Para vivir con los otros, próximos, se necesita una capacidad de adaptación lo más completa posible a las diferentes maneras de pensar para no desencadenar la enemistad aunque a veces nuestro rechazo parece justificado y hasta necesario.

De todas maneras si la mayoría adhiere voluntariamente a la manera de pensar y de actuar del vecindario, otros, por el contrario carecen de la elasticidad de carácter y del espíritu necesario para adaptarse. Ellos se encierran en sus ideas y en su rigidez de conducta erigida como comportamiento adecuado.

En muchas circunstancias y sobretodo en lo que hace a convicciones profundas les parece más digno de exigir el coraje de sus opiniones incluso si eso provoca el rencor del otro que hará sufrir y reprobar.

En presencia de la diversidad de actitudes nos preguntamos cuál es la más prudente, la más hábil, la más razonable y la más digna de respeto…

Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti



Me gusta el tema, me obliga a reflexionar:

En general yo no hablo ni conozco mis vecinos, o tal vez muy poco, ¿de vista? ¿porqué tan reserva?

No tengo nada que decir: les tengo las puertas, digo buenos días, dejo pasar delante mío y ayudo a las madres con los cochecitos de sus niños.

Antes viví en Parc Monceau. No guardé ni un nombre de vecino.

En el 16 hace 24 años que vivo en el 114 y que trabajo con el 84 de la rue Michel-Ange, mi consultorio hace 14 años. Antes siempre trabajé a Parc Monceau

Actualmente entre los dos departamentos solo hay 300 metros.

***

Hoy me desplazo entre los tiempos de mis memorias.

***

En mi primera inmensa casa de Buenos Aires escuché a mi madre hablar de sus vecinos, siempre positivamente porque fue genial y buena. Conocí el exterior gracias a ella.

Mi primera casa en Córdoba, Argentina, fue cuando me casé, tan joven que mi padre nos hizo habitar un hotel relindo pero yo no soporté y alquilé una casa en el Barrio Matienzo. De allí viene mi primer recuerdo de un vecino: una mujer encantadora, a la izquierda de nuestra casa que nos prestó la electricidad. Durante meses un cable eléctrico atravesó los dos jardines, además me enseño á cocinar dado que en mi educación hubieron muchos libros pero no de cocina.

Yo fui una muy joven hija de buena familia que todos habían considerado como futura profesional de éxito. Solo que yo deseaba casarme y tener hijos.

En el barrio había otros oficiales de marina que estudiaban ingeniería aeronáutica en la fábrica militar de aviones, con mi marido.

Ideal para hacerse de vecinos amigos solo que nosotros éramos dos solitarios. Nuestros respectivos estudios nos tomaban mucho tiempo.

Luego nació Guillermo, mi hijo mayor, el primero, y el círculo de silencio se hizo aún más profundo.

Luego los cambios de domicilio se sucedieron y aceleraron llevándome a penetrar poco a poco en el mundo exterior.

De Córdoba fuimos a Punta Alta, siempre en Argentina, allí nació Graciela mi segundo hijo.

Allí no llegué a conocer a mis vecinos porque inmediatamente partimos a vivir en la Base Naval de Puerto Belgrano., siempre en Argentina.

De allí si me acuerdo de algunos de mis vecinos. Era un lugar de ensueño donde pasé los más bellos días de mi vida.

Mi marido era oficial de la Marina de Guerra y yo consejera médico-legista de justicia naval.

Los dos niños crecieron rodeados y la socialización les fue fácil y nuestra vida social se volvió desbordante.

Es la primera vez en mi vida que reflexiono sobre mis vecinos y lo hago obligada porque es el tema de éste número.

Vengo de descubrir que me lleva a hablar sobre un hecho que cambio mi vida y que me siguió, me sigue y me seguirá toda mi vida.

Allí conocí a mi vecino de la base y de la profesión: El hombre que fue mi maestro, mi amigo y en solo aspecto un poco mi enemigo: porqué fue inalcanzable.

