Viene al encuentro.
La sombra en la pared refleja una figura sin rostro que parece un engrana aturdido salido de un cuento para niños antiguo.
La miro.
Entrecierro mis ojos para percibir mas nítidamente sus límites.
Me asombro por su presencia.
Susurra en mis oídos una canción que no reconozco y que sin embargo me embriaga.
Frío y calor recorren mí piel.
Tiemblan mis manos.
De pronto recorro el aire límpido que llega desde la ventana entornada y comienza a cantar un pequeño pajarito un "arrorró niño mío no te asustes son tus vida inscriptas en la pared"
Creo liberarme del encierromental que produjo la sensación de anhelo y lejanía que palpitan en la sombra en la pared.
Y entonces lo ajeno y lo propio se confunden en un abrazo y la sonrisa despierta en mis labios devolviendo un sabor agridulce perdurable y sostenido.
Enciendo la luz en mi alma y despierta el repiqueteo en mi corazón.
Las palpitaciones se confunden con las voces que ensordecen y susurran, como melodías libres de mentiras y recuerdos austeros con barrotes de dolor.
Entonces.
Ya es de día.
La noche se despide juguetona y liviana.
Los jazmines emanan ese perfume que baña la soledad tan sabiamente con tanto sigilo.
Siglos y continentes quedaron impresos en mi pared.
Tanto apuro por comprender y saber de entonces.
Tanta necesidad de apurar el después.
Ahora si, ahora presiento disculpas.
Si, disculpas por el apresuramiento y el disgusto por lo que no hay.
El coro de mis voces aumenta su caudal.
El Himno a la Alegría deja su mensaje.
La primavera. Vivaldi recuerda las hojitas verdes y las flores recorriendo los balcones.
La arena ya está tibia, y las huellas siguen ancladas en la playa.
Ya estuve por aquí simplemente ¿lo disfruté?
Fatalidad.
Estoy a tiempo de aprender.
Disfrutar soñar y vivir.
Lo que hay es lo que creo y lo que la vida nos da.
Fatalidad suponer que los vínculos son perfectos y sin fracturas, constantes e impermeables.
La sombra de la pared cambió su perfil su contorno es mas ameno.
Mis ojos la recorren con otro sabor.
Agridulce es la vida tal como el día y la noche, la primavera y el otoño nos toman de la mano y nos animan a recorrer días presentes presencias complejas.
Volvió la noche las velas alumbran.
Los colores se infiltran en esa pared inscripta en la historia con historia.

Y aún estoy aquí.

Lic. Rut Cohen



En la vida las cosas suceden. Parece una frase obvia, que no admite más explicaciones que lo que afirma, pero me asombra todo el significado que puede tener si la pensamos con más detalle.

Muchas personas piensan que tienen una vida afortunada y otras piensan lo contrario. ¿Es que hay vidas en lo que todo es desgracia y otras en las que todo es felicidad? ¿O depende más de la forma como se mire? Algunos coleccionan anécdotas de desgracias y otros, tal vez los menos, se regocijan con sus relatos de felicidad.

¿Será que las cosas suceden, sean buenas o malas? ¿Hasta dónde y hasta cuándo las cosas pasan porque tienen que pasar? ¿Habrá tantos sucesos buenos como malos en las vidas de las personas? ¿O la balanza desequilibra siempre hacia la fatalidad?

Las definiciones religiosas sobre el tema dejan grandes lagunas de conocimiento y terminan por no explicar nada. Es lamentable que algo tan evidente como la felicidad y la fatalidad no puedan ser explicadas de forma convincente por los supuestos encargados de hacerlo. Lo cierto es que no hay certezas en este tema.

Lo que creo es que metafóricamente cada persona es un mundo y cada uno tiene una historia tan diferente a la de otros que parece increíble que pueda haber tanta diversidad.

Y dentro de esa diversidad podríamos encontrar que hay gente afortunada y gente sumida en la fatalidad. Y es así. Y no es justo desde el punto de vista estrecho y reducido que tenemos, pero es una realidad comprobable, e innegable.

Y pienso también que la mayoría de los humanos viven más en el sufrimiento, por cantidad y calidad del mismo, que los que tienen un feliz pasar.

Y si esta es la única vida que tenemos como seres orgánicos nacidos en este mundo, la posible conclusión es que nacimos para sufrir, para estar condenados a la fatalidad.

Es muy frágil la mantención de la vida. Tenemos que tener todas nuestras funciones en perfecto funcionamiento. Tenemos que incorporar sustancias apropiadas al cuerpo para que funcione correctamente y tener la suerte que no se infiltren otras sustancias y organismos que pueden perjudicarnos hasta el punto de acabar con nosotros. El equilibrio es muy frágil y requiere cuidado constante, sea este consciente o inconsciente.

