|
Mis amigos partieron, fueron positivos, yo los conocí, alegraron mi vida, dieron luz a mi silencio interior. Tuvieron enfermedades largas en el tiempo pero siempre hubo un teléfono para reír juntas yendo más allá del dolor. Cuando Roberto y Olga Inés partieron lo hicieron casi al mismo tiempo, como habían vivido. Fueron positivos, yo no hago sino prologar la transcripción de los testimonios escritos por quienes compartieron sus vidas. Me parece que me han dejado sus hijos porque me siento responsable de poner en evidencia quienes fueron ante todos los que los apreciaron. Con amor a ustedes tres, sus hijos, mis hijos adoptivos en la distancia hoy. ***
Trifinio es un vocablo inventado por el afecto de tres países que han tenido que unir fuerzas para formar carácter y futuro. Es el punto donde Honduras se perfila para darse la mano con dos amigos y aportar con Ocotepeque el departamento que ha sabido ser vecino y hermano. En su cabecera, Dios quiso que la familia Villeda Toledo comenzara a formar su hogar primero y colgara en la sala de los recuerdos a sus patriarcas más queridos, la abuela mama Lola, menuda de físico pero firme de carácter y al abuelo José María, menudo también de cuerpo pero con una disposición por la vida que esta, por su amor al trabajo, le rindió siempre pleitesía. Mi madre llegaba de la tierra de la eterna primavera Guatemala donde conoció a mi padre, así por casualidad, como ocurre en los cuentos de hadas, en un mostrador de farmacia. Un dolor de cabeza demando de su chofer acercarse a las puertas de la farmacia Pasteur en la sexta avenida para comprar un analgésico y ahí conocer a quien le acampanaría noche y día por 42 años de su vida. El agua del río Márchala, acumulada en las montanas, sorprendió a la apacible ciudad en las primeras horas del 7 de junio de 1934 y la arrastro con todo lo que encontraba en el camino. Mis padres emigraron a Copan con Manuel, mi hermano mayor de tan solo nueve meses de edad y según me contaban, con lo único que les permitió el diluvio rescatar de la farmacia, un bote de aspirinas. En Santa Rosa retomaron el camino y aumento la familia, nacimos Roberto, Federico y yo. En los albores de los cuarenta nos trasladamos a Tegucigalpa donde de dimos la bienvenida a Guillermo, nuestro hermano menor. Los que residían en Ocotepeque preferían cruzar El Salvador para poder llegar a Tegucigalpa, les era más fácil y más rentable. Evitaban la tortuosa escuadra que representaba seguir el litoral atlántico y continuar en línea recta la ruta que hoy es la más transitada, San Pedro Sula Tegucigalpa. Mientras mi padre acomodaba el bote de aspirinas en la nueva farmacia de la capital, mi madre cruzaba el puesto fronterizo de El Poy para adentrarse a El Salvador y reunirse con él en Tegucigalpa; en una mano llevaba asido a Roberto y en la otra a mí, con el temor de que alguno de nosotros se le perdiera entre la multitud que rodeaba los buses en la estación central de transporte de San Salvador. Y así paso, mientras yo me entretenía con el ir y venir de la gente mi madre pegaba un grito preguntándome, ¿y Robert? Angustiada, apartaba a quienes tenía cerca y halándome con fuerza hacia que la siguiera. Así, deambulamos no se por cuánto tiempo hasta que alguien compasivo le aconsejo: «Vaya a la policía, quizá lo hayan encontrado». Ante esta esperanzadora idea, preguntando aquí y allá, llegamos a una puerta de vidrio sostenida por pilares mayores y, al abrirla, vimos a Roberta sentado en una mesa rustica rodeada de policías que le hacían gracias mientras mi hermano les seguía el ritmo batiendo las palmas de sus manos. En ese momento supe que Roberto estaba investido de un aura de templanza que le acompañaría a lo largo de toda su vida útil. Roberto supo de la rebeldía en sus años mozos y, en esa pausa dubitativa que todos pasamos cuando finaliza el bachillerato para decidir qué hacer con nuestra vida, el maniato los días como queriendo darle tregua a su vocación escondida. Y la encontró, cuando menos la esperaba. Con sus amigos de esparcimiento visito, en uno de esos días congelados, una escuela a escasos kilómetros de Tegucigalpa que no tenía nada que ver con las carreras tradicionales que imponía en ese entonces la educación superior y fue allí, en el valle de Yeguare, donde la tierra le tenía una pasión reservada. Zamorano comenzó a moldear su otro yo. El que demandaba llenura en su querer ser y querer saber y, vaya que lo logro. Se entrego por entero al estudio de la ciencia de la agronomía, la que le formaría carácter y sabiduría. Se volvió un conversador apasionado de la Honduras agrícola que daría al traste con la pobreza y la dependencia, terna que lo llenaba en todas las tertulias, incluso en las que fuimos