Él era director del Hospital de la Base naval de Puerto Belgrano: psiquiatra, legista, psicólogo, criminólogo, escritor e historiador.

El me guardo a su lado en principio para hacer de mí su hija espiritual porque no tenía hijos. El me exigió mucho y solo pedía de mí que fuera más allá que él.

Yo nunca hablé de él pero le rindo homenaje hoy con profunda satisfacción.

Él se llamaba Mario Augusto Pessagno Espora, era descendiente de Tomas Espora, el coronel de la Marina que había luchado en la guerra del Pacifico. De la parte de su madre era descendiente de una princesa Inca que se había casado con un militar que había luchado en Perú contra los españoles.

Es gracias a él que yo existo hoy profesionalmente, dado que él me reconoció y exigió.

Venía a buscarme a la facultad y lo confundían con mi padre. Yo no decía nada porque estaba tan orgullosa de él como de mi propio padre y reconozco haber atravesado muchos obstáculos para honorarlo e ir más lejos que él.

Gané la medalla de oro de la universidad por un trabajo en sociología y medicina social gracias a un equipo multidisciplinario que dirigí en Santiago del Estera, siempre en Argentina, sobre riego y desarrollo en un área seca. Se trataba de desplazar los habitantes de dos ciudades: Tinco y Río Hondo a viviendas nuevas no amenazadas de sequía ni de desbordamiento del Río en invierno.

***

Tuve dos niños más luego de volver a Buenos Aires, un hombrecito sublime a quién llamé Mario y una mujercita rebelde y caprichosa, llamada María Gabriela.

Mi maestro había sido el primer vecino de mi vida con el cual compartí 18 años de mi vida.

La Marina de Guerra fue para mí una madre. En Buenos Aires trabajé en el Ministerio de Marina y vivíamos con mi familia en Olivos, siempre en Argentina.

Luego las cosas cambiaron y llego el más increíble cambio de mi vida: partí a Francia… Había tenido éxito en todo salvo en mi profunda soledad como mujer.

Dejé detrás mío como secreto este amor imposible. Si, yo quise ir más lejos que la realidad posible. Hubiera que podido atravesar el infierno para poder guardar ese gran hombre conmigo. Él fue mi primer vecino, mi modelo de padre ideal pero el hombre inalcanzable para la mujer que yo era hasta la muerte nos separara.

Él está en el cielo, entre las estrellas. ¡Si yo fui más lejos que él y tuve más coraje estoy orgullosa!

Es una historia extraña que puede titularse «El vecino que yo he amado».

Hecho en Paris el 7 de octubre 2014.
Es el cumpleaños de mi hija Graciela
y el de la batalla de Lepanto contra los moros.
¡Buen momento para terminar con las hostilidades!
Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti



Viene de tan lejos y se acerca como si siempre hubiese estado allí.
Como un murmullo sin voz.
Me representa y me reconozco en su canción.
Un mandra que anuncia paz.
Eso que justifica su repetición.
Como apareció?
Mi garganta aun esta sin voz.
Libero mi imaginación.
Y mis manos aprietan las letras que silban y se arremolinan en una rima cristalina.
Una oración.
A quien le enuncio mi deseo y mi desesperación.
Como recupero la calma de la creación?
Lo infinito y lo finito dibujan la pregunta por mi encarnación.
Aquí estoy recorriendo este camino trayendo imágenes y recuerdos, olvidos y perdón.
Una oración.
Tan individual, tan personal, tan aislada en la convocatoria, en su justificación?
Sin sentido. Eso tan individual me aísla y presiento un desatino en la prisión de un pedido desmedido y sin destino.
Despierto. Fue un sueño, un sin salida sin propiedad.
Un sueño ajeno, alargado y despojado de generosidad.
El ensueño si me conduce hacia mi oración.
Me encuentro en ese coro sin rostro de esta humanidad.
Los graves y los agudos coinciden en el apuro por la bondad.
Sin traición, con algún resguardo y mucha emoción tiemblo.
Mi oración comienza a penetrar mi visión.
Un mundo, este mundo…equidistante de estrellas y tierras, hombres, mujeres y niños engendrando modalidades de amor.
Sin demasiada abundancia pero con constancia.
Sin apuro y sin detenimiento.
La ciencia, la tecnología, el arte, las ondas concéntricas que reparten vibraciones libres para saborear y atesorar.
Mi oración.
Me invade y me alienta… importa caminar, improvisar, alinear y sostener… eso que soy…
Mi alma soberana, mi espíritu anclado en mi personalidad.
Quizás mi oración son simplemente corpúsculos de amor y paz.
Hay una inscripción.
Hay un entramado.
Hay una red.
Hay libertad.
Hay una caminata espacial y terrenal…
Ahora estamos aquí.
Somos paseantes del multiverso en el planeta azul.
Transportamos y portamos sabiduría y sanación.
Mi oración.
Amor, paz, bondad…hombres, mujeres y niños en libertad, con libertad gozando la creación.
Lic. Rut Cohen



Cada uno tras su puerta compartiendo el pasillo y el ascensor y un "buenos días" mas o menos cálido o silencioso.

El azaroso compartir un lugar habitable para cada uno.

Una rutina de llegadas y partidas hacia la calle que nos encuentra más o menos apurados conviviendo con nuestros sueños y realidades.

¿Es solo casualidad que nos encontremos en el mismo edificio, en el mismo piso, habiendo tantas calles, tantas viviendas, tantos barrios en la ciudad?

¿Esa elección que nos reunió es simplemente del orden de lo normal?

¿Qué me representan estos vecinos?

¿Cual de mis rostros espejan su presencia en mi ser?

Godos, flacos, simpáticos o aburridos vecinos que me muestran eso que podría haber sido, que fui o que desestimé para mi andar.

Pero sin embargo, si miro sus rostros sin prejuicios y sin amenidad puedo entrever alegrías, penas, mensajes luminosos o tristezas de un alma turbulenta.

Mis alegrías, mis penas, mis oscuridades y luminosidades, mis silencios, mis enojos, mis miedos, mis locuras y mi frenesí… dibujados en los surcos de los rostros de mis vecinos que de pronto se convierten en sombras coloreadas, barriletes andantes de mi ser.

Fácil es repetir. Todo y todos somos uno.

Y sin embargo mi individualidad me llama, me ronronea en mi mente sinfónica sin un rumbo cierto.

Pero es que todos somos humanidad.

Una humanidad cosida en diferencias, en individualidades y personajes que nos arrastran y nos hacen girar en un círculo sin fin atiborrado en emociones y de canciones son himnos e invocaciones.

Entonces aún sin reconocerme totalmente en mis vecinos comparto un anclaje, un territorio, un lugar a veces encantado y otras adormecido, un deseo de pertenencia, un llegar a casa sabiéndonos amparados en esas paredes preciosas que nos acunan y nos rodean esperando que los sueños y anhelos se materialicen en libertad.

Me miro, me observo y tantas veces he sido vecina de mi misma.

Cuando al mirarme al espejo dibuje mi aprobación, mi desprecio… encontrando la falla o la falta que mostraba lo imperfecto.

He sido vecina de mi misma al sentirme tan apenada, con un dolor lacerante que obturaba toda posibilidad de otra emoción que despierte mi vocación.

Vocación de vivir aquí transitando mi devenir… sin tanta necesidad de conocer que sigue o que sucederá.

He sido vecina de mi misma al convocar al amor con alegría y con temblor adivinando el baile de la sensualidad.

He sido vecina de mi misma en cada sentimiento, en cada emoción en cada advenimiento de una canción.