Y la fatalidad igual sucede, siempre si infiltra y termina por vencernos, ya sea a su esperado momento en la vejez o muy probablemente antes.

¡Que los ignorantes con título nos expliquen esto por favor!

Lo curioso y extraordinario de todo esto es que igual nos gusta vivir. Lo hacemos como si ignoráramos todas las desgracias que nos rodean.

Ante este panorama no cabe menos que afirmar que somos seres valientes, aventureros, formidables guerreros de la vida, que no sucumben ni ante la peor de las adversidades. Somos curiosos, arriesgados, impetuosos. Sabiendo que todo va a terminar de la peor forma, seguimos adelante y le ponemos ganas y valor a todo hasta el último día de nuestras vidas, y hasta el último minuto vamos a pelear por vivir y por las cosas que dejamos en el mundo. Vamos a lamentar lo que no pudimos hacer y estar orgulloso por lo que hicimos bien. Y hasta el último minuto, y sabiendo que nada de lo hecho valió la pena, vamos a pensar que sí lo valió.

¡Qué extraordinarios seres que somos! Seguimos adelante cuando cualquier cómputo nos diría que sería mejor abandonar todo antes de empezar.

¡Que los ignorantes con titulo nos expliquen esto por favor!

En la vida las cosas suceden y no sabemos porqué ni para qué. ¡Pero qué bien que afrontamos los retos, con qué valor y coraje!

No cabe duda que conocemos muy poco de la vida, pero cada vida, es un acto de valor y coraje inigualable. No hay cobardes en este mundo, no podría haberlo, ya que el solo hecho de estar vivo es la prueba de la existencia de muchas virtudes que son las que nos mantienen vivos.

Aunque sea por unos pocos segundos tomemos consciencia de lo formidable que es el ser humano, que elige vivir y ser feliz cuando todas las evidencias aconsejarían ni siquiera asomarse al camino de la vida.

Licenciado Alejandro Giosa



La fatalidad es un suceso inevitable, generalmente infeliz, relacionado con el hado o el hado inevitable.

El fatalista puede declarar que las cosas ocurren en cumplimiento de sentencias prefiguradas en inabordables escrituras, pero comienza a quedar iluminado por una gracia secreta si es que juega a una meditación o un conocimiento a posteriori. Cuando los hechos, en su radical libertad, ya acontecieron.

Porque si el fatalista piensa a posteriori es quizás para soñar, ya de vuelta de su vocación por ver en lo real un presagio cumplido, que los hechos pueden deshacerse con otros hechos. Para el verdadero fatalista, así, el tiempo no existe. Y si el fatalista puede pensar a posteriori es porque también sabe situarse imaginariamente en un callado lugar anterior a los hechos, como si dijéramos, en dos lugares al mismo del tiempo.
Y allí, antes de que las cosas ocurran, nada sabe de ellas. Con ese recurso fantástico, quizás logra ser un dúctil personaje que cada vez que lo asalta la idea de que lo real "por algo es", se detiene a pensar que todo puede ser evitado. Entonces cada acto acontecido efectivamente, que coloca en la drástica pertenencia al mundo inflexible de las cosas hechas, lo interpreta a la vez como parte del ámbito imaginario de nuestras libertades y juicios autonomistas sobre la historia.

Por eso el fatalista, entendido como un artista de lo contingente, no ve antes que las cosas ocurran, sino que ve antes sólo como resultado de que un hecho cualquiera de la historia siempre le parece "necesario". El derecho a deshilvanar lo dado se lo atribuye su juego con el destino y los hados irreversibles de las cosas.

Empeñar para la autonomía y la crítica ese saber a posteriori para anticiparse a los hechos, en buena teoría permitiría reclamarle al fatalista algo así como "por qué no avisó antes". Pero la confianza de saber ciertas cosas están trazadas de antemano. Pero saberlo después, convierte al fatalista más que en un obsesivo, un Strindberg o un Schreber, en un resignado gentil.

