El dolor es una reacción afectiva enclanchando mecanismos de defensa emocional y se acompañan de ejercicios más generosos: como ser la analogía de dichas reacciones con el contexto emocional.
En revancha en el dolor moral, la causa mayor es una idea, un recuerdo o los dolores de la inteligencia, se acercan a los sentimientos sociales y a los dolores de la conciencia moral.
Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti



El 2 de agosto del 2020, en Boismé, yo sufrí un AVC, que pudo matarme. Un día que no sentí nada. Fue al hospital de Niort llevado por los bomberos. No sentí nada mi inconsciente me llevó a la Facultad de Buenos Aires exámenando los alumnos. No sentí nada.

Había muchas enfermeras que me dieron inyecciones. Después me llevaron a Paris al Hospital Saint-Jean y fueron días horribles de mucho dolor y sufrimiento, tenía una ventana al lado de la cama y no había gente y todos estaban en vacaciones. Ni siquiera Hervé.

Y al final quede: visitando tumbas de los seres queridos. Así se pasó el AVC como en un sueño maldito.

Hecho en Paris en julio de 2020
Un julio diferente,
mezcla de bruma y de sol.
Doctora E. Graciela Pioton-Cimetti



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Eduardo Baleani, maestro de grado, sociólogo



La traición, el desencanto, el enojo, la impotencia, y otras situaciones que nos enfrentan con el fracaso, provocan reacciones que van más allá de lo abstracto del pensamiento. También repercuten en el cuerpo. Parece increíble que así sea ya que son cosas que desde lo físico no actúan sobre él, pero se siente como si así lo fuera.

Duele en el cuerpo y provoca reacciones físicas tan fuertes como una puñalada. Lo abstracto no es tan sutil ni lo físico es tan material me da por especular. Tal vez la frontera entre lo físico y lo mental no esté tan bien definida como parecería que está.

Esas reacciones desmerecen nuestra autoestima porque cuando parece que ya hemos crecido y ya hemos madurado, y estamos más estables psicológicamente nos cae encima una frustración y terminamos arrastrándonos como si todo el cuerpo cobrara el doble de peso y la mitad de energía.

Y ahí es cuando buscamos la forma de salir de eso, no podemos creer que algo así nos esté pasando. Volvemos a creer en la religión o en las afirmaciones positivas o en el agradecimiento permanente e indiscriminado a todo lo que nos rodea. Es decir nos volvemos "buenos".

Hasta que la frustración no nos tocó éramos los reyes de la vida. El más pequeño traspié nos hace dudar de todo.

Esos extremos no son buenos. Son golpes a la emoción y al espíritu.

Tampoco la vida consiste en vivirla pensando que todo va a ser malo y estar deprimido de continuo. Aunque muchas situaciones nos hagan pensar que es así con pruebas fehacientes…

Tampoco la vida es la felicidad permanente. No hay optimista que pueda sostener esto mucho tiempo.

Probablemente como decían los sabios de oriente, caminar por el filo de la navaja sea la forma más equilibrada de deambular por la vida. La metáfora del filo de la navaja hace alusión no solo a caminar por una estrecha senda, sino también por el peligro que representa el poder dañarse por el "filo".

La frase se refiere al equilibrio que requiere pensar y actuar en un mundo que no es pura materia pero que a la vez no podría existir sin un orden y una sustancia visibles y perceptibles. El difícil equilibrio necesario para andar ese camino es lo que los orientales comparan con el filo de una navaja.

Cada uno puede interpretar a gusto lo que en sus vidas podría representar caminar por el filo de la navaja. Yo lo interpreto como el valor de enfrentar la vida con decisión y el mayor coraje, pero sabiendo que un paso en falso y nos desmoronamos y podemos perderlo todo. También a mi parecer implica la humildad de saber que el camino puede ser fácil mientras hagamos las cosas bien, pero al menor error debemos estar preparados para caer al abismo.

Valentía y humildad, son virtudes que ayudan a vivir en un mundo como este, conjunción entre la materia y lo abstracto. El dolor siempre puede estar presente. El "filo" está ahí para recordarnos que siempre puede haber dolor, pero también está el camino que nos da impulso para seguir adelante. Valentía, humildad y algún objetivo. Sin ellos cada paso puede ser menos doloroso y más llevadero en este camino "al filo de la navaja".