Y si he podido mirarme y reconocerme sonriendo en el encuentro de mi vecina y yo…

Es simpático y raro comprender y vivenciar el acercamiento, esa distancia achicada entre mi vecina y yo.

Es tan maravillosamente tranquila la sensación de cercanía entre mi vecina y yo, tan maravillosamente reconfortante…

El paso del tiempo detuvo el tiempo de la amenidad.

Y mis vecinos de piso también sorprenden en sus manifestaciones de cercanía…

Como si con los días nos hubiésemos ido domesticando mutuamente para no asustarnos en ese decir. Todos somos uno.

Vamos sabiendo quién y qué es cada uno.

Vamos sintiendo que elegimos éste lugar de encuentro… el pasillo, el ascensor, el edificio, el barrio, la ciudad, el país….

Es risueño comprender que nuestras almas encarnaron aquí…

¿Por qué habrá sido?

Nos vamos respondiendo en intimidad, quizás no sabemos las respuestas de nuestros vecinos…

Pero en el saludo mutuo aparece una brisa de amorosidad.

Las puertas se abren y se cierran.

El ascensor sube y baja.

Caminamos, entramos y salimos de nuestras casas.

Nuestros varios rostros se iluminan en algo así como una unidad.

Mi vecina y yo,

Estamos aquí.

Y es emocionante estar aquí.

Lic. Rut Cohen



No tuve muchas mudanzas en mi vida, solo una vez cuando era niño, y luego ya pasado muchos años pude construir otra vivienda de vacaciones con otra camada de vecinos, tan particulares como los de mi primitivo lugar de residencia. Es decir que de vecinos no puedo contar muchas anécdotas. Sin embargo uno vive rodeado de vecinos, ya que la gente que nos rodea es de alguna forma un vecino. Y es ahí donde empiezan nuestros conflictos. Parece que es bastante común que tengamos conflictos con los vecinos.

Me llamó la atención como analizando a los vecinos que tengo, siempre hay rasgos en común entre ellos, yo diría que coinciden en actitudes algo psicóticas. Todo eso me hizo pensar, evidentemente, que alguna actitud hay en mí que veo reflejada en las personas que me rodean. Y tengo una historia que puede ser un buen ejemplo.

Resulta que de niño nunca tuve buena relación con los chicos "vecinos" de mi barrio. No me incluían en sus juegos y parecía que no les caía bien. Siempre me hicieron sentir mal porque me daba cuenta que no llegaba nunca a tener lo que a mi me parecía "buenos amigos". De hecho llegué con el tiempo a establecer mi estilo de no ser muy amigable con la gente de mi edad, tal vez por temor a ser rechazado. A pesar de eso debo aparentar ser una persona agradable y sociable, aunque si me pongo a profundizar en el tema, nunca logro establecer confianza sustentable con la gente. Es decir tengo solo relaciones superficiales, y la costumbre me hace seguir y justificar dicha actitud. Pienso que no es necesario lograr mayor profundidad en las relaciones, y no le encuentro la ventaja de hacerlo, por eso me siento bien teniendo la actitud que tengo.

Y todo esto se me hizo muy consciente cuando en una reunión entre vecinos en la que yo no estaba, hablaron de mi como una persona osca y poco sociable, reservado y hasta antipático a veces (algunos dijeron "medio loco" aunque prefiero no tener en cuenta ese ultimo comentario).

Desde ya me llamó la atención, ya que hasta entonces me consideraba simpático, tal vez no muy sociable como para pararme en las veredas a charlar con los vecinos, pero lo suficientemente agradable como para saludar y sonreír.

A partir de ese entonces me preocupé de esta imagen que daba. Intenté generar algunos cambios, de allegarme a algunos vecinos y tratar de entablar mejor amistad, y en cierto modo lo logré con uno de ellos. Pasábamos tiempo compartiendo comidas o salidas a lugares recreativos y creo que lográbamos llevarnos bien y pasar buenos momentos. Así estuvimos un tiempo hasta que de un día para otro, esta persona dejó de saludarme. Nunca entendí mucho esta actitud, pero acostumbrado a no sufrir por el tema de relaciones tomé la misma actitud y olvidé el tema.