Ciertas historias nos gusta verlas cumplirse, tenemos ya las suficientes previsiones para ellas. Y cuando ocurren, nos gusta pensarnos como previsores o visionarios. Las religiones, el "el saber popular", el psicoanálisis, las literaturas de la melancolía y cualquier idea sobre las "fuerzas intrínsecas de las cosas" postulan diversos dilemas sobre la fatalidad y el fatalista. En general, no se los quiere bien, pero algunos sentimientos muy sólidos que recorren toda la historia del hombre, hacen respetable este recurso a lo irremediable que emerge cuando el conocimiento responsable parece quebrarse.
Sin embargo, al margen de esas poderosas teorías y sentimientos, preferimos creer que ser fatalista es una opción. Es decir, un acto deliberativo propio y autónomo. Quien elige ser fatalista no elige ser agorero o pronosticador fastidioso. Ciertas historias nos gustan o preferimos verlas ya canceladas, cumplidas, o se la adjudicamos al supuesto modelo que las prefiguraba. Pero el fatalista se abstiene de lanzar su admonición o su advertencia.
Porque hay dos formas de hablar de la fatalidad. Antes y después del hecho. Antes, la sospechamos e incluso al sospecharla la provocamos. (Este no sería un juego legítimo para el fatalista). Y después, como secreta alabanza a la libertad de interpretación y de decisión sobre el mundo. El fatalista juega con una crónica ya anticipada y desconocida, pero al declararse fatalista, y es cierto, el verdadero fatalista sabe que lo es, pone en juego el verdadero síntoma de la liberación: reconoce en los aconteceres un drama de destino, pero en su propio nombre elegido, sabe que la fatalidad se interrumpe si seguimos el rumbo de los hechos y conocemos nuestra presencia en ellos como el azar inaudito de un algo que al nombrarse, aunque ese nombre sea el del fatalista, proclama de por sí que todo puede desconectarse, revertirse y volverse a comenzar.

Prof. Carla Manrique



Tengo una oficina nueva. En la empresa donde trabajo, me adjudicaron un escritorio nuevo, tiene puerta y ventana. Por qué digo esto; es porque antes mi lugar de trabajo era un box, como en las películas, crees que es tuyo, pero está abierto, todos te pueden ver y tú puedes ver a todos, escuchas sus voces, sus comentarios, el ruido de una impresora, las pisadas, los malos humores y solo de vez en cuando a alguien reír. El tiempo pasa en función del movimiento continuo.

Un escritorio para mí fue algo especial, por fin y después de muchos y largos años tengo una habitación con puerta y ventana.

Si quiero saber qué pasa en el mundo o si el sol se escondió, miro por la ventana y si quiero alejarme de los demás cierro la puerta.

En una palabra: si miro por la ventana veo pasar el tiempo y si cierro la puerta me protejo del tiempo de los otros.

En fin, a la oficina o escritorio, como quieran llamarlo, lo fui decorando: escritorio y silla nueva, sillones, muchos lugares para libros, biblioratos y hasta una caja negra donde guardo medias de lycra, por si se corren las que llevo puestas, además de crema para manos y aspirinas.

Hoy, en casa, a raíz de Dios sabrá qué, me detuve a ver fotos y entonces, ya que estaba decidí separar algunas, para colocar en portarretratos en mi nuevo escritorio.

Comencé a escrutar una por una. Las primeras que aparecieron obviamente las más nuevas. Elegí una que estamos Graciela y yo, en su último viaje por Buenos Aires, me gusta mucho porque nos parecemos físicamente.

Entonces empezaron a aparecer los recuerdos, y se pusieron en el presente.

Graciela me había regalado dos vestidos parisinos que eran un amor, busqué las fotos en las que estoy con esos vestidos, y mirándolas, se sumó otro pasado al presente.

Elegí otra de una señora, que ocupa desde hace muchos años, el lugar de mi madre o tal vez de una madre. No tengo muchas fotos de ella, así que me costó decidirme a ponerla en un portarretrato por miedo a que la luz la deteriore. Se llama Chola y tiene 92 años.

Por supuesto que siendo egocéntrica, elegí una mía.

En ese espacio me detuve, no elegí más fotos, sólo las autorreferenciales, y los referentes, unidos en un cartón a color, pero verlos marca un ritmo temporal, un ritmo a seguir.

Entonces comprendí por qué no elegí alguna de mis padres. Y es porque ellos no están, ellos pertenecen a Dios, a la eternidad, ya no son míos, ya no son mis padres. Son fotos, en las que sus caras perdieron el relieve, el encanto de acariciar sus caras, que me den la mano y ese mirar a los ojos que sólo los padres pueden hacer.

Ellos ahora son chatos, casi sin rostro, sólo el que la foto me permite ver, perfil derecho o izquierdo, semi agachada la cabeza, y yo en el regazo de mi madre, pero no lo recuerdo, sólo sé que ocurrió porque está en una foto.