Licenciado Alejandro Giosa



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Guaynabo, Puerto Rico, agosto del 2021
exclusivo para «S.O.S. Psicólogo»
Juan Carlos Laborde



Para hablar del dolor físico y moral debemos comprender de que trata y porque sucede en el hombre.

El origen del dolor biológico está determinado, diagnosticado y probado por los medios que utiliza la medicina en su detección, análisis y curación. Cualquier disfunción orgánica que afecta una parte de nuestro cuerpo biológico está catalogada y se ponen los remedios adecuados para que las personas puedan no sufrirlo.

Pero en lo que concierne al dolor moral o sufrimiento psicológico es mucho más difícil detectar su origen y paliar sus efectos. Y esto es debido a la poca evolución y desarrollo de la medicina en la comprensión de la mente y la conciencia; elementos dónde se originan diversas enfermedades o patologías que atormentan al paciente de forma extraordinaria al percibir los efectos de causas muchas veces desconocidas.

Con el avance del psicoanálisis y las psicoterapias, muchas personas han visto aliviarse los efectos que sus actitudes mentales desordenadas les producían. Otras han experimentado la necesidad de aliviar sus tormentos emocionales, recurriendo a los fármacos que la medicina psiquiátrica tiene ya investigados y probados y que resultan de gran ayuda en determinadas enfermedades; no para curarlas, porque todavía desconocen su origen, pero sí para aliviarlas en grado sumo.

El, cada vez mayor conocimiento de las sustancias electro-químicas que libera el cerebro a raíz de procesos mentales o emocionales perturbadores, ha permitido a la farmacología incidir directamente en los efectos que estas sustancias producen en el ánimo del ser humano y en sus perturbaciones emocionales que tanto le afectan y le hacen sufrir.

Nadie pone en duda ya que las enfermedades relacionadas con la mente y el psiquismo son las predominantes en el mundo actual. La depresión, la ansiedad, la angustia, el estrés, el trastorno bipolar y todos los tipos de neurosis, etc. proliferan hoy en día mucho más que las enfermedades cardiovasculares, el cáncer o el sida. Solo en cuanto a la depresión, fueron diagnosticados en todo el mundo más de 400 mil millones de personas. Y además, los efectos dolorosos y de sufrimiento de estas son realmente devastadores, llegando a degenerar en otro tipo de enfermedades más graves como la esquizofrenia o la epilepsia.

Ante esto nos preguntamos: ¿quién experimenta y percibe el dolor? Sin duda ninguna no es el cerebro, pues existen sufrimientos psicológicos muy superiores a los físicos y está en la persona, y en su forma de experimentarlos el hecho de que el dolor persista o se reduzca.

El cerebro es únicamente el lugar o el sitio biológico donde podemos localizarlo. La prueba de lo que estamos afirmando la tienen recursos como la sugestión, el efecto placebo, la hipnosis, la psicoterapia, etc. Todas estas herramientas logran engañar a nuestro cerebro y disminuir la sensación de dolor que pudiéramos experimentar hasta incluso hacerlo inexistente, y todo ello, sin utilizar fármacos o substancias que minimicen fisiológicamente la percepción del dolor.

Todo ello es la prueba evidente de que es la psique de la persona, la que siente, la que experimenta y la que percibe el dolor moral y físico. Y ahondando en esta reflexión, podemos llegar a la conclusión de que las ciencias del espíritu vienen de nuevo a auxiliarnos en el complejo conocimiento sobre el origen del dolor.

Si es la psique, mente, alma o conciencia dónde se origina el dolor psíquico, es necesario y diríamos casi una obligación, incidir en el conocimiento profundo de esta parte del ser humano para conocer cómo funciona y las causas que originan estas aflicciones. Ciencias como la psicología transpersonal está avanzando enormemente en la comprensión de las patologías mentales al estudiar al ser humano en su aspecto integral: biológico, psicológico y espiritual. Pero todavía hoy, el estudio de la conciencia y de la mente está escasamente desarrollado por los científicos actuales.

Conociendo y estudiando las ciencias del espíritu comprendemos a la perfección que las aflicciones que sufre el ser humano nunca son casuales; siempre obedecen a causas que las originan: una conducta equivocada, un pasado delictuoso que es preciso reajustar, una prueba de fortaleza que hemos solicitado superar, etc.