Desde ese entonces dejé de buscar con más razón, la "profundidad" en las relaciones, ya que la decepción que me provoco este intento fallido, aunque no quise reconocerlo al principio, me hizo sufrir.

Pasó un tiempo, no recuerdo cuánto, pero en una oportunidad, el vecino en cuestión se me acerca y volvemos a entablar relación como si nada hubiera pasado. Más consternado quedé con esta actitud que con la anterior de distanciamiento.

Me vi obligado, desde ese entonces, a considerarme incompetente en este tema de la relación entre vecinos ya que sospecho que no hubo motivo de verdadero peso para el distanciamiento como tampoco para el nuevo acercamiento.

Por ahora llegué solo a la conclusión de que las personas que nos rodean son imprevisibles, y cálculo que yo también. A pesar que me gusta hurgar sobre el motivo de las cosas, con el tema de los vecinos no puedo establecer ninguna estrategia para tratarlos, y hasta periódicamente me digo que mejor ni lo intente.

En definitiva hoy pienso que esos raros bichos del vecindario que eligieron vivir en la misma proximidad terrena que yo, son seres representativos de las zonas psicológicas más oscuras, y hasta casi indescifrables que tenemos.

Por lo pronto seguiré atendiendo en mi consulta a gente "normal" pero eso sí, aunque no haya puesto un cartel en mi entrada, es como si allí estuviera virtualmente, y dice "Psicólogo clínico" "Vecinos abstenerse"…

Licenciado Alejandro Giosa



Antiguamente se valoraban las costumbres de vida de las familias que ocupaban casas vecinas, tradicionalmente habitadas por grupos familiares numerosos, con varios niños y jóvenes en edad escolar.

En esas épocas la relación de los vecinos era fundamental por el apoyo que se prestaban las familias, lo que generaba seguridad, familiaridad y trato humano en todos los momentos de cada día, ya que se vivía con puertas abiertas; los proveedores entraban libremente a dejar la leche, el pan, el diario o el pedido efectuado al almacén de la esquina, hubiera o no gente en la casa y con aviso al vecino; los niños jugaban en las veredas libremente sin ningún riesgo dejando los juguetes con toda confianza en el piso de la mañana a la tarde o noche.

Esos pequeños compartían indistintamente los patios de las casas de los amiguitos vecinos para beber agua o tomar la media tarde, ya que las madres sólo averiguaban cuántos eran para servirles la leche con pan y manteca sin preguntar a qué familias pertenecían; era suficiente que fueran compañeros del colegio o amiguitos del barrio. Cuando los padres salían de compra de vuelta traían regalitos para sus hijos y también para sus amiguitos mas queridos.

Los matrimonios se hacían amigos y el trato era cariñoso, sin considerar nacionalidad, condiciones económicas o nivel cultural; se establecía una equilibrada relación que les permitía un trato cordial pero respetuoso y las visitas eran gratas por cuanto compartían todo en cada encuentro, con mucha alegría y sin ningún tipo de reservas o envidias.
La solidaridad entre vecinos era muy positiva por cuanto se cuidaban los niños mutuamente sin fijarse de quién era hijo; se prestaba inmediata ayuda cuando había algún enfermo, o se asistía generosamente ante cualquier urgencia del vecino a cualquier hora, desde el pedido de lo más elemental que imprevistamente le faltara a la familia del barrio, ya fueran ropas, útiles o facilitando el cambio para cubrir una necesidad imprevista.