Las fotos nos traen imágenes, las imágenes nos traen situaciones que ni siquiera recordamos haber vivido y otras nos permiten pasar de la alegría a la tristeza en cosa de segundos, otras que acariciamos y otras que nos recuerdan que debemos hacer un llamado telefónico.

  • Te tomo una foto
  • Te saco una foto

Dos formas de referirnos a un mismo acto. Si te tomo una foto te retengo en el tiempo y si te saco una foto te pongo donde quiero, pasado, presente o futuro.

Las fotos no tienen tiempo, las fotos son lo que ellas representan y no la imagen misma, las fotos minimizan a las personas. Mis padres pasaron de ser personas amadas por mí, a un pedazo de papel en el que mi padre me da un beso y mi madre me tiene en su regazo.

Tengo miedo que esa termine siendo la única imagen de ellos que tenga.

Creo que instintivamente me puse a elegir fotos, para hacer el duelo que nunca hice, pero no duró mucho, sólo el tiempo que tardé en retirar las fotos de mis padres de los portarretratos y ubicar en ellos, fotos de amores vivos, de afectos presentes. Fue una casualidad o tal vez estuve mucho tiempo esperando que se diera ese momento, porque antes no me atreví a desmarañar lo que una foto ordenadamente me muestra.

El presente es un tiempo verbal que se me antoja efímero.

Silvia Stella, abogada



Extracto de “La causa de los Peces”, Ed. Vinciguerra, Buenos Aires, 2012

Mi auto rasgó la niebla para descubrir un caserío devastado por la miseria, de ceniza, barro, estiércol. Un chiquito de cabeza cuadrada, morocho, arropado con un saco de lana gruesa, celeste, cruza corriendo la calle; tiene cuatro o cinco años. Lo persigue a los gritos una mujer sucia, descalza, tal vez su madre. De la nada vi a mi lado un pibe con las manos en los bolsillos, los ojos en blanco, el cuerpo de alambre. «Hola». -intento parecer natural- «¿Cómo salgo?» No me contesta. Huele mi temor. Hace una pausa como quien saborea el chocolate desecho en la boca. Sabe que estoy atrapado, goza con mi cepo, se regodea con mi rostro desolado. Finalmente dice con fingida resignación: «Y ¿para qué te metiste?»

Estoy en una esquina apenas iluminada por un foco gastado. Pasa una motocicleta con el caño de escape echando humo, provocando estruendo. Se acercan, me rodean con un par de vueltas. Trago saliva aunque simulo seguridad «¿La salida, muchachos?» Se ríen socarronamente: «Por acá no tenés salida».

Aprieto el acelerador al ritmo de mi pulso. Echo a rodar mi desesperanza. Eludo la moto con una maniobra brusca, riesgosa, casi desesperada: un intento ilusorio de evadir la infamia. El auto no se afirma en el fango. Yo siento que me hundo en la mierda. Hago tres cuadras saltando entre montículos y pozos, para ir a parar a un callejón sin salida. Las callecitas se vuelven corredores, los corredores, pasillos y los pasillos se me antojan tenebrosos. Echo un vistazo al lugar: se diría que está inhabitado, de no ser por los perros y las figuras fantasmales recortadas en la niebla. Desaparecen de golpe, como si la tierra las devorara y emergen desde la sombra en un instante como si, indigesta, las escupiera. Pego la vuelta, desando el camino, vuelvo a la esquina. Trato de recordar la calle de entrada. La falta de luz me impide ver siquiera algo. Oigo una música estridente. Me paro unos metros más frente a la casucha desde donde imagino que proviene. Es una cumbia. Machaca una frase con la melodía de un martillo pegando sobre un clavo: «volar, volar, volar… sólo quiero volar». Sale una parejita tambaleándose. Bajo el vidrio y les hago señas. No se acercan pero igual les grito: «perdón…». La chica viste un jean ajustado, zapatillas, una polera rosa que no disimula el pecho cargado. En otras circunstancias me hubiera parecido atractiva. Ahora, no me animo siquiera a mirarla a la cara. El novio, no sé por qué se me ocurre que es el novio, la lleva del brazo, la conduce a algún lugar forzándola. Vuelvo a gritar: «Perdón chicos, me escuchan» ¿»me pueden ayudar»? No me escuchan, o hacen que no me escuchan. Les debo parecer una presa en la madriguera. Transpiro, mi piel despide un aroma ácido; no lo reconozco. Es un olor nuevo.

Pongo marcha atrás, retrocedo, golpeo con la culata un tacho. El ruido atrae a dos hombres de rostro áspero. Uno tiene la cara cortada, una serpiente tatuada en el brazo. El otro la mirada torva, ladina. Me amenazan o me insultan, no los escucho con la ventanilla cerrada. No hace falta; estoy perdido en territorio enemigo. Crucé la frontera. Debo estar pálido. ¿Cuántas cuadras habré recorrido en aquel laberinto?