fieles escuchas Guillermo y yo cuando nos invitaba en su casa a sus exquisitos almuerzos. Hubo voces cristianas en su velatorio y en su misa de descanso eterno, esas palabras de familiares y sacerdotes que elevaron a Dios su ultimo sentimiento de no temerle a la muerte y de a cercarlo con placidez a lo omnipotente. Los relatos que siguieron al pie de su última terna morada fueron de los ex-ministros y ministro actual de la Secretaria de Estado que el sirvió como asesor especial a través de tantos años. Uno de ellos, nuestro primo hermano Ramón, resalto lo que el creyó su mayor virtud: «Fue creativo en todo lo que emprendía y, serlo, en sus años de niño era lo que mas sorprendía. Convertí una simple caja de cartón en un cinematógrafo, abriéndole aperturas en su frente para proyectar muñequitos de papel cortados con tijera y, en su parte superior, para que una vela prendida colocada en su interior respirara y no quemara el arcón». Lo visité unos pocos días antes de morir y vi en su rostro una paz que me hizo retrotraer aquella templanza cuando se soltó de la mano de mi madre y se perdió entre la multitud para encontrarlo batiendo palmas ante las gracias de la vida. ***
Fue una mujer fuera serie. Determinante: una vez que se fijaba una meta, la cumplía. Hace unos 29 anos desarrollamos una gran amistad basada en el compañerismo, solidaridad y sinceridad. En los años 80, s decidió abrazar la carrera de Periodismo, casi como «hobby», porque sus hijos estudiaban fuera del país. Se graduó en cinco anos con una tesis de grado sobre un proyecto de Televisión educativa Fue precisamente en esa época en que la conocí. La mirábamos como una señora seria y refinada, de las pocas que andaba en vehículo. Luego de una fiesta de fin de curso, me vio tiritando de frío, porque solía usar vestidos demasiado escotado de la espalda. Se acerco y amablemente me ofreció su fina chaqueta. Fue el inicio de una gran amistad. Estaba siempre dispuesta a dar un consejo, nos prestaba sus apuntes, libros y hasta dinero para el bus. Fue la única persona extraña a mi familia que compartió mi graduación de licenciada en Periodismo. Mi hija Scarlett apneas tenía cuatro anos y al verla tan bien peinada, le decían la esfinge en el colegio, se le acerco subrepticiamente por atrás y le tiro el cabello, creyendo que era una peluca. Años después ambas se reían de su travesura. Muchas veces me dio aventón a San José de la Pena, donde ni a los taxistas les gustaba ir. Nos invitaba a su residencia de la Florencia y así conocí a su esposo y a sus hijos, aunque ya los había visto por las fotografías. Se le iluminaban los ojos al hablar de su bella «pelirroja», su «flaco» y de su pequeño que había sacado el porte de su padre. Algunas navidades la visité y armábamos grandes tertulias con su esposo don Roberto. Siempre me animaba a seguir adelante. Creía mucho en mi capacidad periodística y me defendía cuando algunas amistades suyas censuraban mi forma de escribir en la famosa columna: «Desde el templo de la revolución moral». Estaba muy contenta, la primera vez que me invitaron a Europa a una gira de trabajo. Hizo una lista de lo que tenía que llevar e insistió en un abrigo, porque era temporada de frío. Cuando le dije que llevaría un suéter caliente porque un abrigo estaba fuera de mi presupuesto, se preocupo: temía que enfermara de una pulmonía. Antes de que partiera, discretamente me llevo un elegante y largo abrigo gris. Y si que lo necesité porque sobre La Haya, Holanda caía una tenue lluvia con granizo. Se lo regresé bien «drayclineado» y me dijo: «ni cuenta se dio mi hijo José Roberto, que lo usa siempre que viaja a Londres». En el gobierno de 1990-1994 se desempeño como relacionadora publica de la Primera Dama, Norma Regina de Callejas y cuando me delegaron para cubrir la Casa Presidencial, se puso feliz, porque compartíamos sus «sanguichitos» de jamón y queso. En los meses de junio y octubre siempre almorzábamos en la «Pizzería Tito» porque le ponían un queso especial a su «popular» y a la mía de atún. Una vez le dije que me sentía como su amiga pobre y entre carcajadas comento divertida: « tan pobre que anduvimos paseando en los «champ elisses». Siempre recordaré ese viaje en el que me dio clases de cómo manejarme en una gran ciudad y a usar el metro. ¡Qué inolvidables momentos! Olga Inés Álvarez Alvarado de Villeda Toledo o simplemente la hija de doña «Inesita» te fuiste sin despedirnos y sin discutir sobre los últimos acontecimientos. Sentí dolor en el corazón cuando vi desfilar su féretro cargado en uno de sus extremos por Carlos Enrique. Amiga mía sé que mientras te recordemos no habrás partido. Y yo te seguiré recordando hasta el último de mis días. Sé que me abrigaras desde el cielo.