Todo se hacia con naturalidad y sin ningún tipo de dudas o especulación. El saludo amable, al verse en la mañana o despedirse en la tarde-noche, se hacía espontánea y cordialmente todos los días entre todos los integrantes de cada familia vecina.
También es bueno recordar las armoniosas relaciones que había entre los maestros de la escuela del barrio y los padres de los alumnos. Las libretas de calificaciones eran firmadas por los mayores, bimestralmente, y en la mayoría de los casos cuando las llevaban de vuelta eran acompañados por sus padres para conversar respetuosamente con la maestra sobre el comportamiento del niño y ofrecerle toda la colaboración. Nunca concurrían para hacer defensas equivocadas de sus hijos u ofender o agredir al profesor, algo que jamás pasaba por sus mentes. La escuela era pública, gratuita y ordenada, con maestros de probada vocación.

Cuando llegaba un nuevo hijo se ofrecía el padrinazgo y entonces los vecinos pasaban a ser compadres, lo que los unía aún más. Para los niños eran una feliz novedad los padrinos, tanto que consideraban que habían entrado en familia, lo que significaba mayor cariño y compromiso, que aumentaba la familiaridad, algo que llenaba de felicidad a grandes y chicos.

El médico de familia era tratado con máximo respeto, confianza y esperanza porque contaban con su servicio a cualquier hora del día o de la noche. El almacenero del barrio, además de vender la mercadería de primera necesidad con la clásica libreta de tapas negras que cobraba a principio del mes siguiente, era un amigo de cada cliente, que prestaba un verdadero servicio a la comunidad. En cualquier emergencia se recurría al almacenero de la esquina, desde el pedido del diario, el teléfono o cualquier otro favor familiar.

El optimismo y la paz ambiental que se vivía entre grupos vecinales llevaban a colaborar con la iglesia del barrio, no solamente asistiendo a misa sino apoyando las obras que realiza la parroquia con su curita y las diferentes comisiones parroquiales.
De a poco, esa paz que existía entre los vecinos se fue transformando llegando: a cerrar con llave las puertas se impuso no sólo para cuando la casa queda sola, y las rejas decoraron la mayoría de las casas de todos los barrios. Los vecinos dejaron la vereda, y los chicos las calles donde jugaban. Se dedicaron al encierro de la computadora y la televisión y hoy esa unión que existía entre los vecinos lamentablemente se perdió.

Prof. Carla Manrique



El vecino es la persona que vive más cerca de nosotros y, según la Real Academia Española puede serlo también aquel que convive con otra persona o varias ya sea en la misma propiedad como así también en un barrio.

Un edificio compuesto por varios departamentos fue lo primero que pasó en mi imaginación al momento de escribir para éste tema.

Y a partir de ahí, comenzaron a revolotear en mi cabeza diferentes imágenes y situaciones de vecinos, que tienen vidas diferentes, intereses desiguales y principalmente cada uno convive con sus propias circunstancias.

Hace muchos años tuve que atravesar una de las crisis más grandes de mi vida, tal vez haya sido porque en ese año rompí la barrera que divide, la juventud plena hacia la juventud que no queremos aceptar, a pesar de ser la que sintetiza la experiencia vivida y la toma de las propias decisiones.

En fin, por aquellos días yo estaba muy mal de salud y acudieron en mi ayuda los vecinos del barrio: el almacenero, la panadera, la peluquera y hasta el muchacho que reparte las pizzas a domicilio me preguntaba por mi salud y si quería que me hiciera compras o pedidos, aún sin que yo lo haya llamado.

Uno de esos días salí de mi casa y sentí un mareo y temblor de piernas, que me llevó a desmayarme en el hall central del edificio.

No vinieron a levantarme los que viven en mi mismo edificio, sino un señor que pasaba caminando y me vio. Corrió a buscar auxilio con tan buena suerte, que se encontró con el encargado del edificio que tiene mis llaves para urgencias.

Yo creo que en un mismo edificio se conjuga el hecho de ver al vecino del modo que nos vemos a nosotros mismos: Somos lo que sabemos que somos, lo que queremos ser, y lo que queremos que los demás vean en nosotros _sonrío mientras digo esto, pues pienso en aquello de encontrarme en la mejor edad de la vida _ y sé a ciencia cierta que esto es positivo.