La agitación me oprime el pecho, me seca la boca. Trato de respirar profundo para contener las ganas de vomitar. Doy arranque con el motor encendido. El chirrido hiriente delata mi presencia. Escucho unos estampidos a lo lejos; veo luces que se prenden, oigo vecinos que se interrogan cambiando gritos de una casilla a la otra. El frío los retiene dentro de las guaridas de ladrillo, madera y chapa, pero puedo oler sus miradas. Las ruedas empiezan a patinar sobre los charcos que dejó el último aguacero. Una cubierta persiste en girar sobre sí misma, lanza barro, se empaca.

Me bajo a mirar, con la remera todavía transpirada por el partido de tenis que acabo de jugar en la cancha situada al otro lado de la autopista, por la calle que erré para venir a dar a la villa. Me cuesta afirmarme en el lodazal. Otro espectro surge desde la bruma: «Goma ¿que estás haciendo acá? ¿Querés que te maten?» Le pone letra a mi presagio. Me anuncia mi muerte. El olor ácido era eso. El olor a muerte.

Buscó mi celular con las manos temblorosas, pido ayuda, llamo a la policía, denuncio mi secuestro, invento una historia sin lugar, pues estoy perdido. Vuelvo a escuchar ladridos inquietantes. Me acuerdo de mi perro; de las piruetas afectuosas que me dedica cuando regreso a casa. La palabra hogar se desvanece en aquella realidad morbosa. Se me acerca un viejo con una sonrisa desdentada. No entiende mi pánico. Cree que estoy trastornado porque voy y vengo, de un lado para el otro, sin detenerme, maldiciendo por lo bajo contra mi suerte. Me pide las zapatillas; prometo regalárselas si me acompaña a la salida. «De acá no se sale», me responde críptico, enigmático.

Decido dejar el auto y largarme a correr. Pero ¿hacia dónde? Todas las calles parecen iguales: sombrías, estrechas, se angostan en senderos para acabar en la negrura. Diviso unas siluetas recortadas sobre la neblina, que van cobrando nitidez a medida que se acercan: son muchachotes con las cabezas tapadas, con capuchas o gorros. Hurgueteo en mis bolsillos: no tengo suficiente plata para ofrecer. Ni siquiera soy una víctima atractiva. El viejo se escapa rengueando.

Guardo el celular, me subo al auto. Acelero y entierro todavía más la rueda en la huella. El barro salta salpicando los vidrios. Prendo el limpiaparabrisas tratando de despejar la cortina marrón que me envuelve. Me encierro, trabo las puertas. Me aferro al volante, inmóvil. Unos dedos de morcilla limpian la ventanilla para mirar hacia adentro. El esperpento pega la cara al vidrio. Veo cómo se le achata la nariz gorda. Percibo la fiereza de las fosas nasales ensanchadas por la respiración excitada; tiene un párpado caído sobre un ojo estropeado vaya a saber cuándo, mientras que el otro es sólo una pupila marrón sobre un telón amarillento. Recuerdo haber visto esas caras en las pesadillas infantiles, en las películas de piratas, en los circos. Me hace señas para que baje el vidrio; dos se colocan atrás, me rodean, farfullan algo incomprensible, empiezan a sacudir el auto. Siento los tirones en mi estomago…

Acelero con una furia desatada, estrenando una violencia nueva. Esta vez, las ruedas muerden tierra firme y el auto sale despedido como un bólido, recorro una distancia casi a ciegas, golpeo algo, lo aplasto, tal vez un perro, giro el volante y me estrello contra un poste. Caigo en un sopor, estoy atontado, me duele el pecho al respirar, seguramente tengo las costillas rotas. Escucho los gritos desesperados de una mujer. Alcanzo a reconocerla: la mujer sucia, descalza, tomándose la cabeza.

Me desvanezco, despierto de a ratos, ahora con una sirena ululando en mi cabeza. Compruebo que mi cuerpo está tirado en el piso. Giro la cabeza. Una ronda de mujeres histéricas llora su dolor. Entrecierro los ojos, algo me pone en movimiento. Dejo atrás esa miseria fantasmal, escucho voces de ultratumba, y el eco de un grito desgarrador. Se me aparece el pibe de cuerpo de alambre. O, quizá, lo sueño.

Se reitera en un lamento:
¿Para qué te metiste, flaco?

Alberto Tarsitano, abogado



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