, proviene de la sensación inconsciente de decir: "Está bien, me tiro al agua y que sea lo que Dios quiera".

En los casos mas severos, la tartamudez es acompañada de algún "tic nervioso" como cerrar los ojos compulsivamente, acto que proviene de una actitud defensiva de esquivar el golpe que se avecina refiriéndonos a la hipotética situación planteada al principio de esta nota.

Según la opinión de algunos colegas y como mi propia experiencia lo indica, estos pacientes responden muy bien a la psicoterapia y contrariamente a lo que se pueda imaginar, las mejorías se aprecian a partir de las primeras sesiones pudiéndose alcanzar muy buenos resultados en muy poco tiempo. Básicamente, el camino es como siempre, hacer consciente lo inconsciente, ayudar al paciente a elaborar las circunstancias que lo llevaron a la disfunción, elaborar fantasías de minusvalía y agresión, contactar al paciente con sus partes adultas ayudándolo evolutivamente a abandonar y elaborar sus contenidos infantiles que son precisamente los que están interfiriendo en el buen desempeño del habla.

También, se suelen elaborar los contenidos que tienen que ver con el crecimiento y el esquema corporal. El concepto de que el hoy adulto que padece tartamudez es una persona que también tiene autoridad, capaz de defenderse, que ya no existe esa diferencia abismal entre su padre y él. Hoy el paciente tiene el mismo tamaño de los demás adultos, él también es un adulto. ¿Por qué el paciente, utilizando su misma lógica inconsciente, no espera que sea su jefe el que se transforme en tartamudo frente a su presencia autoritaria?. Esto es la génesis práctica de una tartamudez estándar. Como se puede apreciar, el tema de la tartamudez puede definirse como disfunción del habla generada por experiencias traumáticas infantiles vividas con las figuras de autoridad. Deseo aclarar que esta definición no es clásica y que fue elaborada para Healthig para describir una afección que acarrea una importante carga anímica y social para quien la padece. Como siempre contestaré las consultas que reciba.

Health I. G. News



Para comprender el concepto de la muerte en la filosofía budista, es necesario, primero, tener una idea clara sobre el criterio de VIDA. Para el budismo la Entidad de Vida (chu) se manifiesta como No-substancialidad (ku) y substancialidad (ke).

Es decir, que, para el budismo, lo que conocemos como vida y muerte, son manifestaciones de la vida universal.

Nuestra existencia abarca las nueve conciencias, es decir:

  • 1ra. conciencia: sentido del tacto
  • 2da. conciencia: sentido del gusto
  • 3ra. conciencia: sentido del olfato
  • 4ta. conciencia: sentido del oído
  • 5ta. conciencia: sentido de la vista
  • 6ta. conciencia: mente especulativa (kama manas)
  • 7ma. conciencia: mente abstracta (manas), genera juicios de valor, conceptos, etc.
  • 8va. conciencia: Alaya: recipiente de los efectos inherentes generados por nuestras causas (katma)
  • 9na. conciencia: budeidad
Está claro que nuestra "vida real" reside en nuestra conciencia superior (9na.) mientras que las 8 conciencias inferiores son "agregados ilusorios" a nuestra vida real, por esta razón se las denominaba con los términos maya-kosha (ilusión-agregado), como por ejemplo: mano-maya-kosha (significa: agregado ilusorio de mente abstracta).

También debe estar claro que fuera de nuestra manifestación física (ke), el resto de los componentes (9 conciencias) pertenecen al plano de Ku, por tanto son insubstanciales, pero todos ellos compuestos por energía.

El proceso de la existencia se identifica en 4 estaciones: "existencia durante el nacimiento, existencia durante la vida, existencia durante la muerte y existencia intermedia entre la vida y la muerte" (A Treasury of the Analises of the Law).

En el proceso de pasar a través de la muerte a la existencia intermedia, nosotros experimentamos una transformación de nuestro ser. Durante esta fase varias funciones de la vida se "duermen" y son almacenadas en la conciencia Alaya (8va.). Esas funciones incluyen las 5 conciencias sensoriales, la conciencia mental y la conciencia manas, que es el centro de la conciencia de uno-mismo.