La señora que vive en el piso cuarto se queja y critica a su vecina del piso tres por el ruido fuerte que hace al caminar y que impacta en su techo. Tiempo después de haber hablado mal de ella, se la cruza en el ascensor y ve que, la señora del cuarto piso no sólo camina mal, sino que lo que sucede es que tiene una pierna ortopédica. Inmediatamente comienza a sentir compasión por ella, y sin dirigirle la palabra mira hacia abajo, se toca la nuca y carraspear hasta que por fin _para ella- llegan a la calle.

Existe otro tipo de comentarios, muy poco felices, que al trascender llega a un límite inusitado. Como por ejemplo: Juan le comenta al encargado del edificio que su esposa se lastimó un dedo de la mano y tuvieron que hacerle una sutura, el encargado lo comenta con otro copropietario y le dice que a la esposa del señor Juan le practicaron una intervención quirúrgica de urgencia en el hospital más cercano. El siguiente copropietario lo comenta a otro y le dice que a la esposa de Juan le cortaron la mano.

Algunos días después, aquellas personas se cruzan en el hall central o en la calle con la señora de Juan, pero nadie la saluda y en general hacen como si no la vieran pues se dieron cuenta que su mano, la sigue teniendo en el mismo lugar que Dios se la puso al nacer.

Entonces ¿Por qué le es más fácil al vecino de enfrente, al almacenero, a la costurera que vive a dos cuadras, a todos los que no conviven en un mismo edificio, ser solidarios y compasivos?

Las personas que conviven en un mismo edificio ¿son egoístas, no tiene empatía ni solidaridad?

¿Cuál es la diferencia entre ambos vecinos?

Yo creo que al convivir en un mismo edificio, todos nos conocemos: los nombres; las caras; los parentescos; nuestras visitas; los horarios que sacamos la basura; cuando estamos enfermos; o de mal humor y en infinitas formas y modos que nos hacen sentir "demasiado cerca".

Esto nos produce una suerte de invasión, de ser observados y conocidos, entonces, cuando nos encontramos no hablamos entre nosotros y se producen circunstancias parecidas a las contadas, que nos muestra como despiadados con el prójimo, sin serlo.

El vecino de enfrente no conoce nuestra intimidad tan de cerca, ni nosotros lo conocemos. Esto hace que sea más fácil mostrarnos generosos, amables y educados y logramos que nos vean como maravillosos llenos de buenos atributos. No nos afecta ni genera una actitud fingida porque hasta nos hace sentir bien.

Después de una discusión en una pareja, por muy grave que sea, no hay mejor solución que: "tomamos un café" o "¿estás cansado?" o frases tan pequeñas pero lo suficientemente apropiadas para decirle al otro "no quiero que dejes de ser la persona más importante en mi vida" y sólo se necesita unir dos o tres palabras sueltas, no importa cuales, basta que sean palabras blandas.

Los vecinos de un mismo edificio podríamos ser muy diferentes y ayudar desde un granito de arena, a la buena convivencia, con un: "hola"; "qué lindo día"; "me gustan sus zapatos"; dichos en el hall, en la calle o en el ascensor, en lugar de peinarnos en el espejo en el ascensor, o mirar el teléfono móvil _algo muy en boga- como ejemplos.

Cuando dos espíritus de una misma naturaleza conviven, logramos un mundo mejor, por pequeño que sea el gesto, con el solo propósito de romper un hielo, o llevarnos la sonrisa del otro a otro lugar que tanta falta hace.

Pero por favor ¡seamos sinceros! No existe algo peor en éste universo que la hipocresía y la falsedad, sentimientos tan notorios y que nos ponen en evidencia justamente de lo que no queremos mostrar, y nos provoca un silencio, por respeto a nosotros mismos.

Silvia Stella, abogada



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Alberto Tarsitano, abogado



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