El dolor aparece para despertar nuestra conciencia; para hacernos comprender la necesidad del cambio, del equilibrio espiritual, y este sólo comienza a lograrse cuando reajustamos nuestras acciones, nuestros pensamientos y nuestras emociones al diapasón de la ley del progreso y del amor que rige la evolución psíquica y espiritual del hombre.

Aquel que se aparta de la ley del progreso y procede de forma primitiva, priorizando en su conducta el egoísmo, la violencia o los instintos más bajos, está sembrando las causas de su dolor presente y futuro. No es preciso retrotraerse a vidas anteriores para encontrar las causas del dolor en nuestras vidas; muchas veces nosotros mismos las sembramos en la vida actual y, con el tiempo, recogemos los frutos de esa siembra en forma de aflicciones, soledades, perturbaciones y angustias indefinibles derivadas de nuestro mal proceder.

En otras ocasiones «la conciencia culpable», nos pone en el ámbito del dolor al recordar, incluso de forma inconsciente, los crímenes cometidos; y ante cualquier evento en la vida psíquica o mental que haga aflorar esa situación, caemos víctimas de nuestras propias actitudes delictuosas del pasado.

La conciencia siempre permanece; nunca desaparece, guarda celosamente todo lo que hemos sido en el pasado y lo que hemos hecho. Por ello tiene el fondo de armario que amenaza con recordarnos todo aquello que ahora no sabemos o no somos conscientes de ello. Aquí bucean y extraen sus informaciones los psicoterapeutas de la mente que localizan los traumas, los conflictos inconscientes de las personas y que tanto las perturban y les hacen sufrir al desconocer por completo su causa.

Así pues, el dolor no debe ser visto como algo traumático que aparece de forma injusta en nuestras vidas. Si no existiera el dolor no tendríamos al vigilante que nos avisa de que algo no funciona bien. Si la comprensión de esto último es imprescindible en el dolor físico para acudir al médico y poner solución, en el dolor moral o psíquico es todavía más relevante. Si no somos capaces de cambiar nuestra actitud ante la vida adoptando una postura moral recta, unos pensamientos ordenados y unas emociones equilibradas, tengamos por seguro que, antes o después, aparecerá el dolor en nuestras vidas para recordarnos que no estamos actuando correctamente.

La terapia del amor al prójimo, y la valoración positiva de uno mismo, generan pensamientos de bien que equilibran nuestra mente. Las actitudes positivas en la vida, la paciencia, el optimismo, la esperanza en el porvenir y la gratitud, son aspectos que si los incorporamos a nuestra vida pueden ayudarnos a equilibrar nuestro estado emocional, otorgándonos paz interior, sagrado tesoro que nos liberará de las ansiedades y angustias del mundo de hoy. Y la comprensión de que la vida es un regalo y una oportunidad para crecer, experimentar y progresar, nos otorgará la comprensión de que nuestra vida tiene un sentido; que podemos trascender nuestras propias realidades, llevando nuestro paso por el mundo con dignidad y con ejemplo; dejando en definitiva nuestro legado personal, nuestra aportación a la vida.

La mejor respuesta al dolor, en algunos casos es resignación, en otros la resiliencia, y en la mayoría comprensión del porqué se sufre y qué hemos de hacer para cambiarlo. Sea como fuere, el dolor es el alguacil, es la trompeta que nos avisa de que no estamos equilibrados, ni armonizados ni sanos. Por ello, el dolor moral o psíquico, en definitiva, el dolor del alma, es el buril que pule y pone a prueba las capacidades del espíritu inmortal, para que éste sepa valorar lo bueno de la vida y la trascendencia de la misma después de la muerte. Para que de forma definitiva comprenda que nadie puede trasgredir las leyes de la creación sin exponerse a recoger los resultados de su conducta.

Estudiemos las causas del dolor y comprendamos que lejos de ser un inconveniente, es el fruto de nuestro atraso evolutivo, de nuestros defectos e imperfecciones, que nos llevan a errar y recoger el fruto del error. En la evolución espiritual, los seres que habitan en mundos más avanzados que el nuestro están exentos del dolor; únicamente por una cuestión; ya han comprendido e interiorizado que la vida tiene el propósito de progresar espiritualmente, y no pierden el tiempo en cuestiones que retardan el progreso, haciendo de la armonía, el equilibrio, la paz interior y la búsqueda de la felicidad del alma sus principales objetivos.

Prof. Carla Manrique



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