Cuando las conciencias mental y manas se duermen, todas las actividades psíquicas, incluyendo las funciones mentales y los deseos emocionales, se convierten en "semillas dormidas" y son depositadas en la conciencia Alaya.

Al mismo tiempo, nuestro ser físico (ke) comienza a desintegrarse y su energía, también, es absorbida en la conciencia Alaya.

En la confusión general de este proceso, es natural que nuestra experiencia sea muy diferente comparada con la de nuestra vida normal.

Asustados y confundidos debido a todas esas inacostumbradas sensaciones, permitiendo que nuestros deseos terrenales e ilusiones penetren nuestras vidas en un frenético y esforzado final al momento de la muerte, todos nuestros esfuerzos hechos para elevarnos a nosotros mismos, si no estuvieron basados en la ley, se nulificarán en un solo instante.

Según la perspectiva budista, nuestra facultad para pasar a través del proceso de la muerte depende de nuestros esfuerzos durante la vida para acumular buenas causas y fortalecer los fundamentos de nuestra bondad en lo profundo de nuestras vidas.

Podemos entrar pacíficamente a la existencia intermedia, sin perder nuestra presencia mental, si al momento de la muerte, somos capaces de manifestar una luminosa condición de vida basada en la ley mística.

Lo contrario a lo que antecede se produce cuando en nuestra vida predominan los 3 venenos. La conducta negativa en este sentido es causada por deseos terrenales derivados fundamentalmente de la ira, estos derivados incluyen la indignación, resentimiento, aflicción, celos y antipatía personal.

La repetición de dichos deseos demoníacos establecen causas profundas en nuestra vida individual, las cuales son almacenadas en nuestra conciencia Alaya como karma personal.

Al momento de la muerte, este karma es activado como tormento para la persona que está muriendo. En resumen, los deseos negativos o actos demoníacos que perpetramos durante la vida pueden causar agonía al momento de la muerte.

La acumulación de karma positivo sirve para protegernos de estas experiencias de agonía al momento de la muerte.

De acuerdo con las escrituras mahayánicas, después de la muerte, la vida individual se funde con la vida cósmica en el estado de no-substancialidad o ku. Aún así, si bien está fundida con el Universo, la individualidad se preserva en la forma de semillas kármicas almacenadas después de la muerte en la conciencia Alaya.

Esas semillas afectan la condición de la vida individual en la existencia intermedia con experiencias de placer o sufrimiento, de acuerdo con el karma acumulado durante la vida.

En A Treasury of the Analises of the Law, el teórico budista Vasubandu nos cuenta que el karma acumulado durante vidas pasadas no puede ser cambiado durante la existencia intermedia, pero Nichirén Daishonin enseña que las oraciones ofrendadas por los vivos pueden, de hecho, alterar el karma de los muertos y afectar las condiciones de su futuro renacimiento. Porque las oraciones son ofrendadas desde el estado de budeidad y son transmitidas a la conciencia Alaya de las personas fallecidas.

Una persona que continúa invocando (práctica budista relacionada con lo fusión con la Ley Mistica o Dharma) hasta el momento de su muerte y que ha logrado manifestar su budeidad natural, se fusiona a la budeidad inherente en el Universo, en el momento de su muerte.

Como decíamos, aún fundido en la condición de no-substancialidad (ku) con la gran vida del Universo, la conciencia Alaya, que almacena todo el karma de la persona, continúa existiendo. Cuando las CAUSAS EXTERNAS (la información genética provista por los futuros padres) coinciden exactamente con las causas internas almacenadas en la conciencia Alaya, la vida en existencia intermedia puede manifestarse en este mundo, más allá del lugar donde esos padres habiten, porque la vida en estado de ku trasciende los límites espacio/temporales.


Bibliografia: "Unlocking the Misteries of Birth and Death" de Daisaku Ikeda, Capítulo 4

Juan Carlos Laborde



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