Hecho en Paris, 7 de octubre del 2010
| |
|
Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti
| |
|
Muchas veces pensamos que los peores sentimientos que podemos tener son la ira, el odio, la venganza, la codicia,
y otros males que afectan a los humanos. Pero tal vez la raíz de todos esos males tenga su semilla en la Ingratitud.
Hay que sentirse muy aislado y desprotegido del mundo para cultivar tan destructivos sentimientos, hay que ser muy poco agradecido de lo que se tiene para caer en tan deplorables laberintos de la mente y el espíritu del cual es difícil luego salir. Es de mucha soberbia pensar que no tenemos nada que agradecer y en cambio sentirnos con derecho a exigir a unos y a otros, a la naturaleza y a Dios por lo que nos falta (o creemos que nos falta). Es un gran error matemático pensar más en lo que nos falta que en lo que se nos da y ya poseemos. Tenemos todo lo necesario para vivir, y eso es más que suficiente. Lo demás viene de "premio" y al menos de eso tenemos que estar agradecidos. Podemos pensar que el agua, la comida y el aire nos pertenecen por derecho propio, tal vez porque no elegimos nacer y ya que no lo hicimos por propia decisión, se nos tiene que proveer de lo mínimo indispensable para sobrevivir. Pero todo lo que excede la supervivencia, es un regalo del que no podemos dejar de sentir agradecimiento. A partir del hecho de tener vida, todo lo agregado es digno de agradecer y sentir ese agradecimiento. A partir de estar con vida, el reto de lograr nuestros propósitos, de tener propósitos, es un agregado que va a dar calidad espiritual a la vida que llevamos. También podemos elegir permanecer en la simple supervivencia, sin evolucionar, y en ese caso también deberíamos estar agradecidos por todo lo que se nos da para poder cumplir con esa misión, que aunque en sí misma sea un desperdicio para el espíritu, es nuestra elección. En muchos casos podemos sentir que no tenemos porqué estar agradecidos, si tal vez en nada nos va bien. Normalmente sentimos gratitud cuando tenemos experiencias agradables y se cumplen nuestros deseos, y nos resulta difícil sentir la misma gratitud cuando lo que experimentamos es negativo. Podríamos preguntar ¿Por qué debería estar agradecido, si todo me va mal? Y la respuesta más simple es que lo que vale de la gratitud es el sentimiento que genera. Y ese sentimiento es precisamente el que necesitamos para revertir la situación. Aunque nos cueste aceptarlo, no tenemos más que ir un poco a nuestra historia para ver que cuando tuvimos sentimientos positivos, de amor, las cosas salen mejor. Y sentir gratitud es una forma muy sutil de estar expresando amor. Lo importante es fomentar la gratitud tanto como sea posible, de modo que no nos veamos manipulados por las circunstancias en las que estamos envueltos ni por nuestros sentimientos con respecto a ellas. Si sólo nos sentimos agradecidos por nuestra vida cuando todo va bien, entonces durante los períodos de problemas viviremos despojados del importante sentimiento de la gratitud. La gratitud es un estado mental, no una circunstancia de la vida relacionada con la salud o la riqueza. No es el mismo carácter el de una persona agradecida que el de su opuesto. Hay un abismo entre una y otra. Es la diferencia entre un ser de luz que ilumina con su energía y un ser oscuro que todo lo absorbe, que todo acumula, y que termina intoxicado por esta actitud. Hasta en los peores momentos, siempre hay algo digno de ser agradecido. Nunca nada es tan malo y desastroso, como para no agradecer algo de lo que nos pasa o algo que tenemos. Y esa actitud de agradecimiento es la que nos va a impulsar hacia un nuevo estado de bienestar, mucho más rápido que con cualquier otra actitud que adoptemos. La gratitud es como una oración, permanente y silenciosa, que va purificando nuestras vidas y elevándolas a niveles cada vez más sutiles, de mayor paz y felicidad. La gratitud nos llena el corazón y el espíritu. Nos da la prueba de que el universo nos provee de todo lo que necesitamos y mucho más. Solo tenemos que pedir y estar agradecidos. Solo tenemos que dejar atrás toda ingratitud |
|
|
Licenciado Alejandro Giosa
| |
|
A veces siento qué ingrata es la vida conmigo
y eso me sucede cuando algo o todo me sale mal ¿porqué tendré ese sentimiento de enojo, bronca, impotencia ante una situación desfavorable?
Será que no comprendo los mensajes que me da la vida
¡Que poco agradecida que soy con mi vida!
Debería enfocarme en pensar en positivo
Pobre de mi incapacidad de ver mejor las cosas,
Pase lo que me pase
A partir de hoy voy a ser más agradecida
Todo mi descontento por lo que necesito
|
|
|
Prof. Carla Manrique
| |